‘Lo casero’ siempre tuvo valor y Mercadona lo sabe
El Museo Nacional de Artes Decorativas acoge una exposición que me ha hecho pensar más en el supermercado que en la historia del diseño. Las ingenieras domésticas y la revolución de la cocina cuenta la historia de unas mujeres que, a finales del siglo XIX y principios del XX, midieron pasos, cronometraron movimientos y rediseñaron espacios para que cocinar resultara un poco menos agotador. Lo hicieron con el rigor de cualquier ingeniero (alguna de ellas lo era). Con planos, con datos, con hipótesis.
El País, en su reseña de la exposición, la resume con una frase: “perseguían dignificar el trabajo doméstico y equipararlo al de los hombres. Si había un sistema, era porque se trataba de un trabajo importante”.
Una de aquellas mujeres, Catharine Beecher, publicó en 1841 un tratado de economía doméstica que durante décadas adoptaron como manual no pocas escuelas femeninas.
Beecher y las demás “ingenieras domésticas” tenían razón en lo del sistema. Sus sucesoras, Christine Fredericky Lillian Gilbreth, lo perfeccionaron hasta convertirlo en algo casi coreográfico: la cocina eficiente, el triángulo de trabajo, las superficies continuas. Todo pensado para que la persona que pasaba horas en ese espacio —casi siempre una mujer, casi siempre sin alternativa— pudiera hacerlo con menos esfuerzo. El resultado es la cocina que conocemos hoy.
Lo que no consiguieron fue la otra parte. La del “trabajo importante”.
En el momento en que cocinar se convirtió en algo digno de admiración, dejó de ocurrir en los hogares para pasar a los restaurantes: con chefs, con focos y con críticas gastronómicas. El mismo gesto —preparar comida para otros— adquirió un valor distinto dependiendo de si se producía en una cocina doméstica un martes por la noche o en un restaurante con estrella Michelin un sábado a mediodía.
El ascenso de la cocina como cultura ha ido de la mano de su salida del ámbito doméstico. El trabajo no se dignificó: se desplazó.
Y ahora aquí estamos. En un momento en que nadie cocina o cada vez menos gente, con menor frecuencia, con menos convicción. Ese trabajo nunca tuvo valor reconocido, nunca se transmitió como algo que importara. Las cosas que no tienen valor no se heredan. Desaparecen.
El mercado lo ha visto antes que nadie. El consumo de comida preparada en España ha crecido casi un 50% en los últimos años. El sector del «listo para comer» en supermercados ha aumentado más de un 55% desde 2022. Juan Roig, presidente de Mercadona, ha vaticinado que en 2050 las cocinas habrán desaparecido de las viviendas. Los hosteleros, que ven como sus clientes migran a los “mercaurantes”, han empezado a denunciar a los supermercados por competencia desleal.

Todo el mundo tiene algo que ganar en este debate. Menos las personas que siempre cocinaron en casa.
Beecher elaboró un sistema en torno al trabajo en la cocina porque creía que ese trabajo era importante. Tenía razón. Pero la historia que cuenta la exposición del MNAD no es solo la de cómo se modernizó la cocina. Es también la de cómo, un siglo después de que alguien se tomara la molestia de demostrarlo, el trabajo que ocurre en ella sigue sin aparecer en ninguna nómina, en ningún PIB, en ningún reconocimiento formal.
Lo que el mercado está haciendo ahora no es liberar a nadie. Es cobrar, por fin, por algo que durante generaciones se hizo gratis.
Escribe Marina Lorenzo
La exposición Las ingenieras domésticas y la revolución de la cocina puede visitarse de forma gratuita en el Museo Nacional de Artes Decorativas (c/ Montalbán, 12, Madrid) hasta el 27 de septiembre de 2026.