De la obsolescencia al fenómeno cultural: por qué las cámaras analógicas hoy son tendencia.

En un mercado donde la calidad se ha democratizado, la fotografía analógica aporta nuevos códigos para expresar diferencia. Un valor que el smartphone no puede replicar.

¿Te acuerdas de las famosas cámaras réflex? Durante un tiempo fueron objeto de deseo. Buscábamos el enfoque perfecto, el fondo difuminado, la máxima nitidez. Tener una buena cámara era un marcador de estatus para millennials. Te permitía diferenciarte; tú eras quien hacía “las buenas fotos”. Pero esa ventaja simbólica se desvaneció. Los móviles hicieron de la cámara su principal reclamo: cada nuevo modelo prometía más megapíxeles, más estabilización, más perfección. Las cámaras digitales quedaron relegadas y las analógicas… prácticamente enterradas. La mayoría de jóvenes apenas las había usado nunca.

Parecía el típico ciclo de desaparición tecnológica que ya hemos visto mil veces: los videoclubs, los MP3, tantas categorías que no sobrevivieron a la digitalización.

Pero la historia no terminó ahí. De hecho, dio un giro que nadie vio venir.

Si has pasado últimamente por una tienda de revelado fotográfico, quizá te haya sorprendido lo mismo que a nosotras: hay cola. Y no es una cola de nostálgicos mayores de 50 rescatando carretes olvidados en un cajón. Son jóvenes. Muchos. Carretes en mano. Revelando en digital y en papel. Y no como un gesto aislado, sino como un hábito que se consolida.

La explicación es más profunda que una moda pasajera. Hemos llegado a un punto de saturación estética en el que la perfección abunda y, por tanto, pierde valor. Una foto técnicamente impecable ya no dice nada sobre quién la hizo. No cuenta una historia, no expresa identidad, no aporta singularidad. La Gen Z lleva años inmersa en una estética hiperproducida: filtros, HDR, algoritmos que pulen cada detalle, contenidos pensados para ser impecables.

En un mercado donde la calidad se ha democratizado, la cultura necesita nuevos códigos para expresar diferencia. Y ahí la fotografía analógica aporta lo que el smartphone no puede replicar:

1. Autenticidad

Desde 2020 vemos un patrón transversal: cuanto más “perfectos” se vuelven los productos, más crece el deseo por lo imperfecto. Moda (denim desgastado), música (el vinilo), diseño (estética “cruda”), gastronomía (lo artesanal).

La fotografía analógica encaja en esa lógica: grano, luz caprichosa, colores impredecibles. Una estética que susurra: “esto no lo ha tocado un algoritmo”.

2. Diferenciación

La Gen Z produce y consume miles de imágenes al día. Instantáneas intercambiables, hipereditadas, con códigos visuales repetidos. Frente a eso, el carrete ofrece singularidad.

Una fotografía analógica tiene textura, carácter y una narrativa imposible de copiar con un móvil. Y en un entorno en el que la identidad digital es central, diferenciarse importa.

3. Priorización

El carrete impone límites. Obliga a elegir. Y esa elección convierte cada foto en un acontecimiento. Pasamos de hacer 200 fotos “porque no cuesta nada” a pensar dos veces antes de disparar. Ese freno introduce intención y simbolismo: capturas algo porque realmente merece ocupar un fotograma.

4. El valor del proceso

Para una generación que vive en la inmediatez, esperar un revelado es casi contracultural.

Cargar un carrete, disparar una sola vez, esperar días, recibir las fotos… y descubrir qué salió devuelve algo que habíamos perdido: ilusión.

Ese intervalo entre hacer la foto y verla genera expectativa, emoción, memoria afectiva. Justo lo que la instantaneidad digital ha ido erosionando.

5. Personalización

Fotografiar con carrete también opera como símbolo cultural. Requiere gusto, cierta pericia técnica (luz, enfoque, exposición), sensibilidad estética y afinidad con un imaginario concreto. Una cámara analógica convierte cada foto en una declaración: “No hago fotos como todos los demás”.

Aunque la tecnología parecía condenar a las cámaras analógicas a la desaparición (los smartphones prometían reemplazarlas y superarlas) ocurrió lo contrario. Una generación que apenas había tenido contacto con ellas, salvo quizá en su infancia, las ha rescatado y las ha convertido en un activo simbólico: una afición con valor, un lenguaje visual propio y un ritual con significado.

Lejos de desaparecer, han vuelto con fuerza. Y todo apunta a que, esta vez, vienen para quedarse. Así que, si todavía no sabes qué regalar estas Navidades, quizá valga la pena pasarte por una tienda de fotos.

Escribe: Paula Ruiz

La colaboración como ventaja competitiva

Hace unas semanas, un cliente nos encargó el diseño de una investigación para entender a los votantes indecisos. Hasta ahí, todo normal. Lo interesante vino después: “¿Y si los participantes usan IA para responder?” preguntó. Silencio “¿Y si el equipo de investigación también la usa?”

Ahí estaba el dilema contemporáneo.

El número de empresas con procesos “basados en IA” se ha duplicado el último año, y sin embargo el MIT Media Lab calcula que el 95 % no obtiene retorno medible de su inversión. Mucho entusiasmo, poco valor.

La razón puede ser sencilla: las máquinas producen trabajo que parece bueno, pero rara vez lo es. Workslop, lo llaman: informes impecables, vacíos de contexto, que a continuación un humano debe reinterpretar o incluso rehacer. En investigación, la calidad no reside en la producción de contenido, sino en la posibilidad de discutirlo.

Volodymyr Hryshchenko, Unsplash

La capacidad de argumentar, esa habilidad que se adquiere antes en grupo, sigue siendo la base de toda investigación cualitativa. Es una práctica de colaboración real: preguntar, contradecir, matizar, repensar, elaborar. De ahí surge el conocimiento: no de la respuesta inmediata, sino del intercambio de argumentos. La IA puede analizar datos, pero no puede debatir una idea. Puede procesar patrones, pero no construir significado compartido.

Y ahí se encuentra el punto ciego de muchas organizaciones: en su afán por automatizar, están desmantelando el músculo de la conversación. Confunden comunicación con colaboración, eficiencia con comprensión. Pero lo que consigue mejores proyectos no es la velocidad, sino la fricción entre perspectivas.

El compromiso con la colaboración no es romanticismo analógico: es una estrategia de negocio. En un entorno saturado de contenido generado por máquinas, la discusión entre personas se ha convertido en reducto de calidad, porque sigue siendo la única capaz de producir sentido.

La verdadera pregunta no es si los participantes o los equipos de investigación utilizan la IA. La pregunta es si, con IA o sin ella, seguiremos sabiendo debatir.

Escribe Marina Lorenzo

Artículo elaborado a partir del trabajo de Kate Niederhoffer, Gabriella Rosen Kellerman, Angela Lee, Alex Liebscher, Kristina Rapuano y Jeffrey T. Hancock, publicado como AI-Generated “Workslop” Is Destroying Productivity en Harvard Business Review (septiembre 2025).

La IA no sustituye: precariza

Vamos a empezar por lo obvio: la IA nos va a quitar el trabajo. Eso dicen los titulares, «los post» de LinkedIn y se oye en las conversaciones de café. Un ejército de algoritmos afila sus cuchillos digitales mientras ensaya su mejor sonrisa automática.

Yo, hasta hace poco, me lo tomaba a broma. “¡Qué venga!”, pensaba con el talante dogmático de quien confía en su humanidad como escudo. “Mi trabajo es demasiado humano para una máquina”. Y entonces leí el estudio de Microsoft Research sobre Copilot y empecé a sudar.

Justus Menkes en Unsplash

La IA recopila datos, los organiza, redacta el primer borrador y hasta sugiere la conclusión más probable. Es un asistente incansable, sí, pero también profundamente limitado. Porque la investigación que, por cierto, es mi trabajo, no consiste sin más en ordenar datos y pulir frases predecibles: se trata de preguntar lo que nadie, de momento, ha preguntado, de leer los silencios, de encontrar patrones inesperados y lidiar con las contradicciones.

Hablar de sustitución forma parte de una política del miedo. Se nos vende la narrativa de que las máquinas desempeñarán nuestro trabajo mejor, más rápido y más barato. Pero lo que suele venir después no es innovación, sino precarización. La ‘automatización’ degrada el contenido de los oficios, reduce la calidad del producto y depende de la labor en la sombra de trabajadores mal pagados que entrenan modelos, moderan contenidos o corrigen sesgos. El mito de la eficiencia esconde un simple desplazamiento de costes: se abarata un sector a costa de precarizar otro.

El riesgo real no es solo la pérdida de empleos, sino la erosión de lo que hace interesante un trabajo. Cuando lo humano se reduce a supervisar micro-decisiones ya resueltas por un modelo, desaparece la parte que nos motiva: el reto de la originalidad, la invención, la improvisación con criterio. Las organizaciones pueden aparecer más ‘productivas’ sobre el papel, pero también más anodinas emocionalmente, con menor espacio para la duda, la conversación difícil o la solución original.

La investigación va más allá de las tareas que una IA puede imitar. Requiere criterio desarrollado con la experiencia, juicio profesional, sensibilidad cultural, apreciación del contexto y responsabilidad ética. Y a la vez asumir riesgos, contradecir la evidencia aparente, reconocer sesgos y descubrir nuevos marcos de interpretación.

No se trata de romanticismo tecnofóbico. Se trata de política. De cómo elegimos organizar el trabajo y qué valor asignamos a lo que no pueden decirnos las métricas de productividad. Si dejamos que la IA se quede con la parte emocionante del trabajo (el conocimiento, la conversación difícil,  la invención) lo que quede será una versión más barata pero también menos humana de nuestras profesiones.

La antropología lo confirma: encontramos culturas que han sobrevivido a cambios tecnológicos sin perder su tejido social, junto con otras que no lo consiguieron. La diferencia entre unas y otras nunca ha sido puramente técnica; ha sido política, organizativa y económica. La IA puede ordenar información y sugerir palabras, pero no puede deliberar éticamente ni asumir responsabilidad. Eso, por ahora, sigue siendo nuestro cometido. Y defenderlo no apunta nostalgia, sino la voluntad de resistir frente a la precarización, disfrazada de futuro inevitable.

