La empresa humanista (condiciones de uso)

Hace unos días asistí a un piloto organizado por Beatriz Bonete sobre cómo introducir la perspectiva de género en los proyectos, los equipos y las organizaciones del sector del diseño. Escuchándola me acordé de un artículo que había leído hace poco sobre filosofía y empresa. De esos que se escriben con entusiasmo intelectual y que te hacen pensar que el mundo de los negocios puede ser un lugar habitable. El autor convocaba a Séneca, a Kant, a Aristóteles, a Viktor Frankl. Terminaba preguntándose si es posible una empresa humanista y respondía que sí, que claro que sí, que solo hay que adentrarse en los preceptos de la filosofía y la ética. La filosofía fue construida mayoritariamente por hombres que tenían planes muy concretos para las mujeres, y ninguno de esos planes incluía sentarse en el mismo lado de la mesa. Pensemos en Rousseau, ese arquitecto de la libertad y la igualdad que diseñó para Sofía, en el libro V de El Emilio, una educación cuyo único propósito era hacer más agradable la vida de Emilio. Cuando en su época las mujeres protestaban contra la desigualdad, Rousseau lo resolvió con elegancia: esa desigualdad, escribió, «no es obra del prejuicio, sino de la razón». Lo curioso es que un siglo antes, el filósofo cartesiano François Poullain de la Barre había argumentado exactamente lo contrario: que la desigualdad entre los sexos era precisamente el prejuicio por antonomasia, el más obstinado y ancestral, y que si la razón podía desarmarlo, podía con cualquier otro. Rousseau lo conocía. O lo conocía lo suficiente como para contradecirlo sin citarlo. Eligió otra dirección.

Foto de Karl Raymund Catabas en Unsplash
Foto de Karl Raymund Catabas en Unsplash

Kant, cuyo imperativo categórico sigue siendo una brújula ética, consideraba que las mujeres carecían de la capacidad de razonamiento moral autónomo necesaria para ser ciudadanas plenas. La hermenéutica feminista alemana lleva décadas poniendo en evidencia estas fisuras en el edificio kantiano: principios universales construidos sobre una categoría de sujeto que, en la práctica, excluía a la mitad de la especie. Aristóteles pensaba que la mujer era un varón incompleto.

Todos ellos hablan de universalismo sin señalar que ese universalismo tenía un punto ciego del tamaño de la mitad de la humanidad. Como ha señalado Seyla Benhabib, el sistema de género no es un detalle decorativo de la realidad social, sino la red mediante la cual las sociedades se organizan, se dividen y se viven. Ignorarlo es un punto ciego que afecta al edificio entero. Y el edificio empresarial no es una excepción. Hoy existe una herramienta legal obligatoria que respalda exactamente esta visión: los planes de igualdad. Sin embargo, en demasiadas empresas son papel bien archivado, presentado a la inspección y olvidado hasta el año siguiente. No porque la legislación sea deficiente. Sino porque una norma sin convicción filosófica detrás es solo burocracia con buenas intenciones. Si no existe la convicción de base, ni la ley mueve nada. Y eso, precisamente, es lo que demuestra que el problema no es de herramientas. Es de humanismo incompleto.

La perspectiva de género en la empresa es aplicar la duda socrática a la propia estructura. Es, también, lo que un plan de igualdad debería hacer si alguien se lo toma en serio. A quién habla primero en las reuniones y quién recibe el crédito después. A cómo se distribuye el poder informal, a qué se premia, qué se invisibiliza y a quién le resulta más costoso el error. Eso es pensamiento crítico. Eso es filosofía. Y sin eso, el humanismo empresarial es una declaración de intenciones, en el mejor de los casos, bien redactada.

Escribe Marina Lorenzo