De la obsolescencia al fenómeno cultural: por qué las cámaras analógicas hoy son tendencia.

En un mercado donde la calidad se ha democratizado, la fotografía analógica aporta nuevos códigos para expresar diferencia. Un valor que el smartphone no puede replicar.

¿Te acuerdas de las famosas cámaras réflex? Durante un tiempo fueron objeto de deseo. Buscábamos el enfoque perfecto, el fondo difuminado, la máxima nitidez. Tener una buena cámara era un marcador de estatus para millennials. Te permitía diferenciarte; tú eras quien hacía “las buenas fotos”. Pero esa ventaja simbólica se desvaneció. Los móviles hicieron de la cámara su principal reclamo: cada nuevo modelo prometía más megapíxeles, más estabilización, más perfección. Las cámaras digitales quedaron relegadas y las analógicas… prácticamente enterradas. La mayoría de jóvenes apenas las había usado nunca.

Parecía el típico ciclo de desaparición tecnológica que ya hemos visto mil veces: los videoclubs, los MP3, tantas categorías que no sobrevivieron a la digitalización.

Pero la historia no terminó ahí. De hecho, dio un giro que nadie vio venir.

Si has pasado últimamente por una tienda de revelado fotográfico, quizá te haya sorprendido lo mismo que a nosotras: hay cola. Y no es una cola de nostálgicos mayores de 50 rescatando carretes olvidados en un cajón. Son jóvenes. Muchos. Carretes en mano. Revelando en digital y en papel. Y no como un gesto aislado, sino como un hábito que se consolida.

La explicación es más profunda que una moda pasajera. Hemos llegado a un punto de saturación estética en el que la perfección abunda y, por tanto, pierde valor. Una foto técnicamente impecable ya no dice nada sobre quién la hizo. No cuenta una historia, no expresa identidad, no aporta singularidad. La Gen Z lleva años inmersa en una estética hiperproducida: filtros, HDR, algoritmos que pulen cada detalle, contenidos pensados para ser impecables.

En un mercado donde la calidad se ha democratizado, la cultura necesita nuevos códigos para expresar diferencia. Y ahí la fotografía analógica aporta lo que el smartphone no puede replicar:

1. Autenticidad

Desde 2020 vemos un patrón transversal: cuanto más “perfectos” se vuelven los productos, más crece el deseo por lo imperfecto. Moda (denim desgastado), música (el vinilo), diseño (estética “cruda”), gastronomía (lo artesanal).

La fotografía analógica encaja en esa lógica: grano, luz caprichosa, colores impredecibles. Una estética que susurra: “esto no lo ha tocado un algoritmo”.

2. Diferenciación

La Gen Z produce y consume miles de imágenes al día. Instantáneas intercambiables, hipereditadas, con códigos visuales repetidos. Frente a eso, el carrete ofrece singularidad.

Una fotografía analógica tiene textura, carácter y una narrativa imposible de copiar con un móvil. Y en un entorno en el que la identidad digital es central, diferenciarse importa.

3. Priorización

El carrete impone límites. Obliga a elegir. Y esa elección convierte cada foto en un acontecimiento. Pasamos de hacer 200 fotos “porque no cuesta nada” a pensar dos veces antes de disparar. Ese freno introduce intención y simbolismo: capturas algo porque realmente merece ocupar un fotograma.

4. El valor del proceso

Para una generación que vive en la inmediatez, esperar un revelado es casi contracultural.

Cargar un carrete, disparar una sola vez, esperar días, recibir las fotos… y descubrir qué salió devuelve algo que habíamos perdido: ilusión.

Ese intervalo entre hacer la foto y verla genera expectativa, emoción, memoria afectiva. Justo lo que la instantaneidad digital ha ido erosionando.

5. Personalización

Fotografiar con carrete también opera como símbolo cultural. Requiere gusto, cierta pericia técnica (luz, enfoque, exposición), sensibilidad estética y afinidad con un imaginario concreto. Una cámara analógica convierte cada foto en una declaración: “No hago fotos como todos los demás”.

Aunque la tecnología parecía condenar a las cámaras analógicas a la desaparición (los smartphones prometían reemplazarlas y superarlas) ocurrió lo contrario. Una generación que apenas había tenido contacto con ellas, salvo quizá en su infancia, las ha rescatado y las ha convertido en un activo simbólico: una afición con valor, un lenguaje visual propio y un ritual con significado.

Lejos de desaparecer, han vuelto con fuerza. Y todo apunta a que, esta vez, vienen para quedarse. Así que, si todavía no sabes qué regalar estas Navidades, quizá valga la pena pasarte por una tienda de fotos.

