El 0,01% y otras formas de no creer a las mujeres

Hay algo curioso con los números: cuanto más redondos, más tranquilos nos dejan. Un 0,01% cabe en una servilleta. No grita, tampoco incomoda. Frente al dolor (desordenado, contradictorio, difícil de medir) el porcentaje parece ‘civilizado’.

El libro Esto no existe, de Juan Soto Ivars, ha vuelto a poner sobre la mesa la cuestión de las denuncias falsas de género y el ya célebre 0,01. El número funciona como un talismán: para unos, demuestra que el problema es irrelevante; para otros, que el sistema oculta una realidad mucho mayor. El debate no gira tanto en torno a qué sabemos, sino en torno a qué queremos creer.

Los datos, cuando se presentan sin contexto, resultan extraordinariamente maleables. Un porcentaje sin explicación metodológica suena sólido, pero carece de significado. Sin embargo, cuanto menos sabemos de su trazabilidad, más autoridad le concedemos.

Ali Rezaei en Unsplash

En materia de violencia contra las mujeres la ignorancia del contexto presenta un matiz inquietante. Basta insinuar que “podría haber muchas más denuncias falsas” para que el foco se desplace de la violencia estructural a la duda sobre la palabra de las mujeres. No hace falta probar nada con rotundidad; basta con erosionar la confianza.

Lo paradójico es que vivimos rodeados de evidencias cotidianas de violencia machista —cifras de asesinatos, sentencias, testimonios reiterados— y, aun así, parece que lo que más seduce es el dato que introduce la excepción. El porcentaje que promete que quizá no es para tanto. Que quizá las mujeres exageran.

Desde una perspectiva de género, el sesgo no es inocente. Históricamente, la violencia hacia las mujeres ha necesitado pruebas, peritajes y explicaciones adicionales. Nada es suficiente. Y los números manipulados se convierten al coartada perfecta.

No se trata de prohibir debates ni de blindar leyes frente a la crítica. Se trata de exigir rigor. Si se menciona un dato, es preciso explicar cómo se obtuvo, qué limita, qué no permite concluir.

Porque el dato más fácil de manipular es, irónicamente, el que más credibilidad obtiene. Y cuando ese dato se utiliza para poner en duda la violencia que sufren las mujeres, no estamos ante una discusión técnica. Estamos ante una decisión política: elegir qué dolor merece certeza y cuál puede quedar en entredicho.

Y en eso, los números no son neutrales. Dependen de quién los usa y contra quién.

Escribe Marina Lorenzo