Las mujeres hoy son más libres, pero la tecnología y la economía amenazan esa libertad.
La violencia se está desplazando hacia territorios invisibles, digitales, normalizados. Y justo cuando las mujeres han logrado más autonomía que nunca, emergen nuevas dinámicas: tecnológicas, económicas y sociales, que amenazan con revertir ese progreso.

Estar soltera está de moda. Lo anunciaron Bad Bunny, Daddy Yankee y Lunay en 2019 y ahora lo confirma hasta VOGUE. “Estar en pareja ya no afirma tu feminidad”, escribe Chanté Joseph; “si acaso, declararse soltera se ha convertido en un gesto de orgullo”. Los datos del CIS apuntalan este cambio: los menores de 30 han pasado de tener pareja en un 70% a apenas un 50%. No es una sorpresa. Ya en 1980 muchos jóvenes creían que la tendencia de futuro sería la soltería, y hoy la cultura popular ha convertido ese diagnóstico en relato aspiracional.
La cuestión relevante no es si “está de moda” estar soltera, sino por qué tantas mujeres sienten que es su mejor opción. Lo que realmente está de moda es la autonomía. Esa autonomía ha ampliado la capacidad de decisión de las mujeres y ha elevado los estándares relacionales. Ya no necesitan una relación para sostener su vida. No es fruto del azar: es la consecuencia directa, aunque a algunos les incomode admitirlo, de los avances del feminismo. Las mujeres estudian más, acceden más a la educación superior y cuentan con mayor capacidad económica que antes. Por eso esperan más de sus relaciones: porque pueden permitírselo. La soltería no es un rechazo al amor, sino a dinámicas que todavía algunos se empeñan en mantener.
Este fenómeno convive con una transformación de fondo: la brecha entre los modelos relacionales de hombres y mujeres se ensancha. Como he señalado en artículos anteriores, los modelos masculinos evolucionan más despacio. Mientras ellas demandan vínculos más libres, igualitarios y corresponsables, muchos hombres siguen anclados en expectativas heredadas. Esta asincronía genera una fractura silenciosa: para muchas mujeres, no es que falten hombres, faltan hombres que que cumplan los mínimos de igualdad que consideran irrenunciables.
Pero la autonomía no depende solo de expectativas afectivas, sino de condiciones materiales. Ahí emerge uno de los riesgos más infravalorados del presente. En muchas ciudades, vivir sola es un lujo. Con salarios medios incapaces de cubrir alquileres que no paran de subir, la independencia material se convierte en privilegio. Surge entonces una paradoja: si no puedes pagar un alquiler sola, si sostenerte sin pareja es inviable, si la precariedad te obliga a convivencias no deseadas, aunque ya no dependas emocionalmente, puedes verte forzada a depender económicamente. Y cuando la convivencia deja de ser elección para convertirse en necesidad, las dinámicas de poder regresan por la puerta de atrás.
A este escenario se suma la amenaza digital. La violencia ya no necesita presencia física. La tecnología ha democratizado la capacidad de dañar. La irrupción de la IA ha abierto un campo nuevo de vulnerabilidad para las mujeres. Según el estudio “Así somos” de Plan Internacional (2025), las chicas perciben en mayor medida que la IA supone más riesgos para ellas que para ellos (40% vs. 31%). Su temor central es inequívoco: que sus imágenes se utilicen para generar vídeos sexuales falsos. Ocho de cada diez chicas temen que una imagen suya circule sin consentimiento y permanezca en internet para siempre.
Ellos, en cambio, lo consideran menos grave. Solo el 70% de los chicos ve inaceptable crear imágenes sexuales falsas de una chica mediante IA, frente al 81% de ellas. Una brecha de percepción que explica por qué estas violencias prosperan: quienes las sufren temen; quienes las ejercen minimizan.
Lo más revelador es que el 72% de los chicos teme ser acusado falsamente de acoso o violencia. Un miedo desconectado de los datos: entre 2009 y 2023, solo el 0,0084% de las denuncias fueron consideradas falsas según la Fiscalía General del Estado. La narrativa del “temor a la denuncia falsa” no nace de la realidad, sino de una reacción defensiva ante el avance de la igualdad. Mientras ellos temen denuncias que casi no existen, ellas enfrentan violencias que sí.
Todo esto ocurre en un año en el que las cifras podrían invitar a un optimismo ingenuo. A 5 de noviembre de 2025 se registran 36 feminicidios, la cifra más baja desde que hay datos. Aunque previsiblemente aumentará (la media histórica añade unos diez casos más), el dato podría leerse como avance. Pero sería irresponsable hacerlo. El asesinato es la punta del iceberg. Por debajo persisten el acoso sexual digital, las agresiones entre jóvenes, los deepfakes, la difusión no consentida de contenido y las violencias económicas invisibles. El 15% de las chicas declara haber sufrido algún tipo de violencia o acoso sexual, frente al 6% de los chicos. La asimetría es estructural.
Las mujeres jóvenes son más libres que hace veinte años. Esa es la buena noticia. La mala es que esa libertad no se preserva sola. La violencia no desaparece: muta. Y si no entendemos hacia dónde se desplaza -lo digital, lo económico, lo cotidiano- corremos el riesgo de retroceder sin darnos cuenta. La autonomía de las mujeres es el mayor logro social de nuestro tiempo, pero sigue siendo vulnerable. Y lo será mientras la economía, la tecnología y la percepción social avancen por caminos que no siempre acompañan su progreso.
Escrito por: Paula Ruiz
Fuentes consultadas:
https://www.vogue.es/articulos/tener-novio-verguenza
https://plan-international.es/asi-somos-el-estado-de-la-adolescencia-en-espana