Escribe Marina Lorenzo

Cómo ser una mujer y no morir en el intento

Imagen: Portada del libro «Como ser una mujer y no morir en el intento» (Rico-Godoy, 1990) ed. El Papagayo

El otro día, en una librería de segunda mano, me encontré un ejemplar de Cómo ser mujer y no morir en el intento (1990), de Carmen Rico-Godoy. El título y que el libro fuera de antes de que yo naciera me llamó la atención. En la contraportada podía leerse:

“A las mujeres de hoy nos han estafado”.
“¿Te sientes culpable si no manejas con la misma habilidad el ordenador personal y el carrito de la compra? ¿Crees que una pequeña ausencia de tu casa supondría una colisión de irremediables consecuencias?”.

Pero lo que más me impactó fue que al final de la contraportada, la propia Carmen decía: “una lectura obligada para toda mujer (…) que no pueda, a pesar de las dificultades, dejar de ser absolutamente mujer”. Lo que me llevó a preguntarme: ¿qué significaba ser MUJER en los 90?

Descubrí que, en su momento, este libro fue un éxito al conseguir retratar, con ironía y anécdotas cotidianas, las tensiones diarias de las mujeres de los 90: la doble jornada, la presión estética, la conciliación imposible, el cansancio de tener que llegar a todo, la obligación de ser perfecta. De hecho el libro termina con la frase “Quiero ser un tío, quiero ser un hombre”.

Comencé la lectura esperando no sentirme identificada; pensaba que me escandalizaría con relatos de otra época y que me serviría para darme cuenta de cuánto ha cambiado “ser mujer” desde entonces. Pero me llevé un chasco: me reconocí a mi y a muchas mujeres de mi alrededor en más de una escena.

Rico-Godoy describe, por ejemplo, cómo después de trabajar llegaba a casa y se enfrentaba a otra tanda de tareas (limpiar, hacer la compra, organizar comidas…) mientras los demás daban por hecho que era “su” responsabilidad. Hoy lo ponemos nombre y lo llamamos carga mental, pero aún está presente y sigue recayendo sobre nosotras.

También habla de la culpabilidad constante: por no llegar a todo, por no ser perfecta, por elegir mal, por fallar en algo. Una culpa que en 2025 ha mutado, pero no ha menguado. Ahora, además de cumplir, debemos gestionar nuestra salud mental, tener hábitos saludables, practicar autocuidado, ser eficientes y “no perdernos a nosotras mismas” en el proceso. La exigencia se ha multiplicado.

La autora explica lo difícil que era ser mujer en el mundo laboral: reuniones con hombres donde, directamente, no la escuchan. Lanza una idea y nadie reacciona; un hombre la repite minutos después y de pronto es brillante. Esta dinámica, en 2025, sigue siendo un clásico corporativo: interrupciones, mansplaining, y el encasillamiento de las mujeres en roles secundarios.

Cuando se aborda la conciliación en el libro, se hace con amargura: era un mito, y casi siempre recaía en ellas. Cualquier ambición profesional tenía un coste. De nuevo, un déjà vu contemporáneo: se habla de conciliación pero las estructuras siguen premiando la disponibilidad absoluta.

Es evidente que hemos avanzado; negarlo sería absurdo. Pero la exigencia de “serlo todo”: profesional exitosa, productiva, equilibrada, atractiva, madre, pareja (si procede)…, esa exigencia que Rico-Godoy denunciaba hace más de tres décadas, no ha desaparecido. Se ha transformado, diversificado y, en algunos casos, intensificado.

Leer a Rico-Godoy en 2025 es constatar que las estructuras sociales cambian despacio y que aún queda mucho por hacer para que las próximas generaciones de mujeres no se vean reflejadas en estas páginas. También nos recuerda que los datos y experiencias del presente necesitan perspectiva histórica: solo así podemos detectar los patrones que siguen condicionando nuestras vidas y anticipar los que vendrán.

Escribe: Paula Ruiz

Las mujeres hoy son más libres, pero la tecnología y la economía amenazan esa libertad.

La violencia se está desplazando hacia territorios invisibles, digitales, normalizados. Y justo cuando las mujeres han logrado más autonomía que nunca, emergen nuevas dinámicas: tecnológicas, económicas y sociales, que amenazan con revertir ese progreso.

Estar soltera está de moda. Lo anunciaron Bad Bunny, Daddy Yankee y Lunay en 2019 y ahora lo confirma hasta VOGUE. “Estar en pareja ya no afirma tu feminidad”, escribe Chanté Joseph; “si acaso, declararse soltera se ha convertido en un gesto de orgullo”. Los datos del CIS apuntalan este cambio: los menores de 30 han pasado de tener pareja en un 70% a apenas un 50%. No es una sorpresa. Ya en 1980 muchos jóvenes creían que la tendencia de futuro sería la soltería, y hoy la cultura popular ha convertido ese diagnóstico en relato aspiracional.

La cuestión relevante no es si “está de moda” estar soltera, sino por qué tantas mujeres sienten que es su mejor opción. Lo que realmente está de moda es la autonomía. Esa autonomía ha ampliado la capacidad de decisión de las mujeres y ha elevado los estándares relacionales. Ya no necesitan una relación para sostener su vida. No es fruto del azar: es la consecuencia directa, aunque a algunos les incomode admitirlo, de los avances del feminismo. Las mujeres estudian más, acceden más a la educación superior y cuentan con mayor capacidad económica que antes. Por eso esperan más de sus relaciones: porque pueden permitírselo. La soltería no es un rechazo al amor, sino a dinámicas que todavía algunos se empeñan en mantener.

Este fenómeno convive con una transformación de fondo: la brecha entre los modelos relacionales de hombres y mujeres se ensancha. Como he señalado en artículos anteriores, los modelos masculinos evolucionan más despacio. Mientras ellas demandan vínculos más libres, igualitarios y corresponsables, muchos hombres siguen anclados en expectativas heredadas. Esta asincronía genera una fractura silenciosa: para muchas mujeres, no es que falten hombres, faltan hombres que que cumplan los mínimos de igualdad que consideran irrenunciables.

Pero la autonomía no depende solo de expectativas afectivas, sino de condiciones materiales. Ahí emerge uno de los riesgos más infravalorados del presente. En muchas ciudades, vivir sola es un lujo. Con salarios medios incapaces de cubrir alquileres que no paran de subir, la independencia material se convierte en privilegio. Surge entonces una paradoja: si no puedes pagar un alquiler sola, si sostenerte sin pareja es inviable, si la precariedad te obliga a convivencias no deseadas, aunque ya no dependas emocionalmente, puedes verte forzada a depender económicamente. Y cuando la convivencia deja de ser elección para convertirse en necesidad, las dinámicas de poder regresan por la puerta de atrás.

A este escenario se suma la amenaza digital. La violencia ya no necesita presencia física. La tecnología ha democratizado la capacidad de dañar. La irrupción de la IA ha abierto un campo nuevo de vulnerabilidad para las mujeres. Según el estudio “Así somos” de Plan Internacional (2025), las chicas perciben en mayor medida que la IA supone más riesgos para ellas que para ellos (40% vs. 31%). Su temor central es inequívoco: que sus imágenes se utilicen para generar vídeos sexuales falsos. Ocho de cada diez chicas temen que una imagen suya circule sin consentimiento y permanezca en internet para siempre.

Ellos, en cambio, lo consideran menos grave. Solo el 70% de los chicos ve inaceptable crear imágenes sexuales falsas de una chica mediante IA, frente al 81% de ellas. Una brecha de percepción que explica por qué estas violencias prosperan: quienes las sufren temen; quienes las ejercen minimizan.

Lo más revelador es que el 72% de los chicos teme ser acusado falsamente de acoso o violencia. Un miedo desconectado de los datos: entre 2009 y 2023, solo el 0,0084% de las denuncias fueron consideradas falsas según la Fiscalía General del Estado. La narrativa del “temor a la denuncia falsa” no nace de la realidad, sino de una reacción defensiva ante el avance de la igualdad. Mientras ellos temen denuncias que casi no existen, ellas enfrentan violencias que sí.

Todo esto ocurre en un año en el que las cifras podrían invitar a un optimismo ingenuo. A 5 de noviembre de 2025 se registran 36 feminicidios, la cifra más baja desde que hay datos. Aunque previsiblemente aumentará (la media histórica añade unos diez casos más), el dato podría leerse como avance. Pero sería irresponsable hacerlo. El asesinato es la punta del iceberg. Por debajo persisten el acoso sexual digital, las agresiones entre jóvenes, los deepfakes, la difusión no consentida de contenido y las violencias económicas invisibles. El 15% de las chicas declara haber sufrido algún tipo de violencia o acoso sexual, frente al 6% de los chicos. La asimetría es estructural.

Las mujeres jóvenes son más libres que hace veinte años. Esa es la buena noticia. La mala es que esa libertad no se preserva sola. La violencia no desaparece: muta. Y si no entendemos hacia dónde se desplaza -lo digital, lo económico, lo cotidiano- corremos el riesgo de retroceder sin darnos cuenta. La autonomía de las mujeres es el mayor logro social de nuestro tiempo, pero sigue siendo vulnerable. Y lo será mientras la economía, la tecnología y la percepción social avancen por caminos que no siempre acompañan su progreso.

Escrito por: Paula Ruiz

Fuentes consultadas:

https://www.vogue.es/articulos/tener-novio-verguenza

https://elpais.com/estilo-de-vida/2025-11-06/tener-novio-da-verguenza-el-nuevo-discurso-viral-que-redefine-el-amor-y-la-solteria.html

https://plan-international.es/asi-somos-el-estado-de-la-adolescencia-en-espana

Confesiones en el bolsillo: cuando la IA sustituye (o reconfigura) la comunidad

En medio de la noche, alguien abre una aplicación en su teléfono y se confiesa: habla de sus miedos, de la ansiedad que no logra controlar o del secreto que nunca se atrevió a contar en voz alta. No le habla a un cura, ni a un amigo, ni a un psicólogo. Le habla a una inteligencia artificial.

No es una anécdota aislada. El New York Times publicó hace unos días un artículo sobre el boom de las apps religiosas en EE.UU. El auge de las apps religiosas y de compañía (con casos como Bible Chat, que ha alcanzado decenas de millones de descargas) muestra que millones de personas recurren ya a chatbots para pedir consuelo, consejo o absolución. Personas que no encuentran en la iglesia un espacio para sus dudas recurren a chatbots entrenados con textos religiosos; hay quien paga 70€ al mes por acceso ilimitado. En Twitch existe un canal llamado Ask Jesus donde cualquiera puede preguntar a una versión digital del hijo de Dios. Y si prefieres chatear, ya tienes la IA ChatwithGod.

