La revolución silenciosa y el rediseño de los mercados
Claudia Goldin obtuvo el Nobel de Economía en 2023 por estudiar algo tan obvio que casi da pudor premiarlo: las mujeres trabajan. Y no solo trabajan, sino que entre finales de los años setenta y principios de los noventa, empezaron a pensarse a sí mismas no como chicas con un empleo temporal, sino como profesionales con una carrera. Goldin lo llamó «la revolución silenciosa».

Ese giro cambió la vida de millones de mujeres en EEUU: se retrasaron la edad del matrimonio y el nacimiento del primer hijo, se multiplicó el número de universitarias que no habían acudido a las aulas “para encontrar marido” sino para construir su desarrollo profesional. Fue un cambio cultural, no solo económico. Y, como todos los cambios culturales, generó entusiasmos y provocó resentimientos.
El cambio se inició en España a partir de los años ochenta: más mujeres en la universidad, mayor presencia en empleos cualificados, matrimonios más tardíos, madres primerizas que rondaban los 30.
Hasta ahí, todo parecía en línea con el resto de Occidente. Pero la versión española de la «revolución silenciosa» tropieza aún hoy con la precariedad laboral y la falta de políticas de conciliación. En otras palabras: sí, las mujeres se pensaron como profesionales; pero el sistema no contaba con ellas.
Hablamos de cambios que no solo moldean conductas privadas, también redibujan mercados enteros.
- Si las mujeres retrasan o descartan la maternidad, cambian los ciclos de consumo: desde vivienda hasta moda, pasando por viajes y ocio.
- Si la familia se reduce y se pospone, los negocios que dependen de la “vida familiar tradicional” se tambalean.
- Si el trabajo se convierte en identidad, las marcas que defienden el empoderamiento profesional disponen de un terreno abonado.
La pregunta queda en el aire: ¿qué significa “tener éxito” hoy, cuando ni el modelo del «ama de casa» ni el de la «ejecutiva sin hijos» parecen ya vigentes?
Escribe Marina Lorenzo