Coffee raves: la fiesta en la era de la autoexplotación

“Coffee shop raves are basically nightlife being domesticated into something palatable for the Instagram era.” – Shadi Megallaa, DJ

Tijs van Leur, Unsplash

En un mundo hiperdigitalizado, lo presencial vuelve a tener valor. Pero no todo vale.

El éxito de la campaña de Zohran Mamdani, como explicaban Emma Goldberg y Benjamin Oreskes en el New York Times, no fue solo digital (aunque su destreza con Tik Tok es innegable), fue físico. Su propuesta de campaña consiguió trasladar a sus votantes, especialmente a los más jóvenes, a encontrarse en persona en un momento atravesado por la soledad. En un una cultura hiperconectada pero socialmente erosionada, ofrecer un especio físico de reunión era una estrategia política perfecta.

Lo físico, por tanto, importa; pero no todo lo físico reconecta. Hay acciones presenciales que crean comunidad porque nacen de una necesidad real y están alineadas con quien las impulsa. Y hay acciones presenciales que simplemente trasladan la lógica digital al espacio offline, apropiándose de formatos culturales que no les pertenecen. Lo que cambia no es la estructura, sino el decorado. Y cuando lo presencial se convierte en un recurso táctico más, la comunidad deja de ser el centro y pasa a ser la excusa.

Las ‘coffee raves’ son un ejemplo de estas acciones mal pensadas y peor entendidas.

Es innegable que los hábitos de la gente han cambiado. Los datos de la Encuesta Nacional de Salud de España lo validan:

Somos más saludables, tenemos más autocontrol.

Y tiene sentido que haya ocurrido cuando vivimos en un contexto de incertidumbre: crisis climática, precariedad, inflación, guerras, etc. Si no podemos controlar el mundo, al menos controlaremos nuestro cuerpo, ¿no?

Pero este giro hacia lo saludable no es naive. Está profundamente conectado con la cultura de la autoexplotación. “Cuídate porque tienes que ser la mejor versión de ti mismo”, convertirte en el mejor producto posible dentro del sistema.

En ese cruce entre autocuidado y rendimiento aparecen las ‘coffee raves’: fiestas que empiezan a las once de la mañana y no tienen lugar en un club, sino en cafeterías (esas donde el café está sobre los 5€). Fiestas pensadas para que puedas madrugar, hacer deporte, “salir” y volver pronto a casa. No hay lugar para la resaca y tampoco para el descontrol.

El problema de esta tendencia empieza con el uso del término ‘rave’. Como explicaba Noelia Ramírez en Babelia: la rave nace y se basa en la autogestión, lo colectivo, en estar en los márgenes y tener cierto carácter politizado. Un espacio donde la música, el baile y la comunidad son la clave y la razón de ser del evento. Donde sabes cuándo vas a empezar, pero no cuando vas a terminar. Un lugar donde puedes desconectar.

La propuesta de los ‘Coffee raves’ es su antagonista perfecto. Es una fiesta que no interrumpe tu productividad, más bien la optimiza.

Sales el sábado por la mañana, bailas dos horas, subes stories y vuelves a casa a una hora decente. Quizás te pides algo a casa, pero algo healthy (no, no son las seis de la mañana y tu kebab de confianza o la hamburguesa de 2€ no es la única opción disponible). El domingo vas a tu clase de Crossfit/Barre/Pilates/… y, si puedes, adelantas trabajo. No hay ruptura con el yo laboral y productivo. No hay desconexión real.

Stephanie, en The Carpet, describía así el ambiente de una coffee rave: “todo el mundo estaba inmaculadamente limpio, con activewear perfectamente coordinado y el pelo impecable. Estaban bailando, sí, pero atentos a cómo estaban siendo observados”. No es el cuerpo que se desinhibe en la oscuridad. Es el cuerpo que sigue siendo consciente de la mirada.

