Las personas mayores no son el enemigo
Hace poco oí a alguien decir, con toda la convicción del mundo, que los boomers han arruinado el futuro de los jóvenes. Que se han quedado con los pisos, los trabajos fijos y las pensiones, y que ahora tocaba vivir con las consecuencias. Lo decía con esa mezcla de rabia y resignación tan fácil de reconocer porque todos la hemos sentido en algún momento.
El problema es que no es verdad.

Las personas mayores de 55 años en España acumulan el 68% del ahorro de los hogares. Sí, suena a que tienen mucho. Pero hay un detalle que no aparece en los titulares: lo que hacen con ese dinero. Las transferencias económicas dentro de las familias, de pensionistas a hijos, de mayores a jóvenes, rondan los 130.000 millones de euros al año. El Barómetro del CIS lo confirma, el 30% de los españoles dice que las personas mayores de su entorno les han ayudado o les ayudan económicamente.
En muchos hogares españoles, la pensión de alguien mayor permite pagar el alquiler de alguien joven. El mercado de la vivienda y el mercado laboral han fallado de una manera tan espectacular que han convertido las pensiones en red de seguridad familiar.
Esto no suena a guerra generacional, y aquí es donde la cosa se pone interesante.
Millennials», «generación Z», «boomers»… Damos estos nombres por sentados como si fueran categorías científicas, como si algún laboratorio hubiera demostrado que las personas nacidas entre 1981 y 1996 comparten algo esencial más allá del año de nacimiento.
La excepción parcial son los boomers: ese nombre sí tiene un origen demográfico real, el boom de nacimientos que siguió al término de la Segunda Guerra Mundial. Pero incluso ahí, pasar de «hubo muchos nacimientos» a «estas personas comparten valores, actitudes y estilo de vida» media un salto que la sociología no avala. El resto de etiquetas ni siquiera tienen ese punto de partida.
El término «millennials» lo idearon dos consultores estadounidenses, Neil Howe y William Strauss. Lo difundieron en un libro, y montaron una empresa de consultoría para vender a grandes corporaciones comerciales basadas en su teoría. La «generación Z» ni siquiera tiene un origen tan concreto: surgió de departamentos de marketing necesitados de un nombre para el siguiente grupo de consumidores.
Investigadores sociales lo dicen sin rodeos: estas categorías carecen de respaldo, son conceptos más cercanos al marketing que a la sociología.
El sociólogo Pierre Bourdieu lo explicaba así, hace ya más de cuarenta años: solo con un abuso del lenguaje podemos meter bajo el mismo concepto a universos sociales que no tienen casi nada en común.
Una persona de treinta años con piso heredado y otra de treinta años con contrato temporal y alquiler compartido no son la misma generación. Tienen en común el año de nacimiento. Todo lo demás —las oportunidades, las dificultades, el acceso o no a una vida estable— lo determina la familia en la se nace, la herencia, el territorio… En definitiva, la clase social.
Estamos usando etiquetas de publicidad para hablar de desigualdad social. Y eso, aunque impreciso, les resulta bastante útil a quienes prefieren que no hablemos de otras cosas.
Pero… si el problema no son los mayores, ¿cuál es el problema?
Zygmunt Bauman llamó a nuestra época «modernidad líquida». La idea, muy resumida, es esta: vivimos en un tiempo en que los vínculos entre lo que hacemos individualmente y lo que ocurre colectivamente se han disuelto. Ya no hay movimientos sólidos que traduzcan la queja individual en fuerza colectiva. Hay likes, hay firmas online, hay mucha indignación muy bien expresada en redes que acaba en casi nada.
El sociólogo alemán Ulrich Beck lo llamó «sociedad del riesgo». Los problemas que antes eran colectivos (el desempleo, la precariedad, el acceso a la vivienda) han sido convertidos en problemas individuales. Si no tienes piso es que no te has esforzado suficiente, o has elegido mal la carrera o eres demasiado exigente. Cada persona vive el problema en solitario, sin advertir que la persona de al lado tiene exactamente el mismo y por las mismas razones estructurales.
La guerra generacional encaja perfectamente en esa lógica. Nos da un enemigo cercano, en lugar de señalar a las decisiones políticas que produjeron las condiciones en las que vivimos.
Hay una tendencia a imaginar que las personas mayores crecieron en un país fácil y próspero. No fue así.
Los boomers españoles crecieron en una dictadura. Con una mortalidad infantil que en 1960 superaba los 40 niños por cada mil nacidos vivos: hoy es menos de tres. Con tasas de analfabetismo del 13%. Sin sanidad pública universal, sin libertades civiles, sin muchos de los derechos que hoy damos por sentados y que fueron conquistas colectivas.
La España de hoy es objetivamente mejor en casi todo lo que importa para vivir una vida digna. Las generaciones más jóvenes son las más formadas de la historia del país. Que esa formación no se traduzca en acceso a una vivienda o a un trabajo estable no es una decisión política.
La guerra generacional no existe como tal. Lo que existe es una desigualdad real (en vivienda, en empleo, en perspectivas) que tiene causas concretas, responsables concretos, y que se benefician mucho de que sigamos discutiendo si los boomers son culpables o no.
Mientras tanto, los pensionistas sostienen con sus pensiones la economía de muchas familias. Hay solidaridad intergeneracional que funciona en silencio y cubre los agujeros de las políticas públicas.
El enemigo no tiene ochenta años ni cobra pensión. Para dar con él, solo hace falta saber dónde mirar.
Escribe Marina Lorenzo
Fuentes: Fedea con Fundación Mapfre, Barómetro CIS, EAPN-ES (Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado Español), Karl Mannheim «El problema de las generaciones» (REIS, 1993), Pierre Bourdieu «La juventud no es más que una palabra» (1978), Zygmunt Bauman «Modernidad líquida» (2000), Ulrich Beck «La sociedad del riesgo» (1986), Strauss-Howe «Generaciones» (1991).