Foto de Amaury Gutierrez en Unsplash

Las instituciones religiosas están perdiendo adeptos –en España por ejemplo, en 2025 se define como católica el 52,8% de la población (Un 5,6% menos que 2024)-. Aún así, parece que sigue existiendo un deseo de espiritualidad, pero que las nuevas generaciones no están encontrando en la religión, sino en herramientas como el tarot. En ese deseo, empresas y emprendedores han visto una oportunidad: ofrecer un canal de conversación religiosa más íntimo y alejado de las instituciones tradicionales, en ocasiones denostadas por los jóvenes.

Este fenómeno no debería sorprendernos. El mercado de la espiritualidad digital lleva años creciendo. Ahí están Headspace, Calm y el sinfín de aplicaciones de meditación que han convertido la búsqueda interior en un negocio millonario. Ahora, lo religioso se suma a la tendencia. La fe como servicio bajo suscripción, gestionada desde el móvil.

Pero el éxito no está solo en como ofrecen respuesta a esta necesidad, sino en el formato de conversación que proporcionan este tipo de IAs. Resuelven una necesidad emocional: disponibilidad y ausencia de juicio. Resuelven un problema práctico: no molestar a tu cura, pastor o rabino a las tres de la mañana, la máquina nunca duerme.

Lo que parece una solución práctica plantea preguntas más profundas: ¿qué significa la religión sin comunidad?, ¿se trata de un renacer de la fe o de una fe privatizada y desprovista de vínculos colectivos?

El debate no es exclusivo del terreno religioso. Un artículo reciente de El País mostraba cómo una de cada cuatro chicas de entre 17 y 21 años en España usa la IA como confidente. Lo que encuentran en el chatbot es disponibilidad y ausencia de juicio: no se enfada, no reprocha, no rechaza. Como apunta la terapeuta Silvia García, estas relaciones con la máquina son “más fáciles, porque no hay riesgo de rechazo”.

En un ensayo publicado también en El País, se advertía de otro riesgo: la IA como “esclavo parlanchín, siempre disponible”. Una suerte de genio de la lámpara que nos devuelve lo que queremos escuchar. Es la ilusión del oráculo: místico, opaco, adivinatorio y sobre todo, complaciente. El CTO de Pray.com citado por el New York Times coincide en que los chatbots religiosos son, en gran medida, “yes men”. Nos devuelven afirmación constante, una palmadita virtual en la espalda.

El sesgo de confirmación se amplifica. Cuando nos confesamos a la máquina, en realidad no estamos dialogando, estamos entrenando un espejo que nos devuelve, con palabras amables, aquello que ya queríamos escuchar. El New York Times nos recordaba, en este sentido, cómo esta constante validación erosiona nuestro pensamiento crítico al no hacernos cuestionar nuestras ideas.

Las consecuencias no son abstractas. En el New Yorker, una periodista narraba su experiencia “saliendo con novios de IA”, parejas virtuales, diseñadas para ser siempre cariñosas, siempre disponibles, siempre perfectas. El precio de esa perfección es la falta de fricción, de conflicto, de crecimiento. Si el otro nunca me contradice, ¿puede esa relación realmente aportar algo?

De la religión a la amistad, del amor al trabajo, parece que la IA nos ofrece vínculos sin riesgo. La pregunta no es si estas herramientas “funcionan”, sino qué tipo de comunidad estamos construyendo cuando el consuelo ya no pasa por el encuentro humano, sino por un chat en la pantalla.

En el artículo del NYT, una joven entrevistada reconocía que en la iglesia se sentía más juzgada que hablando con una máquina. Y aquí está quizá el dilema central: ¿queremos eliminar el juicio, la mirada del otro, la incomodidad que a veces implica el trato humano? ¿O, por el contrario, necesitamos precisamente esa mirada ajena -a veces incómoda- para crecer, para cambiar, para conectar de verdad?

Quizá la clave no sea demonizar a la IA, ni celebrarla como nuevo oráculo, sino preguntarnos qué nos dice sobre nuestras propias carencias. Si millones de personas se confiesan a un chatbot, lo que escuchamos no es tanto la voz de la máquina como el eco de una soledad colectiva.

La pregunta es: ¿seremos capaces de usar la tecnología para volver a tejer comunidad, o nos conformaremos con espejos digitales que nos devuelven, una y otra vez, la ilusión de compañía?

¿Qué hemos leído para hacer este artículo?

Extra -también sobre IA y religión-: ¿Rezar con una máquina? La inteligencia artificial empieza a creer en Dios por Selva Vargas Reátegui, El País

Escribe Paula Juan

La revolución silenciosa y el rediseño de los mercados

Claudia Goldin obtuvo el Nobel de Economía en 2023 por estudiar algo tan obvio que casi da pudor premiarlo: las mujeres trabajan. Y no solo trabajan, sino que entre finales de los años setenta y principios de los noventa, empezaron a pensarse a sí mismas no como chicas con un empleo temporal, sino como profesionales con una carrera. Goldin lo llamó «la revolución silenciosa».

Goldin, Claudia «Carrera y familia. El largo camino de las mujeres hacia la igualdad» Ed. Taurus

Ese giro cambió la vida de millones de mujeres en EEUU: se retrasaron la edad del matrimonio y el nacimiento del primer hijo, se multiplicó el número de universitarias que no habían acudido a las aulas “para encontrar marido” sino para construir su desarrollo profesional. Fue un cambio cultural, no solo económico. Y, como todos los cambios culturales, generó entusiasmos y provocó resentimientos.

El cambio se inició en España a partir de los años ochenta: más mujeres en la universidad, mayor presencia en empleos cualificados, matrimonios más tardíos, madres primerizas que rondaban los 30.

Hasta ahí, todo parecía en línea con el resto de Occidente. Pero la versión española de la «revolución silenciosa» tropieza aún hoy con la precariedad laboral y la falta de políticas de conciliación. En otras palabras: sí, las mujeres se pensaron como profesionales; pero el sistema no contaba con ellas.

Hablamos de cambios que no solo moldean conductas privadas, también redibujan mercados enteros.

La pregunta queda en el aire: ¿qué significa “tener éxito” hoy, cuando ni el modelo del «ama de casa» ni el de la «ejecutiva sin hijos» parecen ya vigentes?

Escribe Marina Lorenzo

NPS: el fetiche de la métrica fácil

Hace unos meses, Nikki Anderson compartía en LinkedIn la imagen que os compartimos en este post, haciendo una crítica al NPS. Noam Segal hizo lo propio en el podcast de UXtweak; y Erika Hall también habló sobre ello en el podcast User Interviews. Erika, por ejemplo centra su argumento en cómo esta métrica creada por Fred Reichheld para ofrecer una solución aritmética simple para “gestores malos en matemáticas” se ha convertido en el fetiche de muchas empresas, pese a sus limitaciones.

Fuente: Nikki Anderson

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? El NPS nació con una promesa seductora, una sola pregunta que podía condensar la satisfacción del cliente en un número simple y comparable.

“En una escala del 0 al 10, ¿qué probabilidad hay de que recomiendes [producto/servicio] a un amigo o conocido?”

El problema empieza ahí, en la naturaleza proyectiva de la pregunta. Durante la carrera de sociología una de las primeras lecciones que aprendes es que pedir a alguien que anticipe su comportamiento futuro es arriesgado. La intención declarada rara vez predice el comportamiento real. Decir que “seguro recomendaría esta marca” no implica que mañana vaya a hacerlo.

El segundo fallo es el sesgo de respuesta. Las personas saben qué contestar. Suben su puntuación porque entienden que lo alto es lo “correcto”. El resultado: un número inflado, agradable de presentar en un PowerPoint, pero poco fiel a la realidad.

En la cultura corporativa actual, obsesionada con KPIs fáciles de medir y plataformas como Qualtrics o Hotjar, el NPS ha colonizado cualquier interacción. Aunque el vínculo real con el usuario sea mínimo – después de usar un aseo o tras el primer día de uso de una App, por ejemplo-, la pregunta aparece. Y entonces el dato deja de ser información para convertirse en espectáculo, una cortina de humo que refuerza la idea equivocada de que lo cuantitativo es, por definición, más objetivo que lo cualitativo.

En la obsesión por reducir la experiencia a un número, lo cualitativo suele quedar en segundo plano. Muchas empresas se quedan con la cifra del NPS y pasan por alto lo más valioso: las razones que acompañan esa puntuación. En esos “porqués” aparecen matices y pistas que podrían orientar la estrategia. Sin embargo, incluso esa pregunta abierta tiene sus límites. La mayoría de las personas no dedica tiempo a escribir con detalle en una encuesta, y lo que obtenemos casi nunca refleja la complejidad de su experiencia real. Si queremos saber más sobre ella, debemos hablar con los clientes.

El mayor riesgo del NPS no es su falta de precisión técnica. Es su capacidad para hacernos creer que investigamos cuando solo contamos números. Se convierte en un marcador de vanidad, un arma para presumir frente a la competencia más que una herramienta para entender al cliente.

En demasiadas empresas, el NPS ha sustituido a la investigación real. Se presenta como el termómetro definitivo de la satisfacción, cuando en realidad funciona más como una pegatina de validación.

¿Entonces, qué hacer? Aunque Erika Hall y Naom Segal proponen alternativas como el CSAT (Customer Satisfaction Score) o el “nuevo NPS” (que pregunta si los usuarios realmente recomendaron el producto). Pero la clave no es cambiar de métrica, sino cambiar de mentalidad.

La investigación de negocio no se sostiene sobre atajos estandarizados, sino sobre métricas alineadas con objetivos estratégicos. Diseñadas ad hoc, combinando indicadores cuantitativos con investigación cualitativa que capture matices, contradicciones y emociones.

En investigación, como en la vida, preguntar es solo el comienzo. Lo valioso ocurre cuando analizamos, interpretamos y conectamos esas respuestas con la experiencia real. Ahí es donde los números se convierten en conocimiento y el conocimiento en acción.

El verdadero riesgo del NPS no es que mida mal, sino que nos convenza de que ya hemos medido lo suficiente. Y cuando confundimos conteo con comprensión, perdemos la capacidad de ver lo que realmente importa: a las personas.

Menciones artículos:

Escribe Paula Juan

El fin de las tendencias

Históricamente, las tendencias han funcionado como la brújula cultural a la que, como negocio, debían adherirse. Servían para anticipar hacia dónde se movía el consumo, cómo iba a evolucionar la estética, o qué ideas iban a calar entre las personas. Hoy, sin embargo, parece que nos hemos embarcado en el fin de las tendencias.