Uno de los objetivos que tiene la fiesta es separar tu ‘yo productivo’ del ‘yo nocturno’. Permitían experimentar identidades no orientadas al rendimiento. Las coffee raves no separan, integran. La idea no es que desconectes, sino que continúes optimizando tu tiempo, tu cuerpo y tu imagen.

La música incluso es secundaria. El DJ Azzouni, en una entrevista en Scene Noise, comparaba la música de estas fiestas con las sesiones de YouTube que te pones de fondo mientras trabajas. Es decir, hay un DJ pero la música que reproduce es funcional, no transformadora. No, después no te entrará la curiosidad de ver en qué otros carteles aparece su nombre.

El resultado es que la experiencia se convierte en contenido. No se busca generar conversación entre los asistentes, ni una comunidad; solo importa qué imágenes para redes sociales se producen. La experiencia se traduce rápidamente en stories. La colectividad se convierte en visibilidad. Y cuando detrás de estas fiestas hay marcas, es aún más evidente. El objetivo deja de ser la música o el encuentro y pasa a ser la promoción. La asistencia se convierte en prueba de afinidad. El cuerpo baila, pero también publicita.

Aquí es donde conviene detenerse como marca. Salir de lo digital puede tener un impacto enorme. Generar experiencias físicas puede ser una forma poderosa de conectar. Pero hay que entender cuál es el lugar que ocupas. Y qué espacios no te pertenecen.

El motivo de los encuentros de Zohran Mamdani no era la producción de contenido. Organizó encuentros para construir una comunidad. Lo físico no era un gesto estético ni una tendencia; era infraestructura política. Existía una coherencia en el evento con su mensaje, con su electorado y con la necesidad de combatir la desmovilización.

La diferencia, por tanto, está en el propósito.

Cuando lo presencial responde a una carencia estructural y se articula desde una visión clara, genera comunidad.

Cuando las marcas colonizan fenómenos culturales sin comprender su contexto, su historia, ni su función, no solo corren el riesgo de parecer oportunistas. Contribuyen a la devaluación de espacios que para muchas personas tenían un sentido propio.

Las coffee raves organizadas por marcas surgen de detectar una microtendencia rentable. No buscan sostener vínculos; buscan capitalizar atención.

En un momento en el que entre el 17 % y el 21 % de la población mundial declara sentirse sola, según la OMS, lo que proliferan no son espacios de conversación lenta, sino eventos altamente fotogénicos. No se busca generar comunidad; se busca generar prueba de asistencia.

Cada vez quedan menos lugares que no estén atravesados por la lógica del consumo y la exposición. Si también los pocos espacios de encuentro que emergen en respuesta a la soledad terminan convertidos en plataformas de marca, ¿qué margen queda para la experiencia no instrumentalizada?

La pregunta no es si las marcas deben estar en lo presencial. La pregunta es desde dónde, para qué y con qué límites.

En un momento en el que casi todo está atravesado por la lógica del rendimiento y la visibilidad, quizá la coherencia estratégica no consista en estar en todas partes, sino en saber dónde no estar.

No todo espacio necesita marca. Y no toda tendencia necesita activación.

Escribe Paula Juan

Artículos mencionados:

La paradoja de eliminar la fricción

Brett Jordan, Unsplash

Si por cada vez que he leído la palabra ‘fricción’ en mi feed de LinkedIn o Substack me hubieran dado 5€, ahora mismo podría permitirme ignorar este debate desde una hamaca en una playa paradisiaca. Pero como no, he decidido que yo también me sumo a la conversación del tema fetiche de inicio de año.

Sobre lo que hoy voy a hablar está muy relacionado con algunas de las ideas que ya aparecían en el artículo que escribí acerca del ‘doomscrolling’ y esa sensación compartida de que, en algún punto, nos hemos ido un poco tontificando. Consecuencia del exceso de facilidades, no porque realmente haya mermado nuestra inteligencia. Por la optimización extrema para que nada cueste demasiado.

