El looksmaxxing o la culminación del prosumidor

Fuente: ROBIN WORRALL

Internet nos prometió que cualquiera podía convertirse en creador. Subimos fotos a Instagram, escribimos reseñas en Google, publicamos vídeos en TikTok y alimentamos algoritmos con cada clic. El usuario dejó de ser un simple consumidor para convertirse también en productor.

Hay una tendencia que durante los últimos años ha abandonado los rincones más oscuros de internet para instalarse en TikTok, YouTube e Instagram y colonizar la cabeza de muchos adolescentes: el looksmaxxing. Esta tendencia, en palabras de la Wikipedia, es la práctica de optimizar el atractivo físico de forma sistemática con el objetivo explícito de mejorar la posición en el mercado sexual y social. No es ir al gimnasio para cuidarse o para ser inmortal como Bryan Johnson, es otra cosa.

En los foros o en redes sociales los usuarios se fotografían bajo luz cenital, suben la imagen y esperan a que desconocidos les diagnostiquen su inclinación ocular, la proyección del maxilar, la proporción entre el ancho y la altura de la cara. Si el veredicto es desfavorable, el primer paso es buscar en YouTube tutoriales para comenzar a practicar mewing (ejercicio lingual que supuestamente remodela el paladar con el tiempo) y lo más extremo podría ser acabar como Clavicular, practicando el bone smashing. Como podéis comprobar, efectivamente no hablamos de cuidado, hablamos de, como dicen ellos, optimización del cuerpo.

Hay un concepto sociológico que estudié en la carrera y al que vuelvo constantemente porque no deja de aparecer en sitios nuevos. Lo formuló George Ritzer junto a Nathan Jurgenson: el de prosumidor (aunque el concepto fue originalmente acuñado por Alvin Toffler, pero su perspectiva no me convence tanto). La idea, resumida, es que el capitalismo contemporáneo ha encontrado la forma de hacer que los consumidores trabajemos gratis, pero en vez de en una fabrica, en nuestras pantallas. Los usuarios generamos datos, entrenamos algoritmos y producimos material que mantiene vivas a las plataformas. Ritzer lo llamó el working consumer, consumidor trabajador. No sé si Ritzer imaginaba que el trabajo acabaría siendo romperse la nariz a propósito, pero aquí estamos.

El looksmaxxer es ese consumidor llevado al cuerpo. Consume discursos de insuficiencia física de forma continúa en forma de tutoriales o diagnósticos de escalas PSL como la aplicación UMaxx ; compra productos, suplementos y suscripciones a apps que le analizan los pómulos. Y luego produce: sube sus fotos para que la comunidad las evalúe, publica sus propios vídeos de transformación, redacta guías en foros, califica a sus pares.

Ritzer también habló de la McDonaldización: el proceso por el que los principios de la industria de la comida rápida (eficiencia, calculabilidad, control) colonizan otros ámbitos. En el looksmaxxing, esos principios se aplican al rostro humano. La inclinación ocular se mide en grados, el atractivo se puntúa en escalas numéricas, las intervenciones se dividen entre softmaxxing y hardmaxxing según su invasividad. Hay protocolos, fases y métricas de seguimiento. Donde antes había una cara, ahora hay un plano técnico con márgenes de mejora y KPIs.

Pero el lugar verdaderamente preocupante donde se refleja esta lógica mercantil del cuerpo es en la percepción que tienen estos hombres sobre su relación con las mujeres. Esta tendencia está muy ligada a la corriente misógina de los Incels. Para el looksmaxxer, la atención femenina no tiene valor propio. No busca compañía, ni deseo mutuo, ni intimidad. La atención femenina es una moneda de cambio que se usa para escalar dentro de la jerarquía masculina del grupo. El objetivo no es gustar a las mujeres. Es superar a los otros hombres. Es el mogging: eclipsar al resto y consolidarse como el Chad dominante. Las mujeres son el marcador de una competición que se juega entre hombres, sobre una plataforma que les cobra por participar.

Esto no es inocuo. Un hombre que ha interiorizado que las mujeres son divisas de cambio no deja esa lógica en el foro cuando cierra la pantalla. La traslada a sus relaciones, a sus dinámicas de pareja y a la forma en que interpreta un rechazo. Las comunidades de Incels y looksmaxxers comparten algo más que estética: comparten un marco en el que la violencia hacia las mujeres, verbal o física, se presenta como una respuesta lógica a un mercado que no les ha dado lo que merecen.

En 1980, el futurólogo Alvin Toffler acuñó el concepto de prosumidor con optimismo. La sociedad posindustrial devolvería autonomía al ciudadano sobre los bienes que consume. Cuarenta años después, internet se sigue vendiendo como el gran territorio de la elección libre: cualquiera puede publicar lo que quiera, consumir lo que quiera, convertirse en quien quiera. El looksmaxxing es lo que ocurre cuando esa promesa se toma al pie de la letra. Un chico decide libremente fotografiarse bajo luz cenital, elige libremente subir la imagen a una app que le cobra por analizarle los pómulos, y publica libremente el resultado para que su comunidad decida si merece seguir optimizándose. Nadie le obliga. El algoritmo solo le sugiere el siguiente vídeo.

El looksmaxxing no puede comprenderse únicamente como una patología de autoestima o una moda pasajera de internet. Analizado a través de la teoría de Ritzer, es un producto perfecto del capitalismo prosumidor: los jóvenes dedican su tiempo libre y su cuerpo a un trabajo digital no remunerado, pagan por recibir el diagnóstico de su propio rostro y generan los datos con los que las plataformas afinan el siguiente ciclo de inseguridad. El cuerpo humano como materia prima que el usuario procesa voluntariamente para complacer al algoritmo que lo clasifica.

La cultura digital convirtió la identidad en trabajo y la autoevaluación en hábito. El looksmaxxing lleva esa lógica hasta el hueso, literalmente. Pero el daño no se queda en el cuerpo del que lo practica. Un hombre que ha pasado años midiendo su valor en escalas numéricas y entendiendo a las mujeres como métricas de éxito desarrolla una forma de relacionarse que tiene consecuencias reales fuera de la pantalla. El looksmaxxing no es peligroso solo por lo que le hace a quien lo practica. Es peligroso por lo que convierte a las personas de su entorno.

Escribe Paula Juan Pérez