Emily Segal, cofundadora de Nemesis Global, lo explicaba en el FWB Fest: las tendencias son más populares que nunca, pero también más ilegibles. Desde el fin de la pandemia, cada año se publican más informes anuales de tendencias, pero el propio concepto de tendencia parece haberse vaciado de significado.

¿Por qué? Porque la primera fase del famoso OODA loop, que consiste en observar, se ha contaminado. Vivimos en un entorno de sobrecarga de señales, donde coexisten decenas de microtendencias contradictorias y efímeras. Un video de Tik Tok, un meme, un #; todo puede convertirse en tendencia, aunque solo dure unas horas.

Fuente: Patrick Edwin Moran en Wikipedia

Las redes sociales han acelerado este proceso. La visibilidad y la viralidad han convertido a las subculturas en fenómenos desechables. Mientras antes necesitaban espacios físicos y narrativas propias; hoy, al hacerse instantáneamente accesibles, pierden autenticidad y continuidad.

Emily Segal no es la primera que expone el fin de las tendencias. Desde 2022 proliferan artículos que reflexionan sobre cómo los ciclos, que antes definían la moda y las tendencias, han colapsado. Lo que antes era un vector claro de cambio, hoy es un enjambre caótico de estímulos.

Para las marcas, este fin de las tendencias supone un reto crucial. Como decíamos, las tendencias han sido un recurso estratégico para las marcas. Permitían plantear inversiones, anticipar cambios en la cultura de consumo y encontrar un lugar en el zeitgeist. Hoy, este marco ya no parece funcionar. Muchas marcas, en lugar de generar su propia narrativa, se están limitando a subirse a cada ola viral, contribuyendo al ruido general y alejándose de crear una identidad que permanezca en el tiempo.

En este sentido, Eugene Healey plantea que ya no se trata de tener una narrativa única, sino de sostener una vibe. Encontrar como marca una coherencia emocional y conceptual que atraviese todo lo que haces como negocio. En un mundo de microtendencias descartables, esa consistencia puede ser la única forma de diferenciarse.

Como señala Ana Andjelic, lo que define el éxito no es seguir una tendencia, sino capturar el mood de un momento. Y para ello no basta con perseguir hashtags: hay que leer las contradicciones, las extrañezas o las coincidencias inesperadas de nuestra cultura.

Aquí es donde la investigación de negocio se vuelve más valiosa que nunca. En un momento en el que las tendencias ya no actúan como una brújula clara, lo que marca la diferencia es la capacidad de observar con rigor, interpretar lo significativo y separar lo esencial de lo accesorio.

La investigación permite ir más allá del ruido y entender los patrones culturales, las motivaciones y las tensiones que realmente mueven a las personas. No se trata de seguir la espuma de la ola, sino de leer las corrientes profundas que dan sentido a lo que vemos en la superficie. Comprender el entramado cultural que las explica.

¿Qué hemos consultado para escribir este artículo?

Escribe Paula Juan

La clave del CEO de Netflix: aplica la investigación de negocio

A principios de septiembre El País compartía las 10 claves de Marc Randolph, confundador de Netflix, para montar una empresa.

Al leerlas, algunas nos causaron fricción: el mantra de que el éxito depende de “personas increíbles” o la idea de “ve ligero” y que nadie cobre al principio nos sonaron a mantras neoliberales que ignoran la realidad. Pero otras claves nos encajaron mucho más.

El artículo empieza con una frase que lo resume muy bien:

“Montar un negocio y que funcione ya es una conquista. Pero convertirlo en líder mundial de su sector es otro nivel. Para alcanzarlo, la diferencia estriba en observar

Observar, esa es la palabra clave. Y es que, efectivamente, si no observas lo que rodea a tu negocio, lo que pasa dentro y fuera de él, no decides con conocimiento de causa, sino por intuición. Y aunque la intuición y la experiencia son valiosas, no bastan por sí solas para sostener un crecimiento sólido y estratégico.

En Materia Prima hablamos de investigación de negocio precisamente para señalar esto: el proceso de generar y analizar información —propia y externa— que permita tomar decisiones más fiables, estratégicas y alineadas con la realidad.

Entonces, ¿con qué nos quedamos del decálogo de Randolph?

1. Testa tus ideas

Las personas estamos sesgadas por naturaleza y por cultura. Lo que a ti te parece brillante, a otros puede resultar irrelevante o incomprensible. Antes de invertir tiempo y dinero, es imprescindible validar: ¿se comprende?, ¿es necesaria?, ¿aporta valor?

La investigación aquí no es un “lujo” ni un paso burocrático, es lo que separa las intuiciones interesantes de las oportunidades reales.

2. Entiende los problemas de las personas

Validar una idea no garantiza el éxito. Hay que mirar de manera constante a los problemas y fricciones de las personas. Randolph lo subraya al recordar que vivimos en un mundo que cambia a gran velocidad. Explorar el contexto, los hábitos y las necesidades no es una acción puntual; es una práctica recurrente. Solo así puedes asegurar que tu estrategia de negocio sigue conectada con la vida real de la gente.

3. Asegura que tu equipo tenga la información para decidir

De poco sirve generar información si se queda en un informe olvidado. Muchas empresas investigan, pero los aprendizajes se pierden porque no circulan.

Compartir, divulgar y democratizar los datos y el conocimiento dentro de la organización es fundamental para que la toma de decisiones basada en evidencia sea parte de la cultura. No se trata de acumular dashboards y PDF’s, sino de convertir el conocimiento en una herramienta viva que todos puedan usar.

4. Mira a tu competencia

Observar a la competencia no es copiar, es contextualizar. Saber qué están haciendo otros, directos o indirectos, aporta pistas valiosas. Y más aún cuando se conecta con lo que las personas demandan y con las tendencias que se vislumbran.

La investigación de la competencia no es un fin en sí mismo, es un espejo que ayuda a entender dónde estás, qué huecos existen en el mercado y qué oportunidades aprovechar.

En definitiva, aunque no compartamos todas las “claves” de Randolph, sí coincidimos en que un negocio solo crece cuando observa. Y observar significa investigar.

La investigación de negocio no te ofrece todas las respuestas, pero sí proporciona claridad, seguridad y contexto para decidir mejor.

Link al artículo: Lecciones del cofundador de Netflix para montar una empresa: “Una mala idea con un líder increíble puede volverse grande”. Susana Carrizosa
Escribe Paula Juan

El contexto que faltó en la campaña de vivienda o por qué la vivienda no puede tratarse como campaña

Hace poco escribíamos, en este mismo blog, sobre cómo la salud mental había pasado de ser un problema social profundo a convertirse en una nueva vertical de negocio y de contenido para marcas. Advertíamos entonces del riesgo de mercantilizar el dolor y convertirlo en narrativa comercial. Hoy vemos el mismo patrón aplicado a otro derecho fundamental: la vivienda.

El Ministerio de Vivienda ha lanzado una campaña institucional para “concienciar sobre la importancia de la vivienda”. Según el pliego, el objetivo es informar y sensibilizar a la población. ¿De verdad el acceso a la vivienda es un problema de conciencia? No.

Fotograma de la campaña «47 años del art. 47 de la Constitución» del Ministerio de Vivienda

Más bien parece que, al no contar con las principales competencias en vivienda -que recaen en gran medida en las comunidades autónomas-, se ha optado por suplir la falta de capacidad de acción con comunicación. Una suerte de movimiento táctico entre administraciones que busca marcar posición institucional a través del relato. Pero cuando se comunica desde la distancia del problema, sin sensibilidad social ni comprensión profunda de la realidad, el efecto es el contrario al deseado: no suma legitimidad, la erosiona.

El acceso a la vivienda es un problema de política pública, regulación y justicia social. No falta información, faltan decisiones. No faltan spots, faltan leyes. No faltan campañas, falta responsabilidad política.

Cualquier comunicación que pretenda intervenir en un problema social necesita contexto para no caer en la simplificación. Y el contexto no surge de la intuición ni de una buena idea creativa: se construye a partir de conocimiento. De escuchar y analizar. De entender cómo vivimos, cómo nos afectan las políticas, qué tensiones sociales están en juego y qué lenguaje es legítimo usar.

Eso es justamente lo que ha faltado en este briefing: una base de realidad. Antes de lanzar una campaña sobre vivienda, habría sido necesario preguntarse si tenía sentido hacerlo. Si era pertinente. Si el momento social lo permitía. Si el lenguaje no iba a resultar cínico frente a una ciudadanía que ya sufre el problema. Si la comunicación no iba a convertirse en maquillaje institucional. Nada de eso se puede evaluar sin una comprensión honesta del conflicto, y eso es lo que muchas veces aporta la investigación: contexto que orienta, matiza y evita errores de lectura.

Lo preocupante es la tendencia: convertir problemas estructurales en relatos. Construir discursos en lugar de soluciones. Transformar urgencias sociales en comunicación emocional. Lo vimos con la salud mental y ahora con la vivienda, el lenguaje se utiliza como sustituto de la acción. Y cuando la narrativa reemplaza a la política, el resultado es cinismo institucional.

Lo que necesitamos es legislar para que el acceso a la vivienda deje de ser un privilegio. Y antes incluso de legislar, necesitamos entender la realidad sobre la que se interviene.

Escribe Marina Lorenzo

Cómo aprendemos a corregir a las niñas y a menospreciar a las mujeres

En un cumpleaños infantil se puede observar, en apenas un par de horas, entre globos, piñatas y vasos de papel, un desfile de estereotipos de género.

Niños y niñas, casi en igual proporción. Ellos, de colores oscuros, jugando a construir o destruir mundos; ellas, vestidas de tonos pastel, fascinadas por el rosa en todo tipo de prendas de vestir, ensayando gestos aprendidos de vídeos y canciones. Hasta aquí, nada sorprendente. Lo curioso reside en cómo los adultos leen esos comportamientos.

Foto de Wagner Santos en Unsplash

Porque la crítica se ejerce de manera muy selectiva. Los niños son observados con indulgencia: nadie comenta que su ropa, por lo general oscura, sea “inapropiada”. Nadie les reprocha su entusiasmo por el riesgo o sus gestos imprudentes. Pero en el caso de las niñas, cada gesto es objeto de comentarios, cada elección estética se juzga. “Está obsesionada con el rosa”; “Habla de novios”… Lo que para ellos es celebrado como expresión libre, para ellas es motivo de reproche.

