Ni en nuestros propios accidentes somos el cuerpo de referencia
Hay algo profundamente ofensivo —y extrañamente cotidiano— en descubrir que ni siquiera en nuestros propios accidentes somos la referencia.
Te atropellan. Te lesionas. Presentas informes médicos. Y entonces aparece una aseguradora con gráficos, simulaciones y un muñeco virtual que, sorpresa, no se parece en nada a ti. Porque el “humano promedio” mide 1,75, pesa 78 kilos y tiene centro de gravedad masculino. Y tú no.
La reciente sentencia del Juzgado de Primera Instancia número 29 de Barcelona, dictada por la jueza Isabel Giménez, no solo resuelve un pleito contra Línea Directa Aseguradora. Señala que el estándar científico que decide si tus vértebras “deberían” haberse lesionado no fue diseñado pensando en tu cuerpo. Y una piensa: qué sorpresa. Otra vez.

El muñeco que nunca fuimos. Durante décadas, los ensayos de choque han utilizado como referencia el dummy masculino del percentil 50, el célebre Hybrid III. El cuerpo estándar. El cuerpo neutral. El cuerpo sin apellido. Las versiones “femeninas”, cuando existen, suelen ser una reducción geométrica del modelo masculino. Más pequeño. Más ligero. Como si la diferencia entre hombres y mujeres fuera una cuestión de escala y no de biomecánica, distribución de masa, rigidez cervical o respuesta articular.
La sentencia lo dice con precisión quirúrgica, asumir que la anatomía masculina representa al “humano medio” constituye un sesgo androcéntrico. Traducido, nosotras no somos una versión mini.
El cuerpo real que sí se daña. La literatura científica lleva años señalando algo que no debería ser necesario indicar: que las mujeres presentan mayor flexibilidad cervical, distinta cinemática bajo carga y un riesgo superior de sufrir determinadas lesiones en accidentes comparables. Algunos estudios cifran en un 73% más la probabilidad de lesiones moderadas o graves en impactos frontales equivalentes.
La jueza invalida la prueba biomecánica por insuficiente y presta credibilidad a los informes médicos aportados por la víctima. Reconoce el nexo causal entre el accidente y las lesiones. Y fija una indemnización de 20.595,95€. Es una cifra concreta. Pero el gesto es estructural. Porque lo verdaderamente relevante no es la cantidad, sino el razonamiento: cuando la lesionada es una mujer, la valoración jurídica no puede basarse en estándares diseñados sobre el varón medio. Hacerlo introduce un sesgo contrario al principio de igualdad.
Lo irritante no es la sorpresa, es la repetición. Lo indignante no es descubrir que los crash test fueron diseñados sobre cuerpos masculinos. Eso ya lo sabíamos. Lo indignante es que, en 2026, una aseguradora siga defendiendo en sede judicial una peritación que no contempla la anatomía de la mujer como variable relevante. Y que haya que litigar por lo evidente.
Hay algo agotador en este proceso: el accidente, la lesión, la negación, la simulación matemática impecable, la sospecha implícita de exageración. Y, por último, la necesidad de que una jueza recuerde que el mandato constitucional de igualdad también se aplica a la biomecánica. La sentencia incluso incluye un apartado en lenguaje claro dirigido a la víctima. Le explica que la indemnización no borrará el dolor ni la frustración de haber tenido que pelear por ser creída. Y ahí está el núcleo emocional del asunto: no es solo el latigazo cervical.
Es que los estándares técnicos no son neutrales. Y cuando se adopta como referencia un único tipo de cuerpo, lo demás queda reducido a desviación estadística. No queremos ser una variable de ajuste ni una versión reducida.
Queremos que, cuando suframos un accidente el modelo que evalúe nuestras lesiones se parezca a nosotras.
No es una exigencia identitaria. Es una cuestión metodológica. Y, con franqueza, económica. Porque como señalaba con ironía una de mis newsletters favoritas “Invisible Women”, quizá la igualdad no conmueva a las empresas, pero las indemnizaciones sí.
No demandamos heroicidad. Solo rigor. Y, ya puestos, que en nuestros propios accidentes, el cuerpo de referencia sea el nuestro.
Escribe Marina Lorenzo