La paradoja de eliminar la fricción

Si por cada vez que he leído la palabra ‘fricción’ en mi feed de LinkedIn o Substack me hubieran dado 5€, ahora mismo podría permitirme ignorar este debate desde una hamaca en una playa paradisiaca. Pero como no, he decidido que yo también me sumo a la conversación del tema fetiche de inicio de año.
Sobre lo que hoy voy a hablar está muy relacionado con algunas de las ideas que ya aparecían en el artículo que escribí acerca del ‘doomscrolling’ y esa sensación compartida de que, en algún punto, nos hemos ido un poco tontificando. Consecuencia del exceso de facilidades, no porque realmente haya mermado nuestra inteligencia. Por la optimización extrema para que nada cueste demasiado.
Jordi Pérez Colomé explicó muy bien qué es esto de la fricción en su newsletter de Teconología en ‘El País’:
“La fricción es el proceso hasta lograr algo: los clics o los saltos entre páginas. Silicon Valley quiere reducirlo al mínimo para que usemos más sus herramientas. Pero algo de fricción está bien para que el cerebro no nos quede completamente frito.”
Durante años, las tecnológicas nos han vendido la fricción como un fallo. Algo que había que eliminar. Kathryn Jezer-Morton lo formulaba así en The Cut: nos han hecho creer que la vida en sí misma es un inconveniente, y que la solución pasa por refugiarnos en algoritmos predictivos que anticipen, suavicen o directamente eviten cualquier incomodidad.
La promesa se centro en esforzarse menos, obtener menor margen de error y una experiencia sin fricciones. Pero el efecto colateral no es neutro.
Cuando esquivamos sistemáticamente la fricción, empezamos a confundirla con sufrimiento. Huimos de cualquier dificultad porque la leemos como daño, cuando en realidad muchas veces solo nos exige atención, paciencia o un poco de esfuerzo.
Podríamos situar el año 2010 como el punto de inflexión, con la normalización de Google Maps. Como señala Esther MK, fue el momento en el que dejó de ser importante retener conocimiento y pasó a ser suficiente saber dónde encontrarlo. La fricción de perderse, de preguntar, de equivocarse de camino, desapareció. Aprender empezó a parecerse menos a entender y más a ejecutar instrucciones.
Diez años después, el salto ha sido inmenso. Ya no es solo que no tengamos que aprender o buscar información, sino que hay una IA que resuelve la tarea directamente por nosotras. Ya ni siquiera hace falta entender el proceso. Y, aunque nos seduce la idea de ganar eficiencia, o nos justificamos con que delegar tareas nos dejará espacio para el pensamiento crítico, ¿qué pasa cuando, en nombre de la eficiencia, dejamos de pensar en ‘qué es lo que estamos haciendo’?
La obsesión del diseño digital de la última década estaba en minimizar fricciones. Y no se trata de negar lo obvio, el buen UX sigue siendo fundamental (no, nadie quiere hacer 10 clics para enviar un Bizum). Pero sí conviene preguntarnos hasta dónde han de llegar las facilidades.
¿Queremos productos que lo hagan todo por nosotras?
¿O productos en los que apenas tengamos que intervenir?
Los adultos aprendemos a base de error, de chocarnos con el mismo bache más de una vez. Un producto en el que no decides, no pruebas y no te equivocas, difícilmente se vuelve relevante. Pienso en herramientas como Notion: más allá de su propuesta de valor, su éxito también tiene que ver con que cuanto más mimo le pones, mejor responde. El usuario no solo consume el producto, lo construye. Y eso genera vínculo, curiosidad y permanencia.
No es casual que estemos viendo un cierto retorno a productos analógicos o semi-analógicos. Es una reacción a la algoritmización predictiva de todo. A esa sensación de ir en piloto automático, cuando lo interesante de la vida es precisamente sentir las curvas, cambiar de marcha, decidir el ritmo.
La cuenta Byooooob lo posteaba en Instagram:
“Anhelamos los restos del esfuerzo. Las huellas visibles del esmero. Ambas son esenciales. El esfuerzo por algo que no te importa es solo trabajo tedioso. El esmero sin esfuerzo es pura fantasía.”
No hablamos de volver a hacer las cosas innecesariamente complejas. Hablamos de evitar las distopías escritas en el siglo XX, que cada vez se alejan más de la ciencia ficción y parecen una caricatura de la actualidad. En Mundo feliz, por ejemplo, el problema no era el dolor, sino su eliminación sistemática. Una vida diseñada para no incomodar acababa produciendo individuos dóciles, satisfechos y poco implicados. “Reclamo el derecho a ser infeliz”, decía el salvaje. No como una reivindicación del sufrimiento, sino como una defensa del derecho a una experiencia no completamente amortiguada. Esa idea convive con otra imagen más pop, la del Wall-E person. Mentes delegadas, decisiones externalizadas. No porque alguien nos obligue, sino porque todo está diseñado para que no tengamos que esforzarnos demasiado.
Esta reflexión es cultural y, por tanto, también es estratégica.
Porque, como recuerda Ana Andjelic, “la eficiencia está bien hasta que convierte tu marca en invisible”. Cuando todas las experiencias son igual de rápidas, igual de limpias, igual de optimizadas, lo que desaparece no es la fricción, sino la diferencia.
Quizá la pregunta no sea cómo eliminar la fricción, sino qué tipo de fricción merece la pena preservar. Aquella que no bloquea, pero sí implica. La que no castiga, pero sí exige. La que no infantiliza, sino que trata al usuario como alguien capaz de aprender, decidir y hacerse cargo.
Escribe Paula Juan
Contenido mencionado en este post:
- Newsletter ‘Tecnología’, Jordi Pérez Colomé, El País
- In 2026, We Are Friction-Maxxing, Kathryn Jezer-Morton, The Cut
- #24 Maybe the tutorial was the friends we made along the way, Esther MK, Oblique Forecasting
- Physical media and the fate of ‘micro-trends’ (everyone is going ‘analog’), Whatzaealoves, Taboo on the Bus
- Maybe friction was never the problem. Maybe it was the point. 🌻, Byooooob.
- Un Mundo Feliz, Aldous Huxley, ed. DEBOLSILLO.
- WALL-E Meets Humans on the Axiom! 🌟🤖 | WALL-E | Disney Kids, Disney Kids