Y aquí aparece la paradoja: muchas de estas críticas provienen de las mismas personas que compraron o permitieron esa vestimenta. Es decir, las familias, y todo el mundo relacional de las menores, crean y al mismo tiempo censuran la identidad que fomentan. Pero ¿por qué ocurre esto?

Culturalmente, los comportamientos asociados a lo femenino (la atención a la apariencia, la coquetería, el interés por relaciones sociales, la caracterización como princesas) suelen percibirse como ‘poco valiosos’ desde la perspectiva del mundo adulto. Sin embargo, en el universo infantil cobran sentido como formas legítimas de exploración y juego. La desaprobación que reciben las niñas no surge tanto de un peligro o de una inadecuada precocidad sino de la dificultad de los adultos para aceptar que algo que parece frívolo en términos adultos pueda ser valioso para una niña. Así, la corrección temprana funciona como un control social anticipado.

Con los niños ocurre lo contrario: la sociedad tolera e incluso celebra comportamientos considerados “masculinos”, desde la agresividad hasta el gusto por los juegos de riesgo. Esta vez, sin alarma ni juicio. Se percibe como natural que los varones exploren el mundo sin supervisión estética ni moral.

Ana de Miguel lo señala con claridad en su libro Ética para Celia (ed. B): mientras los niños evolucionan como sujetos activos y libres, las niñas son permanentemente evaluadas porque su cuerpo, su voz y sus gestos están cargados de significado social desde la infancia. Esta diferencia no es casual: responde a una arquitectura cultural sexista y machista que condiciona la autonomía, la autoestima y la libertad de expresión de las niñas.

Y entonces surge la pregunta incómoda: si incluso en un cumpleaños, entre globos, piñatas y golosinas, las niñas deben rendir cuentas por su manera de existir, mientras los niños quedan impunes, ¿quién protege a las niñas?

Quizá la actitud más urgente no sea prohibir el rosa, sino cuestionar por qué la sociedad sigue penalizando a las niñas por comportamientos «femeninos» que, en su versión «masculina», se consideran perfectamente aceptables.

Y no nos engañemos, esto no se queda en las fiestas infantiles. Crece con nosotras. Las niñas que aprendieron pronto a ser evaluadas por cada gesto se convierten en mujeres que vigilan su tono en las reuniones para no parecer “emocionales”, que calibran sus correos para no sonar “agresivas o histéricas” y que aprenden a hablar después de pedir permiso: “solo una idea…”, “quizá me equivoco, pero…”.

Mientras tanto, sus compañeros conversan con impunidad expresiva. Lo vimos hace unos días, cuando un tertuliano decidió cacarear (sí, cacarear) mientras su compañera argumentaba con solidez sobre corrupción política. Y lo más llamativo no es que ocurra, sino lo normalizado que está.

Lo peor es que todavía hay quien insiste en que todo esto trata sobre madurez profesional, cuando no es más que puro machismo.

Escribe Marina Lorenzo

No es el aguacate ni el café de especialidad: es la estructura

Fig.01 – Fotografía propia

En los últimos años, se ha vuelto habitual escuchar que los jóvenes no compran vivienda porque prefieren gastar en ocio, viajes o tecnología. Un relato muy peligroso, porque responsabiliza exclusivamente al individuo y omite los factores estructurales.

Los datos dibujan otra realidad. Según Eurostat, desde 2015 el coste medio de comprar una casa ha subido más de un 50 %, mientras que los salarios de los jóvenes apenas han aumentado en los últimos años. Según El Pais, los menores de 25 años deben destinar casi diez años de trabajo para adquirir una vivienda, casi el doble que hace dos décadas.

A esto se suman los alquileres disparados, los contratos temporales y la falta de estabilidad laboral: según el SEPE, los menores de 30 años tienen contratos temporales en mayor medida que el resto de la población. En este contexto, la posibilidad real de ahorrar para la entrada de una vivienda es limitada.

El mito del “gasto en caprichos” como explicación única del no acceso a la vivienda por parte de los jóvenes es falso. Salir a cenar o viajar no es la causa estructural de la precariedad ni del encarecimiento inmobiliario; es, en muchos casos, una forma de construir redes, experiencias y bienestar en un entorno en el que otras formas de seguridad (propiedad, estabilidad) resultan inalcanzables.

La narrativa que culpa a los jóvenes de no “invertir correctamente” su dinero ignora que la inversión en vivienda ya no es accesible. La movilidad social y la capacidad de acumular capital se han reducido drásticamente.

En Materia Prima, desde la investigación, observamos un patrón claro: las decisiones de consumo de los jóvenes no son simples “caprichos”, sino estrategias para generar calidad de vida y sentido de pertenencia en un contexto económico hostil. Las marcas que logran entender esto —y no juzgarlo— construyen relaciones mucho más auténticas con esta generación.

En definitiva, culpabilizar a los jóvenes por su forma de consumir es ignorar un contexto económico y cultural profundamente desigual. Porque no es el café de seis euros que toman una vez a la semana, quien lo consuma, ni el viaje de verano lo que les impide comprar una casa; es la estructura económica. Y seguir responsabilizando a los jóvenes de no “invertir bien” solo aleja el debate de donde debería estar: la necesidad de políticas de vivienda y empleo que devuelvan margen de maniobra a las nuevas generaciones.

Escribe: Paula Ruiz

Wellness S.A.: cómo convertimos el malestar en negocio

En el ámbito de la sanidad, la salud mental es ya la principal preocupación en 31 países, por delante del cáncer y de los estados de ansiedad. En España, el 59% de la población la señala como el mayor desafío sanitario: la encuesta mundial de Ipsos por el Día de la Salud Mental 2024 nos sitúa solo por detrás de Suecia en el ranking europeo.

El 60% de los españoles dice haberse sentido estresado hasta el punto de que su vida diaria se vio afectada; una tercera parte de la población dice haber faltado a su trabajo en algún momento del último año por culpa de la presión. El 72% de los milenials y el 67% de quienes integran la Generación Z admiten haber padecido episodios de estrés incapacitante. Entre las mujeres jóvenes, un 40% declara haber experimentado depresión. La estadística es demoledora, y sin embargo, la manera en que hemos decidido tratar este problema parece fruto de una campaña de marketing, no del diseño de una política pública.

Porque mientras los datos dicen que estamos agotados, las redes dicen que lo cool es acudir a terapia. No importa por qué, ni para qué, ni siquiera si el sistema sanitario puede soportarlo. La terapia es el nuevo yoga, el nuevo matcha latte, el nuevo “me lo merezco”. Contamos con  influencers de moda, cocina o lifestyle que ofrecen un código descuento para asistir a unas primeras sesiones online. Las empresas crean áreas de “diversidad y bienestar” que caben en el mismo cajón que el team building y la mesa de futbolín. Y la salud mental, que debería ser un derecho colectivo y estructural, se convierte en otro accesorio aspiracional.

El discurso ya no es “cambiemos las condiciones que enferman a la gente”, sino “gestiona tu estrés, regula tu ansiedad”. Si la Generación Z se siente demasiado estresada para trabajar (algo que le sucede al 50% de sus miembros en España) la respuesta no es replantear horarios imposibles, salarios precarios ni expectativas tóxicas. Es recomendarles apps de mindfulness y ofrecerles terapias online a pagar en cómodos plazos. Un parche emocional para un sistema que sigue continúa intacto.

Foto de Priscilla Du Preez 🇨🇦 en Unsplash

Ir al psicólogo no es lo mismo que ir a terapia. Lo primero suena a clínica, mientras que lo segundo es puro lifestyle. Cuando la ansiedad se mide en likes, lo relevante no es qué te llevó a terapia, sino que lo publiques con una iluminación adecuada.

Y aquí es donde entra la lógica del mercado. La salud mental ha dejado de ser una urgencia sanitaria para convertirse en una categoría de consumo. Lo que antes era tabú, ahora es una vertical de negocio. Terapia online bajo por suscripción, aplicaciones de bienestar con modelos freemium, marcas que compran legitimidad cultural patrocinando narrativas de autocuidado. El malestar se monetiza, se empaqueta y se convierte en un driver de engagement.

En este nuevo ecosistema, la salud mental se vende con idénticos códigos que cualquier otra industria aspiracional: descuentos de bienvenida, promesas de transformación personal y experiencias premium que harán que el sujeto “se sienta mejor”. El bienestar ya no es un fin, sino un territorio de marca, una extensión simbólica que otorga una señal de estatus y relevancia cultural. Y como todo territorio de marca, está disponible para el mejor postor: plataformas de terapia, startups de salud digital, multinacionales deseosas de aplicar un barniz emocional a su estrategia de ventas…

El verdadero giro está ahí: la salud mental ya no es solo una conversación social, sino un mercado emergente. Un espacio donde los sentimientos se convierten en datos, las emociones en insights y el cuidado en producto. La paradoja es brutal: los factores estructurales (precariedad, aislamiento,  desigualdad) que nos enferman permanecen intactos. Lo que cambia es el envoltorio. Ir a terapia se convierte en un nuevo imperativo cultural y en un flujo de ingresos recurrente. En otras palabras: hemos conseguido transformar el malestar en modelo de negocio.

Escribe Marina Lorenzo

High Expectation Customer: por qué deberías escuchar a tu cliente más exigente

“Cuando se lanza una startup, tiene que haber al menos algunos usuarios que verdaderamente quieran lo que estás creando, no gente que solo se vea a sí misma usándolo una vez” – Paul Graham

No todos los clientes son iguales. Algunos prueban algo solo por curiosidad; otros buscan soluciones que transformen su día a día. Julie Supan habla de los High Expectation Customers (HXC): los clientes que esperan lo máximo, que juzgan con rigor y que, si los satisfaces, validan tu propuesta de valor como ningún otro cliente.

En lugar de intentar diseñar para todos desde el primer día, el enfoque HXC propone algo distinto: primero, gana la lealtad del segmento más crítico, cuya satisfacción garantiza que tu producto cumple su promesa central, y solo después expande su alcance.

Foto de Jacqueline Munguía en Unsplash

¿Quién es el HXC?

El HXC no es simplemente alguien que usa tu producto. Es quien lo analiza, lo pone a prueba y lo entiende mejor que nadie. Algunas de sus características:

El HXC no tiene por qué ser tu Early Adopter No confundamos early adopters con HXC. El primero busca probar novedades; el segundo evalúa la profundidad del valor que tu producto entrega.

Por ejemplo, en Too Good to Go, el early adopter podría ser alguien ocupado que busca comida barata y lista. El HXC es el ‘waste warrior’: foodie, consciente del desperdicio y comprometido con la sostenibilidad. Es quien realmente valida la propuesta y asegura que el producto cumple su promesa.

