Queremos IA en el colegio. Faltaría más.
El otro día, en la reunión de familias del colegio de mi hijo, repasábamos la oferta de actividades extraescolares para el curso que viene. Teatro, robótica, inglés, el inevitable fútbol. Y entonces alguien lo dijo. Con la misma naturalidad con la que se propone una excursión a Toledo: «¿Y por qué no añadimos inteligencia artificial?» Silencio. Luego, murmullos de aprobación.
Me quedé mirando las sillas apiladas al fondo del aula. Las mismas sillas donde hace años nos convocaron para explicarnos, con un entusiasmo que rozaba lo evangélico, que el futuro había llegado al aula y las tablets iban a transformar la educación. Que nuestros hijos aprenderían más cosas, mejor y más rápido. Hoy aquellas tablets están en un armario con llave. Nadie habla de ellas. Es el armario de las buenas intenciones tecnológicas.

Pilar Manchón, directora de Estrategia de IA en Google, podría haber sido quien lo propusiera. En una entrevista reciente en El País afirmó que animaría a cualquier partido político a impulsar la formación en IA desde los colegios, porque «esta será una sociedad gestionada por la IA». El argumento es impecable en su lógica circular: viene el futuro, hay que prepararse, hay que empezar ya. Con los niños y las niñas.
Jared Cooney Horvath es neurocientífico. Lleva años estudiando exactamente qué le ocurre al cerebro de los jóvenes cuando la tecnología se convierte en su principal medio de aprendizaje. Sus conclusiones no son optimistas. Según sus investigaciones, los menores de 29 años serán la primera generación en manifestar peor rendimiento cognitivo que sus padres. Hablamos de: atención, memoria, comprensión lectora, razonamiento. Las herramientas que prometen eficiencia en el acceso a la información están erosionando, según Horvath, las capacidades que permiten aprender cualquier cosa, incluida la IA.
Hay una pregunta que nadie planteó en la reunión del colegio y que tampoco aparece en la entrevista de El País. Si una herramienta hace el trabajo cognitivo por ti antes de que hayas desarrollado ese trabajo cognitivo, ¿qué estás aprendiendo exactamente? Una niña de nueve años que aprende a pedirle respuestas a una IA está aprendiendo a preguntar bien, que es una habilidad útil, pero no a pensar. La diferencia importa. El cerebro a esa edad está construyendo conexiones que luego no se recuperan.
Pero hay algo más: hay que hablar de quién imparte las lecciones. Manchón trabaja para Google. Google tiene un interés directo, medible y legítimo en que la siguiente generación crezca usando productos de Google. Esto no hace de Manchón una persona mala o deshonesta, pero sí convierte su recomendación en algo que merece una mirada atenta.
Cuando alguien que procede del sector tecnológico pide que se enseñe tecnología en los colegios, conviene preguntarse qué versión de esa tecnología imagina, quién la desarrolla, quién la vende y quién se beneficia de la iniciativa. No es la primera vez que las empresas tecnológicas tienen una opinión muy formada sobre lo que deberían aprender nuestras hijas e hijos. En los noventa, informática, software, programación; más tarde llegaron las tablets. Cada ola, respaldada por un mismo argumento: el futuro está aquí, quien no suba al tren quedará atrás. Y en cada ola, los colegios invirtieron tiempo, dinero y energía en adaptarse a una tecnología que a veces caducó antes de que los niños y las niñas terminaran la Primaria.
La pregunta es si un colegio de Primaria es el lugar donde esa formación debe impartirse y si debe ocurrir ahora, cuando el cerebro todavía está aprendiendo a sostener una idea durante más de cuarenta segundos. Leer con atención, escribir a mano, resolver un problema sin trampear con la respuesta, equivocarse y volver a intentarlo: esas son las capacidades que la investigación identifica como deterioradas por el exceso de mediación tecnológica.
Añadir más tecnología para solucionar el problema parece, con el debido respeto, una propuesta de la persona que vende el paraguas y también la lluvia. Entiendo el impulso. El mundo cambia deprisa y tememos que nuestros hijos e hijas lleguen tarde. Pero hay una diferencia entre preparar a un niño y a una niña para el mundo y entregarle el mundo antes de que haya adquirido las capacidades para entenderlo.
Un niño o niña que sabe leer bien, argumentar, concentrarse y tolerar el aburrimiento el tiempo suficiente para resolver algo difícil está infinitamente mejor preparado para cualquier tecnología que llegue, incluida la que todavía no hemos inventado. La IA en los colegios llegará. Tengo pocas dudas. Espero solamente que cuando llegue lo haga porque así lo hayan decidido los pedagogos y no los accionistas de las empresas tecnológicas. Y que las tablets sigan en el armario el tiempo suficiente para recordarnos que la última vez también estábamos muy seguros.
Escribe Marina Lorenzo