Las personas mayores no son el enemigo

Hace poco oí a alguien decir, con toda la convicción del mundo, que los boomers han arruinado el futuro de los jóvenes. Que se han quedado con los pisos, los trabajos fijos y las pensiones, y que ahora tocaba vivir con las consecuencias. Lo decía con esa mezcla de rabia y resignación tan fácil de reconocer porque todos la hemos sentido en algún momento.

El problema es que no es verdad.

Alexas_Fotos en Unsplash
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Las personas mayores de 55 años en España acumulan el 68% del ahorro de los hogares. Sí, suena a que tienen mucho. Pero hay un detalle que no aparece en los titulares: lo que hacen con ese dinero. Las transferencias económicas dentro de las familias, de pensionistas a hijos, de mayores a jóvenes, rondan los 130.000 millones de euros al año. El Barómetro del CIS lo confirma, el 30% de los españoles dice que las personas mayores de su entorno les han ayudado o les ayudan económicamente.

En muchos hogares españoles, la pensión de alguien mayor permite pagar el alquiler de alguien joven. El mercado de la vivienda y el mercado laboral han fallado de una manera tan espectacular que han convertido las pensiones en red de seguridad familiar.

Esto no suena a guerra generacional, y aquí es donde la cosa se pone interesante.

Millennials», «generación Z», «boomers»… Damos estos nombres por sentados como si fueran categorías científicas, como si algún laboratorio hubiera demostrado que las personas nacidas entre 1981 y 1996 comparten algo esencial más allá del año de nacimiento.

La excepción parcial son los boomers: ese nombre sí tiene un origen demográfico real, el boom de nacimientos que siguió al término de la Segunda Guerra Mundial. Pero incluso ahí, pasar de «hubo muchos nacimientos» a «estas personas comparten valores, actitudes y estilo de vida» media un salto que la sociología no avala. El resto de etiquetas ni siquiera tienen ese punto de partida.

El término «millennials» lo idearon dos consultores estadounidenses, Neil Howe y William Strauss. Lo difundieron en un libro, y montaron una empresa de consultoría para vender a grandes corporaciones comerciales basadas en su teoría. La «generación Z» ni siquiera tiene un origen tan concreto: surgió de departamentos de marketing necesitados de un nombre para el siguiente grupo de consumidores.

Investigadores sociales lo dicen sin rodeos: estas categorías carecen de respaldo, son conceptos más cercanos al marketing que a la sociología.

El sociólogo Pierre Bourdieu lo explicaba así, hace ya más de cuarenta años: solo con un abuso del lenguaje podemos meter bajo el mismo concepto a universos sociales que no tienen casi nada en común.

Una persona de treinta años con piso heredado y otra de treinta años con contrato temporal y alquiler compartido no son la misma generación. Tienen en común el año de nacimiento. Todo lo demás —las oportunidades, las dificultades, el acceso o no a una vida estable— lo determina la familia en la se nace, la herencia, el territorio… En definitiva, la clase social.

Estamos usando etiquetas de publicidad para hablar de desigualdad social. Y eso, aunque impreciso, les resulta bastante útil a quienes prefieren que no hablemos de otras cosas.

Pero… si el problema no son los mayores, ¿cuál es el problema?

Zygmunt Bauman llamó a nuestra época «modernidad líquida». La idea, muy resumida, es esta: vivimos en un tiempo en que los vínculos entre lo que hacemos individualmente y lo que ocurre colectivamente se han disuelto. Ya no hay movimientos sólidos que traduzcan la queja individual en fuerza colectiva. Hay likes, hay firmas online, hay mucha indignación muy bien expresada en redes que acaba en casi nada.

El sociólogo alemán Ulrich Beck lo llamó «sociedad del riesgo». Los problemas que antes eran colectivos (el desempleo, la precariedad, el acceso a la vivienda) han sido convertidos en problemas individuales. Si no tienes piso es que no te has esforzado suficiente, o has elegido mal la carrera o eres demasiado exigente. Cada persona vive el problema en solitario, sin advertir que la persona de al lado tiene exactamente el mismo y por las mismas razones estructurales.

La guerra generacional encaja perfectamente en esa lógica. Nos da un enemigo cercano, en lugar de señalar a las decisiones políticas que produjeron las condiciones en las que vivimos.

Hay una tendencia a imaginar que las personas mayores crecieron en un país fácil y próspero. No fue así.

Los boomers españoles crecieron en una dictadura. Con una mortalidad infantil que en 1960 superaba los 40 niños por cada mil nacidos vivos: hoy es menos de tres. Con tasas de analfabetismo del 13%. Sin sanidad pública universal, sin libertades civiles, sin muchos de los derechos que hoy damos por sentados y que fueron conquistas colectivas.

La España de hoy es objetivamente mejor en casi todo lo que importa para vivir una vida digna. Las generaciones más jóvenes son las más formadas de la historia del país. Que esa formación no se traduzca en acceso a una vivienda o a un trabajo estable no es una decisión política.

La guerra generacional no existe como tal. Lo que existe es una desigualdad real (en vivienda, en empleo, en perspectivas) que tiene causas concretas, responsables concretos, y que se benefician mucho de que sigamos discutiendo si los boomers son culpables o no.

Mientras tanto, los pensionistas sostienen con sus pensiones la economía de muchas familias. Hay solidaridad intergeneracional que funciona en silencio y cubre los agujeros de las políticas públicas.

El enemigo no tiene ochenta años ni cobra pensión. Para dar con él, solo hace falta saber dónde mirar.

