«Feminista» no es un adjetivo: del brief al olvido

Hay palabras que mueren de éxito. «Sostenible» fue una de ellas. «Auténtico» también. Y ahora le toca el turno a «feminista». Lo sé porque la vi en todas partes. Hubo marcas de lencería feministas, bodas feministas, campañas publicitarias feministas y, como señala Ana de Miguel en su trabajo sobre neoliberalismo sexual, hasta la revista Vogue España se preguntó en su momento: «¿Qué tipo de feminista eres, Gwyneth o Miley?». La pregunta tiene el mérito de ser ridícula en varios niveles a la vez. Hoy ya casi nadie la haría. No porque la respuesta sea obvia, sino porque la palabra ha dejado de vender.

Foto de Lindsey LaMont en Unsplash
Foto de Lindsey LaMont en Unsplash

En el sector del diseño esto se nota de una manera particular. El diseño siempre ha tenido una relación estrecha con el poder; hace visible lo que alguien quiere que sea visto, y oculta lo que no. Cuando una marca nos pide que hagamos algo «con perspectiva de género» o «con sensibilidad feminista», la primera pregunta que tengo que hacerme es ¿a quién beneficia? Porque hay dos usos del feminismo como adjetivo que conviven, aparentemente contradictorios pero que en realidad sirven al mismo propósito.

El primero es el uso decorativo. «Feminista» como atributo de marca para hacer más atractivo un producto o un contexto. La lógica es sencilla, el feminismo lleva décadas instalándose en el sentido común, especialmente entre mujeres jóvenes. Si asocias tu producto al concepto, vendes más. El problema es que este uso vacía de contenido el concepto. Y cuando el concepto ya no vende, se abandona. Que «feminista» haya desaparecido casi por completo del discurso de las marcas en los últimos años es el ciclo natural de la apropiación. Se toma la energía, que no el significado, se usa, y se descarta cuando ya no es útil.

El segundo uso es el contrario, «feminista» como concepto arrojadizo. En ciertos círculos decir que algo «suena demasiado feminista» es una manera de frenarlo. De hacerlo parecer excluyente. Lo curioso, y esto es lo que a mí me parece más interesante, es que ambos usos tienen el mismo efecto: diluir su significado.

Cuando el diseño, o cualquier disciplina creativa, usa «feminista» como etiqueta, pretende capitalizar el movimiento feminista para fines propios, sin asumir ninguno de sus compromisos.

La pregunta, si trabajas en diseño y te importa esto, es qué estás dispuesta/o a examinar. Desde ahí se puede empezar a trabajar. Y desde ahí estamos construyendo Material, un laboratorio de diseño desde la teoría crítica feminista. Pero eso es para la próxima entrada.

Escribe Marina Lorenzo

El 0,01% y otras formas de no creer a las mujeres

Hay algo curioso con los números: cuanto más redondos, más tranquilos nos dejan. Un 0,01% cabe en una servilleta. No grita, tampoco incomoda. Frente al dolor (desordenado, contradictorio, difícil de medir) el porcentaje parece ‘civilizado’.

El libro Esto no existe, de Juan Soto Ivars, ha vuelto a poner sobre la mesa la cuestión de las denuncias falsas de género y el ya célebre 0,01. El número funciona como un talismán: para unos, demuestra que el problema es irrelevante; para otros, que el sistema oculta una realidad mucho mayor. El debate no gira tanto en torno a qué sabemos, sino en torno a qué queremos creer.

Los datos, cuando se presentan sin contexto, resultan extraordinariamente maleables. Un porcentaje sin explicación metodológica suena sólido, pero carece de significado. Sin embargo, cuanto menos sabemos de su trazabilidad, más autoridad le concedemos.

Ali Rezaei en Unsplash

En materia de violencia contra las mujeres la ignorancia del contexto presenta un matiz inquietante. Basta insinuar que “podría haber muchas más denuncias falsas” para que el foco se desplace de la violencia estructural a la duda sobre la palabra de las mujeres. No hace falta probar nada con rotundidad; basta con erosionar la confianza.