Escribe: Paula Ruiz

Confesiones en el bolsillo: cuando la IA sustituye (o reconfigura) la comunidad

En medio de la noche, alguien abre una aplicación en su teléfono y se confiesa: habla de sus miedos, de la ansiedad que no logra controlar o del secreto que nunca se atrevió a contar en voz alta. No le habla a un cura, ni a un amigo, ni a un psicólogo. Le habla a una inteligencia artificial.

No es una anécdota aislada. El New York Times publicó hace unos días un artículo sobre el boom de las apps religiosas en EE.UU. El auge de las apps religiosas y de compañía (con casos como Bible Chat, que ha alcanzado decenas de millones de descargas) muestra que millones de personas recurren ya a chatbots para pedir consuelo, consejo o absolución. Personas que no encuentran en la iglesia un espacio para sus dudas recurren a chatbots entrenados con textos religiosos; hay quien paga 70€ al mes por acceso ilimitado. En Twitch existe un canal llamado Ask Jesus donde cualquiera puede preguntar a una versión digital del hijo de Dios. Y si prefieres chatear, ya tienes la IA ChatwithGod.

Foto de Amaury Gutierrez en Unsplash

Las instituciones religiosas están perdiendo adeptos –en España por ejemplo, en 2025 se define como católica el 52,8% de la población (Un 5,6% menos que 2024)-. Aún así, parece que sigue existiendo un deseo de espiritualidad, pero que las nuevas generaciones no están encontrando en la religión, sino en herramientas como el tarot. En ese deseo, empresas y emprendedores han visto una oportunidad: ofrecer un canal de conversación religiosa más íntimo y alejado de las instituciones tradicionales, en ocasiones denostadas por los jóvenes.

Este fenómeno no debería sorprendernos. El mercado de la espiritualidad digital lleva años creciendo. Ahí están Headspace, Calm y el sinfín de aplicaciones de meditación que han convertido la búsqueda interior en un negocio millonario. Ahora, lo religioso se suma a la tendencia. La fe como servicio bajo suscripción, gestionada desde el móvil.

Pero el éxito no está solo en como ofrecen respuesta a esta necesidad, sino en el formato de conversación que proporcionan este tipo de IAs. Resuelven una necesidad emocional: disponibilidad y ausencia de juicio. Resuelven un problema práctico: no molestar a tu cura, pastor o rabino a las tres de la mañana, la máquina nunca duerme.

Lo que parece una solución práctica plantea preguntas más profundas: ¿qué significa la religión sin comunidad?, ¿se trata de un renacer de la fe o de una fe privatizada y desprovista de vínculos colectivos?

El debate no es exclusivo del terreno religioso. Un artículo reciente de El País mostraba cómo una de cada cuatro chicas de entre 17 y 21 años en España usa la IA como confidente. Lo que encuentran en el chatbot es disponibilidad y ausencia de juicio: no se enfada, no reprocha, no rechaza. Como apunta la terapeuta Silvia García, estas relaciones con la máquina son “más fáciles, porque no hay riesgo de rechazo”.

En un ensayo publicado también en El País, se advertía de otro riesgo: la IA como “esclavo parlanchín, siempre disponible”. Una suerte de genio de la lámpara que nos devuelve lo que queremos escuchar. Es la ilusión del oráculo: místico, opaco, adivinatorio y sobre todo, complaciente. El CTO de Pray.com citado por el New York Times coincide en que los chatbots religiosos son, en gran medida, “yes men”. Nos devuelven afirmación constante, una palmadita virtual en la espalda.

El sesgo de confirmación se amplifica. Cuando nos confesamos a la máquina, en realidad no estamos dialogando, estamos entrenando un espejo que nos devuelve, con palabras amables, aquello que ya queríamos escuchar. El New York Times nos recordaba, en este sentido, cómo esta constante validación erosiona nuestro pensamiento crítico al no hacernos cuestionar nuestras ideas.

Las consecuencias no son abstractas. En el New Yorker, una periodista narraba su experiencia “saliendo con novios de IA”, parejas virtuales, diseñadas para ser siempre cariñosas, siempre disponibles, siempre perfectas. El precio de esa perfección es la falta de fricción, de conflicto, de crecimiento. Si el otro nunca me contradice, ¿puede esa relación realmente aportar algo?

De la religión a la amistad, del amor al trabajo, parece que la IA nos ofrece vínculos sin riesgo. La pregunta no es si estas herramientas “funcionan”, sino qué tipo de comunidad estamos construyendo cuando el consuelo ya no pasa por el encuentro humano, sino por un chat en la pantalla.

En el artículo del NYT, una joven entrevistada reconocía que en la iglesia se sentía más juzgada que hablando con una máquina. Y aquí está quizá el dilema central: ¿queremos eliminar el juicio, la mirada del otro, la incomodidad que a veces implica el trato humano? ¿O, por el contrario, necesitamos precisamente esa mirada ajena -a veces incómoda- para crecer, para cambiar, para conectar de verdad?

Quizá la clave no sea demonizar a la IA, ni celebrarla como nuevo oráculo, sino preguntarnos qué nos dice sobre nuestras propias carencias. Si millones de personas se confiesan a un chatbot, lo que escuchamos no es tanto la voz de la máquina como el eco de una soledad colectiva.

La pregunta es: ¿seremos capaces de usar la tecnología para volver a tejer comunidad, o nos conformaremos con espejos digitales que nos devuelven, una y otra vez, la ilusión de compañía?

¿Qué hemos leído para hacer este artículo?

Extra -también sobre IA y religión-: ¿Rezar con una máquina? La inteligencia artificial empieza a creer en Dios por Selva Vargas Reátegui, El País

Escribe Paula Juan

La clave del CEO de Netflix: aplica la investigación de negocio

A principios de septiembre El País compartía las 10 claves de Marc Randolph, confundador de Netflix, para montar una empresa.

Al leerlas, algunas nos causaron fricción: el mantra de que el éxito depende de “personas increíbles” o la idea de “ve ligero” y que nadie cobre al principio nos sonaron a mantras neoliberales que ignoran la realidad. Pero otras claves nos encajaron mucho más.

El artículo empieza con una frase que lo resume muy bien:

“Montar un negocio y que funcione ya es una conquista. Pero convertirlo en líder mundial de su sector es otro nivel. Para alcanzarlo, la diferencia estriba en observar

Observar, esa es la palabra clave. Y es que, efectivamente, si no observas lo que rodea a tu negocio, lo que pasa dentro y fuera de él, no decides con conocimiento de causa, sino por intuición. Y aunque la intuición y la experiencia son valiosas, no bastan por sí solas para sostener un crecimiento sólido y estratégico.

En Materia Prima hablamos de investigación de negocio precisamente para señalar esto: el proceso de generar y analizar información —propia y externa— que permita tomar decisiones más fiables, estratégicas y alineadas con la realidad.

Entonces, ¿con qué nos quedamos del decálogo de Randolph?

1. Testa tus ideas

Las personas estamos sesgadas por naturaleza y por cultura. Lo que a ti te parece brillante, a otros puede resultar irrelevante o incomprensible. Antes de invertir tiempo y dinero, es imprescindible validar: ¿se comprende?, ¿es necesaria?, ¿aporta valor?

La investigación aquí no es un “lujo” ni un paso burocrático, es lo que separa las intuiciones interesantes de las oportunidades reales.

2. Entiende los problemas de las personas

Validar una idea no garantiza el éxito. Hay que mirar de manera constante a los problemas y fricciones de las personas. Randolph lo subraya al recordar que vivimos en un mundo que cambia a gran velocidad. Explorar el contexto, los hábitos y las necesidades no es una acción puntual; es una práctica recurrente. Solo así puedes asegurar que tu estrategia de negocio sigue conectada con la vida real de la gente.

3. Asegura que tu equipo tenga la información para decidir

De poco sirve generar información si se queda en un informe olvidado. Muchas empresas investigan, pero los aprendizajes se pierden porque no circulan.

Compartir, divulgar y democratizar los datos y el conocimiento dentro de la organización es fundamental para que la toma de decisiones basada en evidencia sea parte de la cultura. No se trata de acumular dashboards y PDF’s, sino de convertir el conocimiento en una herramienta viva que todos puedan usar.

4. Mira a tu competencia

Observar a la competencia no es copiar, es contextualizar. Saber qué están haciendo otros, directos o indirectos, aporta pistas valiosas. Y más aún cuando se conecta con lo que las personas demandan y con las tendencias que se vislumbran.

La investigación de la competencia no es un fin en sí mismo, es un espejo que ayuda a entender dónde estás, qué huecos existen en el mercado y qué oportunidades aprovechar.

En definitiva, aunque no compartamos todas las “claves” de Randolph, sí coincidimos en que un negocio solo crece cuando observa. Y observar significa investigar.

La investigación de negocio no te ofrece todas las respuestas, pero sí proporciona claridad, seguridad y contexto para decidir mejor.

Link al artículo: Lecciones del cofundador de Netflix para montar una empresa: “Una mala idea con un líder increíble puede volverse grande”. Susana Carrizosa
Escribe Paula Juan

No es el aguacate ni el café de especialidad: es la estructura

Fig.01 – Fotografía propia

En los últimos años, se ha vuelto habitual escuchar que los jóvenes no compran vivienda porque prefieren gastar en ocio, viajes o tecnología. Un relato muy peligroso, porque responsabiliza exclusivamente al individuo y omite los factores estructurales.

Los datos dibujan otra realidad. Según Eurostat, desde 2015 el coste medio de comprar una casa ha subido más de un 50 %, mientras que los salarios de los jóvenes apenas han aumentado en los últimos años. Según El Pais, los menores de 25 años deben destinar casi diez años de trabajo para adquirir una vivienda, casi el doble que hace dos décadas.

A esto se suman los alquileres disparados, los contratos temporales y la falta de estabilidad laboral: según el SEPE, los menores de 30 años tienen contratos temporales en mayor medida que el resto de la población. En este contexto, la posibilidad real de ahorrar para la entrada de una vivienda es limitada.

El mito del “gasto en caprichos” como explicación única del no acceso a la vivienda por parte de los jóvenes es falso. Salir a cenar o viajar no es la causa estructural de la precariedad ni del encarecimiento inmobiliario; es, en muchos casos, una forma de construir redes, experiencias y bienestar en un entorno en el que otras formas de seguridad (propiedad, estabilidad) resultan inalcanzables.

La narrativa que culpa a los jóvenes de no “invertir correctamente” su dinero ignora que la inversión en vivienda ya no es accesible. La movilidad social y la capacidad de acumular capital se han reducido drásticamente.

En Materia Prima, desde la investigación, observamos un patrón claro: las decisiones de consumo de los jóvenes no son simples “caprichos”, sino estrategias para generar calidad de vida y sentido de pertenencia en un contexto económico hostil. Las marcas que logran entender esto —y no juzgarlo— construyen relaciones mucho más auténticas con esta generación.

En definitiva, culpabilizar a los jóvenes por su forma de consumir es ignorar un contexto económico y cultural profundamente desigual. Porque no es el café de seis euros que toman una vez a la semana, quien lo consuma, ni el viaje de verano lo que les impide comprar una casa; es la estructura económica. Y seguir responsabilizando a los jóvenes de no “invertir bien” solo aleja el debate de donde debería estar: la necesidad de políticas de vivienda y empleo que devuelvan margen de maniobra a las nuevas generaciones.

Escribe: Paula Ruiz

El fenómeno de los Labubus y cómo la cultura pop china ahora marca tendencia

Este verano pasé todo el mes de agosto en China y, nada más llegar, me sorprendió ver que casi todo el mundo llevaba uno o varios muñecos colgando de sus bolsos o mochilas. No eran solo niños o jóvenes: también adultos, incluidos ejecutivos de traje camino a la oficina, los lucían con total naturalidad.

Tampoco era de extrañar, ya que en cada calle o centro comercial abundaban tiendas como Miniso o Popmart, llenas de colecciones que iban desde Lotso, el oso de Toy Story, hasta la Bebé Llorona, la nueva muñeca de moda. Entre todos los accesorios, uno destacaba especialmente: los Labubus, muñecos de peluche de un palmo de altura, con forma de monstruo y disponibles en distintos colores. Aunque en España ya habían aparecido, en China estaban literalmente por todas partes.

Tras comprar mi propio Labubu (y algún otro charm para mi bolso), empecé a investigar para entender no solo su éxito, sino también por qué yo misma había caído en la tendencia. Pronto comprendí que no se trata de una moda aislada: detrás de estos muñecos hay un nuevo modelo de consumo cultural, impulsado por varios factores:

Esto explica el éxito del Labubu y de otros muñecos en China, una tendencia consolidada en Asia desde hace años. Pero lo realmente interesante es por qué ahora se ha expandido al resto del mundo, la respuesta es que estamos ante una nueva geopolítica de la cultura pop.

Asia ya no solo fabrica para Occidente; diseña y exporta sus propios imaginarios culturales. Corea inició la ola con el K-pop y la cosmética, y ahora este fenómeno se extiende al resto del continente, transformando la forma en que se crean y consumen tendencias a escala global.

En España ya empezamos a verlo: primero fueron los Sonny Angels y ahora los Labubus. Popmart acaba de abrir su primera tienda aquí y agotó las existencias en minutos. Incluso Zara ha lanzado su propia colección de accesorios para colgar en los bolsos.

Es cierto que no sabemos cuánto durará el furor del Labubu —según Expansión, las acciones de Popmart caen a medida que la moda retrocede—. Pero sí sabemos que el Labubu (y sus equivalentes) es mucho más que un capricho pasajero: es un síntoma de cómo China ya no solo fabrica para Occidente, sino que diseña y exporta sus imaginarios culturales.

Artículo escrito por: Paula Ruiz