Jordi Pérez Colomé explicó muy bien qué es esto de la fricción en su newsletter de Teconología en ‘El País’:

“La fricción es el proceso hasta lograr algo: los clics o los saltos entre páginas. Silicon Valley quiere reducirlo al mínimo para que usemos más sus herramientas. Pero algo de fricción está bien para que el cerebro no nos quede completamente frito.”

Durante años, las tecnológicas nos han vendido la fricción como un fallo. Algo que había que eliminar. Kathryn Jezer-Morton lo formulaba así en The Cut: nos han hecho creer que la vida en sí misma es un inconveniente, y que la solución pasa por refugiarnos en algoritmos predictivos que anticipen, suavicen o directamente eviten cualquier incomodidad.

La promesa se centro en esforzarse menos, obtener menor margen de error y una experiencia sin fricciones. Pero el efecto colateral no es neutro.

Cuando esquivamos sistemáticamente la fricción, empezamos a confundirla con sufrimiento. Huimos de cualquier dificultad porque la leemos como daño, cuando en realidad muchas veces solo nos exige atención, paciencia o un poco de esfuerzo.

Podríamos situar el año 2010 como el punto de inflexión, con la normalización de Google Maps. Como señala Esther MK, fue el momento en el que dejó de ser importante retener conocimiento y pasó a ser suficiente saber dónde encontrarlo. La fricción de perderse, de preguntar, de equivocarse de camino, desapareció. Aprender empezó a parecerse menos a entender y más a ejecutar instrucciones.

Diez años después, el salto ha sido inmenso. Ya no es solo que no tengamos que aprender o buscar información, sino que hay una IA que resuelve la tarea directamente por nosotras. Ya ni siquiera hace falta entender el proceso. Y, aunque nos seduce la idea de ganar eficiencia, o nos justificamos con que delegar tareas nos dejará espacio para el pensamiento crítico, ¿qué pasa cuando, en nombre de la eficiencia, dejamos de pensar en ‘qué es lo que estamos haciendo’?

La obsesión del diseño digital de la última década estaba en minimizar fricciones. Y no se trata de negar lo obvio, el buen UX sigue siendo fundamental (no, nadie quiere hacer 10 clics para enviar un Bizum). Pero sí conviene preguntarnos hasta dónde han de llegar las facilidades.

¿Queremos productos que lo hagan todo por nosotras?

¿O productos en los que apenas tengamos que intervenir?

Los adultos aprendemos a base de error, de chocarnos con el mismo bache más de una vez. Un producto en el que no decides, no pruebas y no te equivocas, difícilmente se vuelve relevante. Pienso en herramientas como Notion: más allá de su propuesta de valor, su éxito también tiene que ver con que cuanto más mimo le pones, mejor responde. El usuario no solo consume el producto, lo construye. Y eso genera vínculo, curiosidad y permanencia.

No es casual que estemos viendo un cierto retorno a productos analógicos o semi-analógicos. Es una reacción a la algoritmización predictiva de todo. A esa sensación de ir en piloto automático, cuando lo interesante de la vida es precisamente sentir las curvas, cambiar de marcha, decidir el ritmo.

La cuenta Byooooob lo posteaba en Instagram:

“Anhelamos los restos del esfuerzo. Las huellas visibles del esmero. Ambas son esenciales. El esfuerzo por algo que no te importa es solo trabajo tedioso. El esmero sin esfuerzo es pura fantasía.”

No hablamos de volver a hacer las cosas innecesariamente complejas. Hablamos de evitar las distopías escritas en el siglo XX, que cada vez se alejan más de la ciencia ficción y parecen una caricatura de la actualidad. En Mundo feliz, por ejemplo, el problema no era el dolor, sino su eliminación sistemática. Una vida diseñada para no incomodar acababa produciendo individuos dóciles, satisfechos y poco implicados. “Reclamo el derecho a ser infeliz”, decía el salvaje. No como una reivindicación del sufrimiento, sino como una defensa del derecho a una experiencia no completamente amortiguada. Esa idea convive con otra imagen más pop, la del Wall-E person. Mentes delegadas, decisiones externalizadas. No porque alguien nos obligue, sino porque todo está diseñado para que no tengamos que esforzarnos demasiado.