Lo paradójico es que vivimos rodeados de evidencias cotidianas de violencia machista —cifras de asesinatos, sentencias, testimonios reiterados— y, aun así, parece que lo que más seduce es el dato que introduce la excepción. El porcentaje que promete que quizá no es para tanto. Que quizá las mujeres exageran.

Desde una perspectiva de género, el sesgo no es inocente. Históricamente, la violencia hacia las mujeres ha necesitado pruebas, peritajes y explicaciones adicionales. Nada es suficiente. Y los números manipulados se convierten al coartada perfecta.

No se trata de prohibir debates ni de blindar leyes frente a la crítica. Se trata de exigir rigor. Si se menciona un dato, es preciso explicar cómo se obtuvo, qué limita, qué no permite concluir.

Porque el dato más fácil de manipular es, irónicamente, el que más credibilidad obtiene. Y cuando ese dato se utiliza para poner en duda la violencia que sufren las mujeres, no estamos ante una discusión técnica. Estamos ante una decisión política: elegir qué dolor merece certeza y cuál puede quedar en entredicho.

Y en eso, los números no son neutrales. Dependen de quién los usa y contra quién.

Escribe Marina Lorenzo

Cómo ser una mujer y no morir en el intento

Imagen: Portada del libro «Como ser una mujer y no morir en el intento» (Rico-Godoy, 1990) ed. El Papagayo

El otro día, en una librería de segunda mano, me encontré un ejemplar de Cómo ser mujer y no morir en el intento (1990), de Carmen Rico-Godoy. El título y que el libro fuera de antes de que yo naciera me llamó la atención. En la contraportada podía leerse:

“A las mujeres de hoy nos han estafado”.
“¿Te sientes culpable si no manejas con la misma habilidad el ordenador personal y el carrito de la compra? ¿Crees que una pequeña ausencia de tu casa supondría una colisión de irremediables consecuencias?”.

Pero lo que más me impactó fue que al final de la contraportada, la propia Carmen decía: “una lectura obligada para toda mujer (…) que no pueda, a pesar de las dificultades, dejar de ser absolutamente mujer”. Lo que me llevó a preguntarme: ¿qué significaba ser MUJER en los 90?

Descubrí que, en su momento, este libro fue un éxito al conseguir retratar, con ironía y anécdotas cotidianas, las tensiones diarias de las mujeres de los 90: la doble jornada, la presión estética, la conciliación imposible, el cansancio de tener que llegar a todo, la obligación de ser perfecta. De hecho el libro termina con la frase “Quiero ser un tío, quiero ser un hombre”.

Comencé la lectura esperando no sentirme identificada; pensaba que me escandalizaría con relatos de otra época y que me serviría para darme cuenta de cuánto ha cambiado “ser mujer” desde entonces. Pero me llevé un chasco: me reconocí a mi y a muchas mujeres de mi alrededor en más de una escena.

Rico-Godoy describe, por ejemplo, cómo después de trabajar llegaba a casa y se enfrentaba a otra tanda de tareas (limpiar, hacer la compra, organizar comidas…) mientras los demás daban por hecho que era “su” responsabilidad. Hoy lo ponemos nombre y lo llamamos carga mental, pero aún está presente y sigue recayendo sobre nosotras.

También habla de la culpabilidad constante: por no llegar a todo, por no ser perfecta, por elegir mal, por fallar en algo. Una culpa que en 2025 ha mutado, pero no ha menguado. Ahora, además de cumplir, debemos gestionar nuestra salud mental, tener hábitos saludables, practicar autocuidado, ser eficientes y “no perdernos a nosotras mismas” en el proceso. La exigencia se ha multiplicado.

La autora explica lo difícil que era ser mujer en el mundo laboral: reuniones con hombres donde, directamente, no la escuchan. Lanza una idea y nadie reacciona; un hombre la repite minutos después y de pronto es brillante. Esta dinámica, en 2025, sigue siendo un clásico corporativo: interrupciones, mansplaining, y el encasillamiento de las mujeres en roles secundarios.

