Hasta que el algoritmo vino a por mi terapeuta
Estaba escuchando Deforme Semanal, el podcast de Lucía Lijtmaer e Isabel Calderón, cuando anunciaron una app de terapia online. Nada extraordinario. Vivimos patrocinadas.
Algunas oyentes escribieron para pedirles que no recomendaran ese tipo de plataformas. No porque estuvieran en contra de la terapia sino porque, según ellas, esas apps precarizaban a las profesionales: detrás del tono amable y el “empieza hoy mismo” había tarifas comprimidas, falsas autonomías y cuidado convertido en suscripción mensual.
Días después leí en El País un artículo titulado “Psicólogos, abogados, cuidadores… La precariedad de las plataformas digitales asalta a cada vez más sectores”. Quizá no era casualidad, sino síntoma.
Durante años creímos que la conversación sobre plataformas digitales iba de repartidores. De Glovo y de riders bajo la lluvia. Era fácil indignarse ante una mochila cuadrada y una bici. Pero mientras mirábamos ahí, el modelo se colaba en la consulta psicológica, el despacho de abogados, la enfermería, el cuidado de nuestros padres.
Entonces, la cuestión dejó de ser laboral para volverse personal.
Nuestra moral tecnológica es selectiva.
Pedimos sushi por una app sin conflicto existencial. Si el repartidor llega tarde, nos enfadamos; si llega rápido, le damos en la app cinco estrellas y seguimos con nuestra vida.
Pero ¿haríamos lo mismo con un psicólogo? ¿Puntuaríamos con tres estrellas una sesión porque “no conecté mucho”? ¿Elegiríamos cuidadora para nuestro padre como quien elige conductor, por proximidad y precio?
No todas las apps ocupan el mismo lugar en nuestra conciencia. Las de consumo inmediato operan en la lógica de la conveniencia. Su valor es la fricción cero. Si algo falla, el coste emocional es bajo.
En cambio, cuando hablamos de cuidado o de ejercicio profesional cualificado, delegamos vulnerabilidad. No compramos solo tiempo; entregamos intimidad, salud, estabilidad. Ahí la ecuación deja de ser logística y se vuelve moral.
Y sin embargo, usamos las plataformas igual.
La urgencia como argumento moral ¿Por qué? Porque resuelven algo profundamente contemporáneo: la urgencia y la soledad organizativa.
- No sabemos a quién llamar.
- Nuestra red informal se ha encogido.
- Las instituciones son lentas.
- Necesitamos respuesta ya.
Las plataformas han entendido nuestra ansiedad temporal. Prometen inmediatez en un mundo que ya no soporta la espera. Y convierten decisiones complejas en gestos simples: un perfil, unas estrellas, un precio cerrado.
El algoritmo reduce la complejidad ética a una interfaz limpia.
Si todo se puede comparar, clasificar y puntuar, todo se puede condensar en precio. Y lo que no cabe en la métrica —la continuidad clínica, la responsabilidad deontológica, el vínculo terapéutico— queda fuera de pantalla.

Tradicionalmente, la legitimidad en psicología, abogacía o enfermería descansaba en instituciones (colegios profesionales, acreditaciones, trayectorias, reputación construida con tiempo). No era perfecto, pero había un marco.
Hoy la confianza se desplaza hacia ratings y matching algorítmico. La plataforma no solo conecta: ordena, prioriza, visibiliza o invisibiliza. Y cuando fija precios o penaliza desempeño, deja de ser escaparate para convertirse en actor con poder, y genera tres tipos de usuarios:
- El pragmático: “Si funciona y es más barato, adelante”.
- El ambivalente: “No me gusta, pero no veo alternativa”.
- El incómodo: “No quiero sostener un modelo que precariza al trabajador”.
Las oyentes del podcast no hablaban desde la teoría laboral, sino desde la coherencia. No querían que algo que consideran cuidado —y casi militancia emocional— se financiara con un modelo que erosiona a quien cuida.
Ahí la precarización deja de ser un concepto abstracto. Se vuelve experiencia moral. Es mi terapeuta cobrando menos. Es una enfermera encadenando turnos.
Hay un poema que todos recordamos que empieza diciendo que primero vinieron a por unos y no dijimos nada porque no éramos de esos.
Durante años pensamos que la economía de plataformas afectaba a “otros”. A trabajos duros, visibles, fácilmente externalizables. Nos indignábamos, sí, pero desde cierta distancia.
El problema es que el modelo no distingue entre hamburguesas y sesiones de terapia. Entre trayectos y diagnósticos. La lógica es la misma: desintermediación institucional, intermediación algorítmica, fragmentación del trabajo, presión sobre precios.
Lo que cambia es nuestra tolerancia.
Aceptamos sin conflicto que nos traigan a casa pad thai en veinte minutos. Pero cuando la lógica de la app se sienta frente a nosotros en un diván y nos pregunta cómo nos sentimos esta semana, algo se descoloca.
Porque ya no es solo eficiencia. Es cuidado. Y el cuidado no es un marketplace inocente.
Quizá por eso aquellas oyentes escribieron para defender una frontera simbólica, la idea de que no todo debe organizarse bajo las mismas reglas que el delivery.
No es que las plataformas “lo vayan a precarizar todo”. Es que, si no discutimos sus límites, tenderán a hacerlo. Es lo que hacen los modelos de negocio cuando no encuentran resistencia normativa ni cultural.
Y quizá dentro de unos años recordemos este momento con una mezcla de desasosiego por nuestra ingenuidad y nostalgia. No cuando vinieron a por los riders —eso parecía lejano— sino cuando el algoritmo llamó a nuestra puerta con voz amable, tarifa reducida y terapia en 24 horas.
Y caímos en la cuenta de que ya alguien, desde un podcast que nos hace reír, nos dijo: “¡cuidado!”.
Escribe Marina Lorenzo