Esta reflexión es cultural y, por tanto, también es estratégica.

Porque, como recuerda Ana Andjelic, “la eficiencia está bien hasta que convierte tu marca en invisible”. Cuando todas las experiencias son igual de rápidas, igual de limpias, igual de optimizadas, lo que desaparece no es la fricción, sino la diferencia.

Quizá la pregunta no sea cómo eliminar la fricción, sino qué tipo de fricción merece la pena preservar. Aquella que no bloquea, pero sí implica. La que no castiga, pero sí exige. La que no infantiliza, sino que trata al usuario como alguien capaz de aprender, decidir y hacerse cargo.

Escribe Paula Juan

Contenido mencionado en este post:

De la obsolescencia al fenómeno cultural: por qué las cámaras analógicas hoy son tendencia.

En un mercado donde la calidad se ha democratizado, la fotografía analógica aporta nuevos códigos para expresar diferencia. Un valor que el smartphone no puede replicar.

¿Te acuerdas de las famosas cámaras réflex? Durante un tiempo fueron objeto de deseo. Buscábamos el enfoque perfecto, el fondo difuminado, la máxima nitidez. Tener una buena cámara era un marcador de estatus para millennials. Te permitía diferenciarte; tú eras quien hacía “las buenas fotos”. Pero esa ventaja simbólica se desvaneció. Los móviles hicieron de la cámara su principal reclamo: cada nuevo modelo prometía más megapíxeles, más estabilización, más perfección. Las cámaras digitales quedaron relegadas y las analógicas… prácticamente enterradas. La mayoría de jóvenes apenas las había usado nunca.

Parecía el típico ciclo de desaparición tecnológica que ya hemos visto mil veces: los videoclubs, los MP3, tantas categorías que no sobrevivieron a la digitalización.

Pero la historia no terminó ahí. De hecho, dio un giro que nadie vio venir.

Si has pasado últimamente por una tienda de revelado fotográfico, quizá te haya sorprendido lo mismo que a nosotras: hay cola. Y no es una cola de nostálgicos mayores de 50 rescatando carretes olvidados en un cajón. Son jóvenes. Muchos. Carretes en mano. Revelando en digital y en papel. Y no como un gesto aislado, sino como un hábito que se consolida.

La explicación es más profunda que una moda pasajera. Hemos llegado a un punto de saturación estética en el que la perfección abunda y, por tanto, pierde valor. Una foto técnicamente impecable ya no dice nada sobre quién la hizo. No cuenta una historia, no expresa identidad, no aporta singularidad. La Gen Z lleva años inmersa en una estética hiperproducida: filtros, HDR, algoritmos que pulen cada detalle, contenidos pensados para ser impecables.

En un mercado donde la calidad se ha democratizado, la cultura necesita nuevos códigos para expresar diferencia. Y ahí la fotografía analógica aporta lo que el smartphone no puede replicar:

1. Autenticidad

Desde 2020 vemos un patrón transversal: cuanto más “perfectos” se vuelven los productos, más crece el deseo por lo imperfecto. Moda (denim desgastado), música (el vinilo), diseño (estética “cruda”), gastronomía (lo artesanal).

La fotografía analógica encaja en esa lógica: grano, luz caprichosa, colores impredecibles. Una estética que susurra: “esto no lo ha tocado un algoritmo”.

2. Diferenciación

La Gen Z produce y consume miles de imágenes al día. Instantáneas intercambiables, hipereditadas, con códigos visuales repetidos. Frente a eso, el carrete ofrece singularidad.

Una fotografía analógica tiene textura, carácter y una narrativa imposible de copiar con un móvil. Y en un entorno en el que la identidad digital es central, diferenciarse importa.

