Si las clases sociales ya no importan, ¿por qué seguimos investigándolas?
Cada vez hay más discursos que sostienen que hemos conseguido llegar a una sociedad donde el origen importa cada vez menos. Una sociedad donde cualquiera puede llegar tan lejos como se proponga. Donde el esfuerzo, el talento y la actitud explican, en última instancia, el resultado. Es una idea atractiva porque simplifica el mundo. Lo hace comprensible y, sobre todo, moralmente ordenado: cada persona ocupa el lugar que merece.
Sin embargo, cuando miramos la realidad desde la investigación, el patrón es distinto. Hay una razón por la que seguimos utilizando la clase social como variable analítica. Y no es por tradición metodológica ni por inercia académica. Lo hacemos porque sigue siendo una de las categorías con mayor capacidad explicativa para entender cómo viven las personas. Explica diferencias en consumo, ahorro, salud, educación, estabilidad vital y expectativas de futuro y, de forma menos visible pero estructural, en la manera en que las personas imaginan su propia vida.
Si las oportunidades estuvieran realmente distribuidas de forma homogénea, la clase social habría perdido gran parte de su valor explicativo hace tiempo. Pero no es lo que observamos en nuestras investigaciones.
El País publicaba recientemente un artículo en el que se hacía eco de los últimos datos sobre movilidad económica en España. En él se afirmaba que, según un análisis del Instituto de Estudios Fiscales basado en registros de la Agencia Tributaria y el INE entre 2017 y 2023, más del 60% de los hogares situados en el 10% con menores ingresos permanecen en ese mismo grupo al año siguiente, mientras que cerca del 80% de los hogares más ricos conservan su posición. La movilidad existe, pero se concentra en los tramos intermedios y rara vez implica cambios profundos de estrato. Estos datos introducen una tensión clara con la idea de la meritocracia como explicación del éxito o del fracaso.

En el discurso público tendemos a interpretar las trayectorias vitales desde una lógica individual. Si alguien progresa, lo atribuimos a su esfuerzo o talento. Si alguien no lo hace, buscamos explicaciones en sus decisiones personales. Es una narrativa funcional: reduce la complejidad y aporta coherencia moral al sistema. Pero deja fuera una variable crítica: las condiciones de partida. En investigación, rara vez observamos que las trayectorias se expliquen únicamente por diferencias de esfuerzo. Lo que aparece de forma consistente son estructuras contextuales que condicionan las decisiones antes incluso de que estas puedan formularse.
No se trata solo de recursos económicos. Se trata de qué decisiones son siquiera concebibles, de qué riesgos son asumibles sin comprometer la estabilidad vital, de qué información circula en el entorno y de qué oportunidades son visibles desde el inicio. Porque la desigualdad no opera solo en el acceso a recursos, también opera en el acceso a la imaginación. Las oportunidades no son únicamente las que tienes disponibles, sino las que eres capaz de imaginar como posibles.
En muchas investigaciones vemos como personas con capacidades similares desarrollan trayectorias muy distintas no tanto por diferencias de talento, sino por diferencias en los marcos de referencia construidos a lo largo de su vida. A menudo nos preguntamos por qué los hijos de abogados acaban siendo abogados, o por qué los hijos de médicos terminan siendo médicos, y así con un sinfín de profesiones. ¿Es acaso genético? ¿Es porque sus padres les obligan desde pequeños? La explicación es más simple que eso: quien ha visto a alguien de su entorno acceder a la universidad, quien ha conocido a alguien que emprende, quien ha crecido en entornos donde determinadas profesiones son percibidas como alcanzables, nace sabiendo que es una posibilidad real para él o ella y, por lo tanto, es más probable que acabe orientándose hacia ello.
Si nunca has visto a alguien como tú ocupar un determinado espacio social o profesional, ese espacio no desaparece, pero deja de formar parte de lo pensable. Y lo que no es pensable difícilmente se convierte en aspiración.
Dos personas pueden recorrer la misma distancia con la misma intensidad, pero haber partido de posiciones radicalmente distintas. Porque una sociedad no es más justa cuando todos llegan al mismo lugar; es más justa cuando el lugar desde el que partes no determina por completo lo que eres capaz de imaginar. Y quizá la prueba más clara de que todavía estamos lejos de este equilibrio es precisamente que la clase social sigue siendo una de las variables más potentes no solo para explicar lo que las personas hacen, sino lo que se permiten desear.
Escribe: Paula Ruiz Romo