Cuando se aborda la conciliación en el libro, se hace con amargura: era un mito, y casi siempre recaía en ellas. Cualquier ambición profesional tenía un coste. De nuevo, un déjà vu contemporáneo: se habla de conciliación pero las estructuras siguen premiando la disponibilidad absoluta.

Es evidente que hemos avanzado; negarlo sería absurdo. Pero la exigencia de “serlo todo”: profesional exitosa, productiva, equilibrada, atractiva, madre, pareja (si procede)…, esa exigencia que Rico-Godoy denunciaba hace más de tres décadas, no ha desaparecido. Se ha transformado, diversificado y, en algunos casos, intensificado.

Leer a Rico-Godoy en 2025 es constatar que las estructuras sociales cambian despacio y que aún queda mucho por hacer para que las próximas generaciones de mujeres no se vean reflejadas en estas páginas. También nos recuerda que los datos y experiencias del presente necesitan perspectiva histórica: solo así podemos detectar los patrones que siguen condicionando nuestras vidas y anticipar los que vendrán.

Escribe: Paula Ruiz

Antropología de un anillo: qué relata el compromiso de Taylor Swift

La crítica ha recibido el nuevo disco de Taylor Swift como “decepcionante, comercial o conservador”. La cantante encarna un fenómeno cultural recurrente: la exigencia de que toda obra de una mujer justifique su relevancia, y la facilidad con que se declara agotada su capacidad creativa cuando se aleja de la narrativa de “la mujer en crisis”.

Taylor Swift en una imagen de su cuenta de Instagram

El artículo de Gaby Hinsliff en The Guardian sobre el compromiso de Taylor Swift con Travis Kelce, parte de una premisa generalizada: una mujer, al casarse, pierde interés narrativo, atractivo comercial y potencial creativo. Ese criterio mediático no es anecdótico: funciona como síntoma cultural.

El discurso alrededor de Swift revela la persistencia de guiones de género heredados del patriarcado: la mujer joven y “disponible” es fértil no sólo biológicamente, sino también culturalmente; la mujer casada, en cambio, se percibe como agotada en su capacidad de producir historias que importen. Es la vieja estructura del cuento de hadas, trasladada a la economía del entretenimiento: la princesa se casa y, con ello, el relato termina.

Pero Swift encarna un fenómeno inverso: una mujer que se convierte en capital cultural continuo. Cada transición vital, del desamor adolescente a la madurez profesional, es traducida en narrativa pop y consumida masivamente. Su figura funciona como laboratorio antropológico de las tensiones contemporáneas: el deseo de amor y seguridad frente a la exigencia de independencia; la presión del “reloj biológico” frente a la promesa de éxito individual; la nostalgia por los guiones tradicionales frente al deseo de emancipación.

El artículo conecta además con datos demográficos: la caída de las tasas de fertilidad, y el auge de figuras digitales como las “tradwives” (esposas tradicionales) en Instagram. Estos fenómenos muestran cómo la vida doméstica, la maternidad y el matrimonio se reconfiguran en el imaginario colectivo, no como elecciones neutrales sino como campos de disputa ideológica y de mercado. Swift, en este contexto, no es solo una persona,sino que actúa como catalizador de los debates sobre qué significa ser mujer, feminista y figura pública en la tercera década del siglo XXI.

Desde un punto de vista antropológico lo que observamos es la tensión entre mito cultural y modernidad. El mito dicta que la mujer casada deja de ser protagonista; la modernidad, encarnada en Swift, demuestra que esa transición puede ser reescrita como narrativa expansiva y rentable. Swift no rompe el mito: lo subvierte desde dentro y lo muestra como el artificio que es.

Escribe Marina Lorenzo


¿Qué mencionamos en este artículo?

Gaby Hinsliff, «Taylor Swift: engaged, mummy-tracked and doomed to tradwifedom? You really haven’t been listening», The Guardian, 28 agosto 2025.