3. Priorización

El carrete impone límites. Obliga a elegir. Y esa elección convierte cada foto en un acontecimiento. Pasamos de hacer 200 fotos “porque no cuesta nada” a pensar dos veces antes de disparar. Ese freno introduce intención y simbolismo: capturas algo porque realmente merece ocupar un fotograma.

4. El valor del proceso

Para una generación que vive en la inmediatez, esperar un revelado es casi contracultural.

Cargar un carrete, disparar una sola vez, esperar días, recibir las fotos… y descubrir qué salió devuelve algo que habíamos perdido: ilusión.

Ese intervalo entre hacer la foto y verla genera expectativa, emoción, memoria afectiva. Justo lo que la instantaneidad digital ha ido erosionando.

5. Personalización

Fotografiar con carrete también opera como símbolo cultural. Requiere gusto, cierta pericia técnica (luz, enfoque, exposición), sensibilidad estética y afinidad con un imaginario concreto. Una cámara analógica convierte cada foto en una declaración: “No hago fotos como todos los demás”.

Aunque la tecnología parecía condenar a las cámaras analógicas a la desaparición (los smartphones prometían reemplazarlas y superarlas) ocurrió lo contrario. Una generación que apenas había tenido contacto con ellas, salvo quizá en su infancia, las ha rescatado y las ha convertido en un activo simbólico: una afición con valor, un lenguaje visual propio y un ritual con significado.

Lejos de desaparecer, han vuelto con fuerza. Y todo apunta a que, esta vez, vienen para quedarse. Así que, si todavía no sabes qué regalar estas Navidades, quizá valga la pena pasarte por una tienda de fotos.

Escribe: Paula Ruiz

No es el aguacate ni el café de especialidad: es la estructura

Fig.01 – Fotografía propia

En los últimos años, se ha vuelto habitual escuchar que los jóvenes no compran vivienda porque prefieren gastar en ocio, viajes o tecnología. Un relato muy peligroso, porque responsabiliza exclusivamente al individuo y omite los factores estructurales.

Los datos dibujan otra realidad. Según Eurostat, desde 2015 el coste medio de comprar una casa ha subido más de un 50 %, mientras que los salarios de los jóvenes apenas han aumentado en los últimos años. Según El Pais, los menores de 25 años deben destinar casi diez años de trabajo para adquirir una vivienda, casi el doble que hace dos décadas.

A esto se suman los alquileres disparados, los contratos temporales y la falta de estabilidad laboral: según el SEPE, los menores de 30 años tienen contratos temporales en mayor medida que el resto de la población. En este contexto, la posibilidad real de ahorrar para la entrada de una vivienda es limitada.

El mito del “gasto en caprichos” como explicación única del no acceso a la vivienda por parte de los jóvenes es falso. Salir a cenar o viajar no es la causa estructural de la precariedad ni del encarecimiento inmobiliario; es, en muchos casos, una forma de construir redes, experiencias y bienestar en un entorno en el que otras formas de seguridad (propiedad, estabilidad) resultan inalcanzables.

La narrativa que culpa a los jóvenes de no “invertir correctamente” su dinero ignora que la inversión en vivienda ya no es accesible. La movilidad social y la capacidad de acumular capital se han reducido drásticamente.

En Materia Prima, desde la investigación, observamos un patrón claro: las decisiones de consumo de los jóvenes no son simples “caprichos”, sino estrategias para generar calidad de vida y sentido de pertenencia en un contexto económico hostil. Las marcas que logran entender esto —y no juzgarlo— construyen relaciones mucho más auténticas con esta generación.

En definitiva, culpabilizar a los jóvenes por su forma de consumir es ignorar un contexto económico y cultural profundamente desigual. Porque no es el café de seis euros que toman una vez a la semana, quien lo consuma, ni el viaje de verano lo que les impide comprar una casa; es la estructura económica. Y seguir responsabilizando a los jóvenes de no “invertir bien” solo aleja el debate de donde debería estar: la necesidad de políticas de vivienda y empleo que devuelvan margen de maniobra a las nuevas generaciones.

