Cómo ser una mujer y no morir en el intento

Imagen: Portada del libro «Como ser una mujer y no morir en el intento» (Rico-Godoy, 1990) ed. El Papagayo
El otro día, en una librería de segunda mano, me encontré un ejemplar de Cómo ser mujer y no morir en el intento (1990), de Carmen Rico-Godoy. El título y que el libro fuera de antes de que yo naciera me llamó la atención. En la contraportada podía leerse:
“A las mujeres de hoy nos han estafado”.
“¿Te sientes culpable si no manejas con la misma habilidad el ordenador personal y el carrito de la compra? ¿Crees que una pequeña ausencia de tu casa supondría una colisión de irremediables consecuencias?”.
Pero lo que más me impactó fue que al final de la contraportada, la propia Carmen decía: “una lectura obligada para toda mujer (…) que no pueda, a pesar de las dificultades, dejar de ser absolutamente mujer”. Lo que me llevó a preguntarme: ¿qué significaba ser MUJER en los 90?
Descubrí que, en su momento, este libro fue un éxito al conseguir retratar, con ironía y anécdotas cotidianas, las tensiones diarias de las mujeres de los 90: la doble jornada, la presión estética, la conciliación imposible, el cansancio de tener que llegar a todo, la obligación de ser perfecta. De hecho el libro termina con la frase “Quiero ser un tío, quiero ser un hombre”.
Comencé la lectura esperando no sentirme identificada; pensaba que me escandalizaría con relatos de otra época y que me serviría para darme cuenta de cuánto ha cambiado “ser mujer” desde entonces. Pero me llevé un chasco: me reconocí a mi y a muchas mujeres de mi alrededor en más de una escena.
Rico-Godoy describe, por ejemplo, cómo después de trabajar llegaba a casa y se enfrentaba a otra tanda de tareas (limpiar, hacer la compra, organizar comidas…) mientras los demás daban por hecho que era “su” responsabilidad. Hoy lo ponemos nombre y lo llamamos carga mental, pero aún está presente y sigue recayendo sobre nosotras.
También habla de la culpabilidad constante: por no llegar a todo, por no ser perfecta, por elegir mal, por fallar en algo. Una culpa que en 2025 ha mutado, pero no ha menguado. Ahora, además de cumplir, debemos gestionar nuestra salud mental, tener hábitos saludables, practicar autocuidado, ser eficientes y “no perdernos a nosotras mismas” en el proceso. La exigencia se ha multiplicado.
La autora explica lo difícil que era ser mujer en el mundo laboral: reuniones con hombres donde, directamente, no la escuchan. Lanza una idea y nadie reacciona; un hombre la repite minutos después y de pronto es brillante. Esta dinámica, en 2025, sigue siendo un clásico corporativo: interrupciones, mansplaining, y el encasillamiento de las mujeres en roles secundarios.
Cuando se aborda la conciliación en el libro, se hace con amargura: era un mito, y casi siempre recaía en ellas. Cualquier ambición profesional tenía un coste. De nuevo, un déjà vu contemporáneo: se habla de conciliación pero las estructuras siguen premiando la disponibilidad absoluta.
Es evidente que hemos avanzado; negarlo sería absurdo. Pero la exigencia de “serlo todo”: profesional exitosa, productiva, equilibrada, atractiva, madre, pareja (si procede)…, esa exigencia que Rico-Godoy denunciaba hace más de tres décadas, no ha desaparecido. Se ha transformado, diversificado y, en algunos casos, intensificado.
Leer a Rico-Godoy en 2025 es constatar que las estructuras sociales cambian despacio y que aún queda mucho por hacer para que las próximas generaciones de mujeres no se vean reflejadas en estas páginas. También nos recuerda que los datos y experiencias del presente necesitan perspectiva histórica: solo así podemos detectar los patrones que siguen condicionando nuestras vidas y anticipar los que vendrán.
Escribe: Paula Ruiz