¿Cómo encontrar tu HXC? Julie Supan propone un proceso en cuatro pasos:

  1. Investiga. Escucha y observa a quienes usan tu producto hoy. Pregunta qué les funciona, qué valoran y cómo se benefician de tu propuesta.
  2. Analiza y calibra. Trabaja con tus datos y hazte preguntas (¿qué está esperando tu HXC?, ¿cómo se alinea sus expectativas con nuestra estrategia, roadmap o equipo?, ¿qué tipo de persona podría admirar a nuestro HXC?, ¿que podría decepcionarlo?, ¿es un cliente con ‘mentalidad de crecimiento’ (abierto a nuevas experiencias) o mentalidad de arreglo (busca soluciones ya conocidas)?
  3. Difunde quién es el HXC en la compañía. Define su perfil: ¿qué valor central obtiene?, ¿qué emociones busca?, ¿qué debe ofrecer tu producto para superar sus expectativas? Cuando el equipo entiende y empatiza con el HXC, todas las decisiones (producto, marketing o diseño) se vuelven más coherentes.
  4. Revisa constantemente. El HXC no es estático. Sus prioridades cambian, y tu estrategia debe adaptarse.

El HXC rara vez es una persona concreta, pero definirlo obliga a tu equipo a responder: ¿para quién hacemos esto? ¿quién debe enfocar nuestro esfuerzo y creatividad? Encontrarlo es tener un mapa para construir productos que no solo funcionen, sino que inspiren, sean recomendados y dejen huella.

Construir para el más exigente es, al final, construir para todos. Si puedes sorprender al que no se conforma, puedes sorprender a cualquiera. Tu HXC se convierte así en la North Star de tu estrategia.

Escribe Paula Juan

Fuentes

Antropología de un anillo: qué relata el compromiso de Taylor Swift

La crítica ha recibido el nuevo disco de Taylor Swift como “decepcionante, comercial o conservador”. La cantante encarna un fenómeno cultural recurrente: la exigencia de que toda obra de una mujer justifique su relevancia, y la facilidad con que se declara agotada su capacidad creativa cuando se aleja de la narrativa de “la mujer en crisis”.

Taylor Swift en una imagen de su cuenta de Instagram

El artículo de Gaby Hinsliff en The Guardian sobre el compromiso de Taylor Swift con Travis Kelce, parte de una premisa generalizada: una mujer, al casarse, pierde interés narrativo, atractivo comercial y potencial creativo. Ese criterio mediático no es anecdótico: funciona como síntoma cultural.

El discurso alrededor de Swift revela la persistencia de guiones de género heredados del patriarcado: la mujer joven y “disponible” es fértil no sólo biológicamente, sino también culturalmente; la mujer casada, en cambio, se percibe como agotada en su capacidad de producir historias que importen. Es la vieja estructura del cuento de hadas, trasladada a la economía del entretenimiento: la princesa se casa y, con ello, el relato termina.

Pero Swift encarna un fenómeno inverso: una mujer que se convierte en capital cultural continuo. Cada transición vital, del desamor adolescente a la madurez profesional, es traducida en narrativa pop y consumida masivamente. Su figura funciona como laboratorio antropológico de las tensiones contemporáneas: el deseo de amor y seguridad frente a la exigencia de independencia; la presión del “reloj biológico” frente a la promesa de éxito individual; la nostalgia por los guiones tradicionales frente al deseo de emancipación.

El artículo conecta además con datos demográficos: la caída de las tasas de fertilidad, y el auge de figuras digitales como las “tradwives” (esposas tradicionales) en Instagram. Estos fenómenos muestran cómo la vida doméstica, la maternidad y el matrimonio se reconfiguran en el imaginario colectivo, no como elecciones neutrales sino como campos de disputa ideológica y de mercado. Swift, en este contexto, no es solo una persona,sino que actúa como catalizador de los debates sobre qué significa ser mujer, feminista y figura pública en la tercera década del siglo XXI.

Desde un punto de vista antropológico lo que observamos es la tensión entre mito cultural y modernidad. El mito dicta que la mujer casada deja de ser protagonista; la modernidad, encarnada en Swift, demuestra que esa transición puede ser reescrita como narrativa expansiva y rentable. Swift no rompe el mito: lo subvierte desde dentro y lo muestra como el artificio que es.

Escribe Marina Lorenzo


¿Qué mencionamos en este artículo?

Gaby Hinsliff, «Taylor Swift: engaged, mummy-tracked and doomed to tradwifedom? You really haven’t been listening», The Guardian, 28 agosto 2025.

El ritual del propósito

En septiembre, las papelerías se llenan de agendas para el nuevo curso, los gimnasios se colapsan y, en tu mesilla de noche, descansa ese libro que abandonaste en marzo pero que este septiembre te has propuesto finalizar.

El otoño se ha convertido en el momento del ritual de los nuevos propósitos —quizá más que enero—.

Kyle Raymond señalaba en su newsletter del 2 de septiembre que la gente anhela tener un propósito; desde el great lock in, liderado por el “hombre alpha”, que predica duchas frías y madrugones, al ya clásico No Nut November, que promete que con disciplina, serás la ‘mejor versión de ti mismo’ o los personal curriculums, planes de estudio autoimpuestos para aprender un tema concreto, de los que está lleno TikTok.

Estos rituales funcionan como mapas. Intentan dotar de sentido a nuestro tiempo y reforzar la idea de que podemos ser mejores versiones de nosotras mismas. Como señala Byung-Chul Han en ‘La sociedad del cansancio’, nos hemos convertido en “sujetos de rendimiento”.

Además, no son un acto individual, son una forma de situarse socialmente, de narrar quién eres dentro de una cultura que valora la productividad y la mejora constante. También reflejan normas sociales de género: mientras que los “hombres alpha” encarnan ideales de control y competitividad, los personal curriculums, principalmente ideados por mujeres, se centran en el aprendizaje y el autodescubrimiento.

Para las marcas, estos rituales no son irrelevantes. La cultura del rendimiento abre la puerta a todo tipo de productos y servicios que prometen eficiencia, bienestar o autogestión; pero también plantea preguntas incómodas: ¿Alimentan las marcas la ansiedad por la productividad? ¿Ofrecen espacios de descanso real o refuerzan la ilusión de un control absoluto que nunca llega?

Desde Materia Prima sabemos que detrás de cada tendencia ritual hay algo más profundo. Son señales de cómo construimos identidad, de cómo la tecnología redefine las expectativas más íntimas y de cómo el negocio se entrelaza con el deseo de propósito.

Foto de Lilartsy en Unsplash

¿Qué mencionamos en este artículo?

Artículo escrito por: Paula Juan

El hombre performativo y los arquetipos de investigación

Este verano, y parece que también para este otoño, hemos contado con un inesperado protagonista. No es una celebrity ni tampoco un político, es un arquetipo: el hombre performativo.

Puede que te lo hayas encontrado en el metro o en alguna cafetería: tote bag colgando del hombro, un libro de una autora feminista en la mano, matcha latte en la otra. Algunos incluso llevaban un Labubu como accesorio. Una estética tan precisa que casi parece un uniforme.

Según contaba The New York Times, este hombre se construye como la antítesis del hombre “tóxico”. En España también lo conocemos como “el aliado”, un hombre que quiere proyectar sensibilidad, apertura y compromiso. Pero hay un matiz perverso, su aparente interés por el feminismo o por romper con los estereotipos de la “masculinidad tóxica”, rara vez nacen de un deseo real de entender las desigualdades o de transformarlas; nace de algo más básico: atraer la mirada de las mujeres.

Lo superficial se delata pronto. Como cuenta el artículo del NYT, en una competición para elegir al “más performativo” en Seattle, varios participantes no supieron responder qué era una copa menstrual ni en qué año las mujeres obtuvieron el derecho al voto. La estética estaba clara; la actitud, no tanto. Lanna Rain, la organizadora del evento lo resumía con ironía: es un hombre que viste soft, escucha a artistas femeninas y repite nombres de autoras sin conocer sus obras. Una especie de collage humano hecho de tote bags y playlists. A nosotras nos recuerda a Timothée Chalamet en la película “Lady Bird”, convertido en meme global.

Algunos críticos, como Lionel Delgado, alertan del riesgo de ridiculizar estas nuevas masculinidades. Al fin y al cabo, son intentos de alejarse del modelo de masculinidad “alpha”. Pero lo que vuelve frágil al “hombre performativo” es la distancia entre lo que aparenta y lo que hace. Entre el accesorio y la convicción.

Y aquí es donde este fenómeno de moda se cruza con la investigación. Cuando un equipo de investigación dibuja un perfil basándose solo en aspectos sociodemográficos —edad, sexo, ingresos, ciudad—, ocurre los mimo, destaca la superficie pero olvida la profundidad.

Un buen arquetipo se construye con actitudes, motivaciones, tensiones internas y experiencias. Es lo que diferencia un cliché de un retrato. Lo que separa la foto fija de la explicación real de comportamientos, necesidades y deseos.

En investigación —como en la vida— lo performativo no basta. Queremos arquetipos que nos cuenten por qué, no solo cómo. Porque si nos quedamos en la estética, lo único que conseguimos es postureo.

¿Qué hemos consultado para este artículo?

Artículo escrito por: Paula Juan

El fenómeno de los Labubus y cómo la cultura pop china ahora marca tendencia

Este verano pasé todo el mes de agosto en China y, nada más llegar, me sorprendió ver que casi todo el mundo llevaba uno o varios muñecos colgando de sus bolsos o mochilas. No eran solo niños o jóvenes: también adultos, incluidos ejecutivos de traje camino a la oficina, los lucían con total naturalidad.

Tampoco era de extrañar, ya que en cada calle o centro comercial abundaban tiendas como Miniso o Popmart, llenas de colecciones que iban desde Lotso, el oso de Toy Story, hasta la Bebé Llorona, la nueva muñeca de moda. Entre todos los accesorios, uno destacaba especialmente: los Labubus, muñecos de peluche de un palmo de altura, con forma de monstruo y disponibles en distintos colores. Aunque en España ya habían aparecido, en China estaban literalmente por todas partes.

Tras comprar mi propio Labubu (y algún otro charm para mi bolso), empecé a investigar para entender no solo su éxito, sino también por qué yo misma había caído en la tendencia. Pronto comprendí que no se trata de una moda aislada: detrás de estos muñecos hay un nuevo modelo de consumo cultural, impulsado por varios factores:

Esto explica el éxito del Labubu y de otros muñecos en China, una tendencia consolidada en Asia desde hace años. Pero lo realmente interesante es por qué ahora se ha expandido al resto del mundo, la respuesta es que estamos ante una nueva geopolítica de la cultura pop.

Asia ya no solo fabrica para Occidente; diseña y exporta sus propios imaginarios culturales. Corea inició la ola con el K-pop y la cosmética, y ahora este fenómeno se extiende al resto del continente, transformando la forma en que se crean y consumen tendencias a escala global.

En España ya empezamos a verlo: primero fueron los Sonny Angels y ahora los Labubus. Popmart acaba de abrir su primera tienda aquí y agotó las existencias en minutos. Incluso Zara ha lanzado su propia colección de accesorios para colgar en los bolsos.

Es cierto que no sabemos cuánto durará el furor del Labubu —según Expansión, las acciones de Popmart caen a medida que la moda retrocede—. Pero sí sabemos que el Labubu (y sus equivalentes) es mucho más que un capricho pasajero: es un síntoma de cómo China ya no solo fabrica para Occidente, sino que diseña y exporta sus imaginarios culturales.

Artículo escrito por: Paula Ruiz

Por qué algunos insights se adoptan y otros quedan en el olvido

Si hay algo que hemos aprendido en investigación de negocio, es que el conocimiento no solo ha de ser relevante, sino que debe ser útil. Invertimos semanas o meses, presupuestos considerables y toda nuestra dedicación en un proyecto, desvelando insights sobre el comportamiento y el mercado que, en teoría, deberían cambiarlo todo. El día de la presentación, todo el mundo asiente con solemnidad. «Insight valiosísimo», murmuran. Pero una semana después, el informe, junto los con los insights, se ha unido al cementerio de PDFs de la Intranet. Nos queda la eterna pregunta: ¿Por qué algunos aprendizajes se convierten en el ADN de una empresa y otros quedan en el olvido? La respuesta, como casi siempre, no está en los datos, sino en nosotros.

Foto de Mareks Mangūzis en Unsplash

Anatomía de un aprendizaje olvidado

Los aprendizajes no mueren por inanición de datos; mueren por indiferencia. Para entenderlo, necesitamos aceptar una verdad incómoda: a nadie le importan tus insights si no los sienten suyos, si no los diseñamos como herramientas útiles para la cultura de la organización. Imagina que has descubierto una oportunidad tan compleja y fascinante que se necesitan 50 diapositivas para explicarla. Para ti, es una obra maestra del análisis. Para el equipo que la recibe, es un manual de instrucciones en un idioma que nadie habla.

El problema rara vez es la calidad de la investigación. Es la fricción. La gente no cambia sus hábitos, sus presupuestos o su forma de ver el mundo porque un insight lo diga. Lo hace porque han recibido un conocimiento tan comprensible y aplicable en su cultura organizacional que no puede ser ignorado. El hallazgo no es el final del camino; es solo el punto de partida para una conversación. Y si esa conversación nunca sucede, el conocimiento se ignora.

Las barreras que todos conocemos (pero nadie menciona)

No es desgana por pasar a la acción lo que mata a los grandes descubrimientos, es pura y simple irrelevancia cultural. Estas son las barreras que se interponen, a menudo con una sonrisa amable y una excusa perfectamente razonable.

¿Cómo darle a un insight el final feliz que se merece?

No hay magia, pero sí estrategia. Para que un aprendizaje pase a la acción, debe ser más que un dato: debe ser un catalizador.

  1. Sé una narradora, no una presentadora. El objetivo no es mostrar todo lo que sabes, sino lo que el equipo necesita saber. Cuenta una historia con personajes (el usuario), conflictos (el problema) y una solución clara (la acción a tomar). Usa analogías, anécdotas y un lenguaje sencillo que haga que el hallazgo sea tangible y real.
  2. Conecta con la emoción. Los mejores insights no solo informan, también conmueven. Si puedes conectar la investigación con los valores de la empresa, el aprendizaje deja de ser un PDF y se convierte en una misión.
  3. Hazlo accionable. Cada conclusión debe venir con un «ahora qué». La claridad de la acción es lo que convierte el conocimiento en progreso.

Al final, la investigación de negocio es ciencia, pero también es persuasión. No se trata solo de desenterrar la verdad, sino de convertir el conocimiento en un artefacto cultural útil para que pueda caminar dentro de una organización. Porque un insight que nadie recuerda, es un insight que nunca existió.

El espejismo del staycation o cuando el lenguaje hace de la necesidad tendencia

Pocas palabras ilustran mejor la capacidad del lenguaje para maquillar la realidad que staycation. El término, popularizado durante la crisis económica del 2008 y resucitado ahora, combina los términos stay (quedarse) y vacation (vacaciones) para bautizar algo que siempre ha existido: veranear en la propia ciudad.

Foto de unsplash.com @jaywennington

El fenómeno no reside en la práctica (ejercida durante generaciones por motivos económicos, familiares o laborales) sino en el relato. Lo que antes era quedarse porque “no da el presupuesto”, hoy se presenta como una actitud cool: redescubrir la ciudad vacía, evitar el estrés aeroportuario, practicar el dolce far niente entre cafeterías y cines de barrio.

Al nombrar de modo distinto una práctica cotidiana, el lenguaje la desmaterializa y la despolitiza. Lo que se presenta como elección libre oculta una frontera evidente: no es lo mismo quien decide quedarse pudiendo elegir, que quien no puede viajar y hace de la necesidad virtud. Pero la narrativa aspiracional del staycation homogeneiza experiencias radicalmente distintas y encubre desigualdades bajo un mismo hashtag. El riesgo de esta operación semántica es doble:

  1. Desmaterializar la experiencia. Al convertir la práctica en un hashtag, se corre el peligro de vaciar de sentido lo que implica realmente habitar el propio espacio en clave de descanso.
  2. Homogeneizar la diferencia. No es lo mismo elegir quedarse que no poder viajar. Sin embargo, el lenguaje de la tendencia diluye esta frontera, encubre las condiciones materiales y sociales que condicionan la vivencia del verano.

Convertir en tendencia lo que en muchos casos sigue siendo restricción es, en el mejor de los casos, un juego semántico; en el peor, una forma de invisibilizar condiciones materiales que siguen marcando quién viaja, cuándo y cómo.

En Materia Prima entendemos que la investigación no debe aplicarse tan solo a identificar modas, sino también a revelar las experiencias reales, los obstáculos y las dificultades que enfrentan las personas. Solo desde esa comprensión profunda es posible diseñar servicios, productos y respuestas que no disfracen precariedades bajo un nuevo nombre, sino que contribuyan a mejorar la vida cotidiana.

Porque no se trata de inventar etiquetas atractivas, sino de escuchar, comprender y responder con soluciones que dignifiquen lo cotidiano.

Más allá de los números: cómo la metodología «4C» transforma los datos en diálogo y acción

Hoy los datos se han vuelto omnipresentes, pero su comunicación sigue siendo una barrera. Artículos académicos, informes empresariales o gráficos en prensa dejan poco espacio para la comprensión, el diálogo o la acción.

Para transformar este enfoque, desde Materia Prima y Graphery hemos diseñado una metodología participativa. Nuestro objetivo es superar las barreras de comunicación y demostrar que los datos solo son valiosos cuando se vuelven social y culturalmente relevantes. De esta visión surgen los cuatro principios fundamentales de esta metodología: comunicación, comprensión, conversación y capacitación.

El problema del dato inaccesible

La forma tradicional de compartir datos parece no funcionar. El conocimiento, que debería ser accesible, se encierra en documentos rígidos, visualizaciones extremadamente complejas o descripciones con un lenguaje incompresible. Esta comunicación genera distancia y una respuesta inicial de rechazo.

Las “4C”: el antídoto lúdico y humano

Nuestra aproximación “4C” convierte la comunicación de datos en una interacción lúdica y humana. Rompemos con los formatos tradicionales para abrir un diálogo con las personas implicadas. Los datos dejan de ser el final de la historia para convertirse en el detonador de una conversación más profunda. No decimos «esto es lo que encontramos», sino “¿cómo lo ves tú?».

Esta metodología «4C» se ha diseñado para involucrar a las comunidades en la toma de decisiones al transformar la forma en que nos relacionamos con los datos, la información y nuestras propias experiencias.

Un cambio de perspectiva: las “4C” en acción

Diálogo alrededor de una de las dinámicas del proyecto ‘Contando la Ciudad’ en colaboración con la Federación Regional de Asociaciones Vecinales. Junio 2025.

La verdadera riqueza de los datos no solo reside en su precisión, sino en su relevancia social y cultural. La metodología “4C” demuestra que solo con la gente, y a través de la conversación, podemos transformar un conjunto de números en algo que realmente importa. El objetivo final no es comunicar un hallazgo, sino impulsar el cambio. Porque, en mundo saturado de información, un dato que nadie comprende es un dato inútil.

La verdad sobre los zapatos y los trabajos por hacer (Jobs To Be Done)

Este es el planteamiento de la teoría de los Jobs to be Done (JTBD). El punto de partida es simple. Las personas «contratan» productos y servicios para que realicen un “trabajo” en sus vidas. Y ese “trabajo” (traducción directa del inglés que no encaja perfectamente con el uso del castellano, hablaremos de ‘objetivos’ a partir de ahora) va mucho más allá de la inmediata función que se espera desempeñe el producto o el servicio: el objetivo es emocional y al mismo tiempo social.

Abundan las ideas equivocadas sobre las marcas. La más frecuente es que las personas compran productos. Falso. Nadie se levanta por la mañana con la urgencia de poseer un par de zapatillas. Lo que la persona busca es la sensación que esas zapatillas le proporcionan

Este es el planteamiento de la teoría de los Jobs to be Done (JTBD). El punto de partida es simple. Las personas «contratan» productos y servicios para que realicen un “trabajo” en sus vidas. Y ese “trabajo” (traducción directa del inglés que no encaja perfectamente con el uso del castellano, hablaremos de ‘objetivos’ a partir de ahora) va mucho más allá de la inmediata función que se espera desempeñe el producto o el servicio: el objetivo es emocional y al mismo tiempo social.

Una cosa es querer unas zapatillas que permitan correr un kilómetro más rápido (el objetivo funcional) y otra querer sentirse imparable, con la confianza de que es posible superar los propios límites. O aparecer como una persona comprometida con el deporte. Ese es el verdadero «objetivo”, el progreso que buscamos.