Escribe: Paula Ruiz

Wellness S.A.: cómo convertimos el malestar en negocio

En el ámbito de la sanidad, la salud mental es ya la principal preocupación en 31 países, por delante del cáncer y de los estados de ansiedad. En España, el 59% de la población la señala como el mayor desafío sanitario: la encuesta mundial de Ipsos por el Día de la Salud Mental 2024 nos sitúa solo por detrás de Suecia en el ranking europeo.

El 60% de los españoles dice haberse sentido estresado hasta el punto de que su vida diaria se vio afectada; una tercera parte de la población dice haber faltado a su trabajo en algún momento del último año por culpa de la presión. El 72% de los milenials y el 67% de quienes integran la Generación Z admiten haber padecido episodios de estrés incapacitante. Entre las mujeres jóvenes, un 40% declara haber experimentado depresión. La estadística es demoledora, y sin embargo, la manera en que hemos decidido tratar este problema parece fruto de una campaña de marketing, no del diseño de una política pública.

Porque mientras los datos dicen que estamos agotados, las redes dicen que lo cool es acudir a terapia. No importa por qué, ni para qué, ni siquiera si el sistema sanitario puede soportarlo. La terapia es el nuevo yoga, el nuevo matcha latte, el nuevo “me lo merezco”. Contamos con  influencers de moda, cocina o lifestyle que ofrecen un código descuento para asistir a unas primeras sesiones online. Las empresas crean áreas de “diversidad y bienestar” que caben en el mismo cajón que el team building y la mesa de futbolín. Y la salud mental, que debería ser un derecho colectivo y estructural, se convierte en otro accesorio aspiracional.

El discurso ya no es “cambiemos las condiciones que enferman a la gente”, sino “gestiona tu estrés, regula tu ansiedad”. Si la Generación Z se siente demasiado estresada para trabajar (algo que le sucede al 50% de sus miembros en España) la respuesta no es replantear horarios imposibles, salarios precarios ni expectativas tóxicas. Es recomendarles apps de mindfulness y ofrecerles terapias online a pagar en cómodos plazos. Un parche emocional para un sistema que sigue continúa intacto.

Foto de Priscilla Du Preez 🇨🇦 en Unsplash

Ir al psicólogo no es lo mismo que ir a terapia. Lo primero suena a clínica, mientras que lo segundo es puro lifestyle. Cuando la ansiedad se mide en likes, lo relevante no es qué te llevó a terapia, sino que lo publiques con una iluminación adecuada.

Y aquí es donde entra la lógica del mercado. La salud mental ha dejado de ser una urgencia sanitaria para convertirse en una categoría de consumo. Lo que antes era tabú, ahora es una vertical de negocio. Terapia online bajo por suscripción, aplicaciones de bienestar con modelos freemium, marcas que compran legitimidad cultural patrocinando narrativas de autocuidado. El malestar se monetiza, se empaqueta y se convierte en un driver de engagement.

En este nuevo ecosistema, la salud mental se vende con idénticos códigos que cualquier otra industria aspiracional: descuentos de bienvenida, promesas de transformación personal y experiencias premium que harán que el sujeto “se sienta mejor”. El bienestar ya no es un fin, sino un territorio de marca, una extensión simbólica que otorga una señal de estatus y relevancia cultural. Y como todo territorio de marca, está disponible para el mejor postor: plataformas de terapia, startups de salud digital, multinacionales deseosas de aplicar un barniz emocional a su estrategia de ventas…

El verdadero giro está ahí: la salud mental ya no es solo una conversación social, sino un mercado emergente. Un espacio donde los sentimientos se convierten en datos, las emociones en insights y el cuidado en producto. La paradoja es brutal: los factores estructurales (precariedad, aislamiento,  desigualdad) que nos enferman permanecen intactos. Lo que cambia es el envoltorio. Ir a terapia se convierte en un nuevo imperativo cultural y en un flujo de ingresos recurrente. En otras palabras: hemos conseguido transformar el malestar en modelo de negocio.

Escribe Marina Lorenzo