Escribe Marina Lorenzo

Fuentes: Fedea con Fundación Mapfre, Barómetro CIS, EAPN-ES (Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado Español), Karl Mannheim «El problema de las generaciones» (REIS, 1993), Pierre Bourdieu «La juventud no es más que una palabra» (1978), Zygmunt Bauman «Modernidad líquida» (2000), Ulrich Beck «La sociedad del riesgo» (1986), Strauss-Howe «Generaciones» (1991).

Coffee raves: la fiesta en la era de la autoexplotación

“Coffee shop raves are basically nightlife being domesticated into something palatable for the Instagram era.” – Shadi Megallaa, DJ

Tijs van Leur, Unsplash

En un mundo hiperdigitalizado, lo presencial vuelve a tener valor. Pero no todo vale.

El éxito de la campaña de Zohran Mamdani, como explicaban Emma Goldberg y Benjamin Oreskes en el New York Times, no fue solo digital (aunque su destreza con Tik Tok es innegable), fue físico. Su propuesta de campaña consiguió trasladar a sus votantes, especialmente a los más jóvenes, a encontrarse en persona en un momento atravesado por la soledad. En un una cultura hiperconectada pero socialmente erosionada, ofrecer un especio físico de reunión era una estrategia política perfecta.

Lo físico, por tanto, importa; pero no todo lo físico reconecta. Hay acciones presenciales que crean comunidad porque nacen de una necesidad real y están alineadas con quien las impulsa. Y hay acciones presenciales que simplemente trasladan la lógica digital al espacio offline, apropiándose de formatos culturales que no les pertenecen. Lo que cambia no es la estructura, sino el decorado. Y cuando lo presencial se convierte en un recurso táctico más, la comunidad deja de ser el centro y pasa a ser la excusa.

Las ‘coffee raves’ son un ejemplo de estas acciones mal pensadas y peor entendidas.

Es innegable que los hábitos de la gente han cambiado. Los datos de la Encuesta Nacional de Salud de España lo validan:

Somos más saludables, tenemos más autocontrol.

Y tiene sentido que haya ocurrido cuando vivimos en un contexto de incertidumbre: crisis climática, precariedad, inflación, guerras, etc. Si no podemos controlar el mundo, al menos controlaremos nuestro cuerpo, ¿no?

Pero este giro hacia lo saludable no es naive. Está profundamente conectado con la cultura de la autoexplotación. “Cuídate porque tienes que ser la mejor versión de ti mismo”, convertirte en el mejor producto posible dentro del sistema.

En ese cruce entre autocuidado y rendimiento aparecen las ‘coffee raves’: fiestas que empiezan a las once de la mañana y no tienen lugar en un club, sino en cafeterías (esas donde el café está sobre los 5€). Fiestas pensadas para que puedas madrugar, hacer deporte, “salir” y volver pronto a casa. No hay lugar para la resaca y tampoco para el descontrol.

El problema de esta tendencia empieza con el uso del término ‘rave’. Como explicaba Noelia Ramírez en Babelia: la rave nace y se basa en la autogestión, lo colectivo, en estar en los márgenes y tener cierto carácter politizado. Un espacio donde la música, el baile y la comunidad son la clave y la razón de ser del evento. Donde sabes cuándo vas a empezar, pero no cuando vas a terminar. Un lugar donde puedes desconectar.

La propuesta de los ‘Coffee raves’ es su antagonista perfecto. Es una fiesta que no interrumpe tu productividad, más bien la optimiza.

Sales el sábado por la mañana, bailas dos horas, subes stories y vuelves a casa a una hora decente. Quizás te pides algo a casa, pero algo healthy (no, no son las seis de la mañana y tu kebab de confianza o la hamburguesa de 2€ no es la única opción disponible). El domingo vas a tu clase de Crossfit/Barre/Pilates/… y, si puedes, adelantas trabajo. No hay ruptura con el yo laboral y productivo. No hay desconexión real.

Stephanie, en The Carpet, describía así el ambiente de una coffee rave: “todo el mundo estaba inmaculadamente limpio, con activewear perfectamente coordinado y el pelo impecable. Estaban bailando, sí, pero atentos a cómo estaban siendo observados”. No es el cuerpo que se desinhibe en la oscuridad. Es el cuerpo que sigue siendo consciente de la mirada.

Uno de los objetivos que tiene la fiesta es separar tu ‘yo productivo’ del ‘yo nocturno’. Permitían experimentar identidades no orientadas al rendimiento. Las coffee raves no separan, integran. La idea no es que desconectes, sino que continúes optimizando tu tiempo, tu cuerpo y tu imagen.

La música incluso es secundaria. El DJ Azzouni, en una entrevista en Scene Noise, comparaba la música de estas fiestas con las sesiones de YouTube que te pones de fondo mientras trabajas. Es decir, hay un DJ pero la música que reproduce es funcional, no transformadora. No, después no te entrará la curiosidad de ver en qué otros carteles aparece su nombre.

El resultado es que la experiencia se convierte en contenido. No se busca generar conversación entre los asistentes, ni una comunidad; solo importa qué imágenes para redes sociales se producen. La experiencia se traduce rápidamente en stories. La colectividad se convierte en visibilidad. Y cuando detrás de estas fiestas hay marcas, es aún más evidente. El objetivo deja de ser la música o el encuentro y pasa a ser la promoción. La asistencia se convierte en prueba de afinidad. El cuerpo baila, pero también publicita.

Aquí es donde conviene detenerse como marca. Salir de lo digital puede tener un impacto enorme. Generar experiencias físicas puede ser una forma poderosa de conectar. Pero hay que entender cuál es el lugar que ocupas. