¿Van a desaparecer realmente las cocinas?

Hace unos meses, el presidente de Mercadona afirmaba que “las cocinas desaparecerán”. Una afirmación tan contundente genera titulares… y muchas preguntas: ¿estamos dejando de cocinar por elección o porque el sistema nos está empujando a hacerlo?

En España siempre hemos sido un país de cocinar y de comer. Y, de hecho, los datos siguen mostrando que una mayoría cocina a diario. Entonces, ¿qué está cambiando realmente?

Desde Materia Prima no nos interesa tanto el pronóstico como lo que revela sobre nuestros modos de vida. Porque cocinar no es solo preparar alimentos: es autonomía, cultura, memoria, cuidado, bienestar y salud. Por eso no basta con mirar las cifras de venta de platos preparados o la frecuencia de cocinado. Hay que interpretar los drivers sociales que están reduciendo la práctica de cocinar y entender cómo están reconfigurando nuestra relación con la alimentación.

En nuestros estudios ya observamos una brecha generacional clara: especialmente entre los más jóvenes se debilita el vínculo con las formas de cocinar y los platos de generaciones anteriores. Si miramos las tendencias con más profundidad, aparecen dos escenarios muy distintos.

1. Desaparición voluntaria. Cocinamos menos porque no queremos. No nos gusta, no nos han enseñado, tenemos otros intereses, vivimos solos, llegamos tarde a casa. La conveniencia, la inmediatez y la optimización del tiempo se imponen. Cocinar compite con otros usos del tiempo y pierde.

2. Desaparición forzada. Cocinamos menos porque no podemos. Pisos cada vez más pequeños, cocinas mínimas o simbólicas, alimentos más caros, menos tiempo real disponible, servicios que incentivan el consumo precocinado. No tenemos elección, el sistema nos condiciona y limita.

Lo que sabemos con certeza es que ambos escenarios tienen algo en común: impactan con más fuerza en los grupos más vulnerables, que son quienes pierden antes la capacidad real de elegir.

Para marcas, gobiernos y diseñadores urbanos no es lo mismo un escenario que otro. Si la gente abandona la cocina por elección, la innovación debe centrarse en hacerla más atractiva, rápida, accesible y significativa. Si la abandona porque no hay alternativa, el problema es estructural: justicia alimentaria, salud pública, autonomía y desigualdad.

Como investigadoras, sabemos que el verdadero valor de la investigación está precisamente aquí: en ir más allá del titular y preguntarse qué fuerzas profundas están reconfigurando hábitos, espacios y significados.

No se trata solo de saber cuántos platos preparados se venden. Se trata de entender cómo están cambiando los vínculos entre alimentación, espacio doméstico y tiempo disponible.

Personalmente, creo que las cocinas probablemente no desaparecerán, pero sí se transformarán. Y quien trabaje en esta categoría necesita comprender a fondo qué motiva hoy a las personas a cocinar y qué les impide dejar de hacerlo, para garantizar que son las necesidades y el bienestar de las personas lo que prima en la decisión y no los intereses del mercado.

Escribe: Paula Ruiz