Dos maneras de hacerlo

Clayton Christensen es el padre de la teoría de los jobs to be done, la cual  admite dos interpretaciones distintas*,* dos maneras de entender el «cómo».

1. El camino de la historia: Bob Moesta

En primer lugar, el enfoque de la empatía. Bob Moesta cree que las personas no son estrictamente racionales, sino que a menudo se dejan llevar por sus emociones. Su método se basa en sentarse con alguien y pedirle que cuente una historia. La historia de la última vez que tuvo que comprar algo. ¿Qué carencia le llevó a iniciar la búsqueda de una solución? ¿Qué le prometió la nueva solución? ¿Qué aprensiones lo cohibieron?

Moesta invita a escuchar las «luchas», esos momentos de frustración en los que el cliente dice: “Uf, esto es un desastre». Y ahí, en ese «punto de lucha», es donde se encuentra la oportunidad para innovar. Es un enfoque perfecto si lo que se pretende es crear algo que cambie, de algún modo, las reglas del juego.

2. El camino de los datos: Tony Ulwick

Estamos ante un enfoque pragmático. A Tony Ulwick le incomodaba la ambigüedad. Su metodología se llama Outcome-Driven Innovation (ODI) y se centra en los resultados deseados.

Ulwick enseña a preguntar a las personas qué resultados quieren conseguir y hasta qué punto los han alcanzado mediante las soluciones actuales. Por ejemplo: en lugar de preguntar si quieren unas zapatillas más ligeras, les pregunta si aspiran “a reducir el tiempo que tardan en correr su primera carrera de diez kilómetros”. Luego, mediante un enfoque cuantitativo, estima hasta qué punto cada resultado se ha visto desatendido. Ahí reside el camino seguro hacia la mejora.

¿Y dónde entra mi marca?

La teoría de los jobs to be done no es una fórmula mágica. Es una lupa. Ayuda a contemplar la situación desde la perspectiva de las personas. Es el motor para:

Según la teoría de los Jobs to be done, el mundo no necesita más zapatillas, necesita más confianza y progreso (otro concepto que no termina de funcionar con una traducción literal al castellano, pero nos entendemos) en el camino. Otra cuestión es si las marcas están realmente construidas para inspirarnos confianza y hacernos progresar.

Por qué deberías escuchar a un espía de la CIA cuando quieras analizar la cultura analítica de tu empresa

Este es el tipo de material que nos gusta. De cuando en cuando, encuentras algo que trasciende su nicho y te hace pensar. Es el caso de una entrevista que recoge el substack de Santi Ruiz, ‘Statecraft: How Policymakers Do Things’. En ella, un veterano de la CIA, el Dr. Rob Johnston, nos sumerge en un baño de realidad. En lugar de hablar de persecuciones y de gadgets, habla de lo que de verdad importa evitar a la hora de tomar decisiones: la inercia institucional, la comunicación defectuosa y los egos.

Su proceso para resolver grandes problemas se asemeja, de modo sorprendente, a la investigación de negocio. Según vemos, el 90% del trabajo de la CIA se parece mucho más a la redacción de un informe que a cuanto vemos en cualquier película de James Bond. Y créeme: eso es bueno. Según el Dr. Johnston —antropólogo y veterano de la CIA—: el trabajo de inteligencia consiste, en esencia, en leer, pensar, analizar y escribir. Mucho.

He aquí algunas lecciones del mundo del espionaje directamente aplicables a tu próximo proyecto de investigación de negocio:

La pregunta es la clave, no la respuesta

Johnston lo deja claro: los consumidores de inteligencia a menudo hacen preguntas tan vagas como «¿A dónde va China?» o tan específicas que no dejan margen de maniobra.

En ocasiones, queremos que la investigación nos diga si nuestro negocio «va a funcionar”; o si «el producto X va a ser un éxito». La realidad es que una buena investigación solo funciona cuando responde a una buena pregunta.

Olvidar la bola de cristal y pedir un mapa de carreteras. Ahí es donde la inteligencia y la toma de decisiones empiezan a fluir.

El tiempo no espera (y, a veces, lo arruina todo)

Johnston menciona cómo, para un político, un problema a 10 años vista resulta demasiado lejano y otro a 24 horas demasiado inmediato. El riesgo es la inacción. Lo mismo ocurre en los negocios. Una investigación que te entrega un informe sobre la tendencia que se impondrá dentro de cinco años puede terminar en un cajón. Y otro informe que te urja a actuar de inmediato puede provocar pánico y derivar en decisiones impulsivas.

La buena investigación no solo te ofrece conocimiento: te ayuda a entender los ejes temporales de tu problema. Te advierte qué signos has de reconocer antes de  actuar. Es la diferencia entre un reporte inútil y un análisis accionable.

Las lecciones que no aprendemos

«El problema es que son tan inteligentes que asumen que son más listos que todos los demás.» La frase de Johnston sobre algunos de los peores destinatarios de inteligencia es demoledora. Se creían tan listos que rechazaban cualquier información que contradijera sus  prejuicios. ¿Y en los negocios? Lo vemos a diario. Adopta la forma de una fe ciega en el «instinto» o  la «experiencia» que menosprecia cualquier nuevo indicio. Los prejuicios, si no se revisan, se convierten en la «línea analítica» de la empresa, y todo el mundo acaba pensando de un mismo modo. Por eso el pensamiento crítico y la discrepancia constructiva se revelan tan valiosos.

Johnston intentó formalizar el proceso de «lecciones aprendidas» en la CIA, algo que la empresa moderna necesita. No se trata solo de recopilar datos, sino de volver sobre ellos, revisarlos a posteriori y entender por qué una predicción falló o una estrategia funcionó. ¿Por qué el proyecto X no tuvo éxito? ¿Qué señales pasamos por alto? La capacidad de aprender de nuestros errores y de cuestionar nuestra propia lógica es lo que separa a una buena organización de otra condenada a repetir el mismo ciclo. La investigación no es un servicio: es un proceso y hemos de contemplarla como un círculo de aprendizaje constante.

El dilema del talento: ¿Quién es el analista?

La entrevista menciona que los buenos analistas en la CIA a menudo no podían explicar cómo eran tan buenos. Es un conocimiento implícito, cultivado con la experiencia. Este es uno de los mayores desafíos en cualquier organización: cómo identificar, retener y promover a los lementos perspicaces.

El mundo corporativo debería considerar el modelo de Johnston, que valora a los analistas senior que se mantienen en su área de especialización durante toda su carrera. Necesitamos expertos.

Porque al final del día, ya sea que trabajes para el gobierno, la CIA o una startup, tu tarea es la misma: entender el mundo. Y para esto, la mejor herramienta de que disponemos es una persona capaz de formular la pregunta correcta.

Todo lo que creías saber sobre la investigación (y por qué te equivocabas)

Con la resaca de las vacaciones aún a cuestas y el calendario apretando, es fácil abandonarse a la rutina y contemplar el futuro inmediato como una simple lista de tareas. Pero hagamos una pausa: ¿y si este nuevo curso representara una oportunidad para dinamizar tu curiosidad e imprimir un giro estratégico a tu negocio?

Aquí compartimos contigo tres ideas que pueden estimular la curiosidad de tu equipo y la estrategia de tu negocio:

1. Investigación cuantitativa versus investigación cualitativa: no es una batalla. Es una conversación. Aunque la investigación sea numérica y cuantificable, en cualquier caso es discursiva, abundante en matices y «por qués». No hablamos de un enfoque superior; son dos caras de la misma moneda, dos lentes que, juntas, proporcionan una visión 360º. Imagina una conversación brillante en la que cada dato supone un punto de partida para una nueva pregunta.

2. Es posible que tengas los datos, pero no el conocimiento

La investigación te proporciona datos, muchos datos, que recibes tal vez encapsulados en un informe de 200 páginas. Pero lo que nos proporciona el combustible para tomar decisiones empresariales con visión clara es el análisis de esos datos.  El conocimiento que te aporta el análisis es el mapa que te guía. Olvídate de la parálisis por análisis; esto va de decisiones fundadas.

Lo que puede estorbar tu determinación es disponer de diferentes tipologías de datos sin análisis, no su interpretación.

3. Tu mejor aliada es la investigación

En un contexto empresarial, la investigación constituye un medio, no un fin. Hablamos de una herramienta valiosísima para mejorar tu negocio. Te ayuda a ver el panorama general, a anticipar tendencias. Te facilita las claves para ajustar —aquí y ahora— el rumbo de tu negocio.

La investigación es una inversión inteligente.

No es lenta, es precisa.

No es inútil, es claridad.

¡Verbatims, para qué os quiero!

En el ámbito de la investigación de negocio, a menudo buscamos la «voz del cliente» como la piedra angular para la toma de decisiones. Y ahí es donde entra en juego el verbatim: esa cita textual, esa frase directa que captura la esencia de lo que piensa o siente una persona. Es un recurso poderos, sí, pero como todo recurso, tiene su valor y sus límites.


Sí, es una evidencia concreta y tangible

El verbatim es, sin duda, la voz directa de las personas. Nos ofrece una evidencia concreta y tangible de los patrones y temas que identificamos en nuestros análisis. Es lo más parecido a asomarse a la cabeza de una persona.

Imagina que estás desarrollando un nuevo producto y una persona dice: «Me encanta el concepto, pero la interfaz es tan confusa que me siento frustrada cada vez que la uso». Ese verbatim no solo identifica un problema; lo hace con la emoción y la especificidad que ningún dato cuantitativo podría lograr. Humaniza los datos y puede inspirar soluciones más creativas y empáticas.


Llena de limitaciones

El verbatim, por su naturaleza única, tiene limitaciones que, si se ignoran, pueden llevar a decisiones erróneas:


Los verbatims aportan riqueza y aumentan la comprensión de la investigación. Sin embargo, su poder reside en su uso como apoyo ilustrativo de los hallazgos, resultado de análisis cualitativos y cuantitativos más amplios. Utilicemos la voz de las personas para empatizar, difundir e inspirar, pero evitemos la trampa de dejar que lo anecdótico defina nuestra estrategia.

Los 11 principios de una buena Investigación de Negocio

En Materia Prima trabajamos para que adquirir, entender y compartir conocimiento sea una experiencia accesible, atractiva y transformadora.

Con este propósito, hemos diseñado un póster con los 11 principios que orientan una ‘Buena Investigación de Negocio’.

Confiamos que te sirva como una breve guía de referencia, para asegurar la calidad en cualquier proyecto de investigación. Ojalá te resulte inspiradora ✨

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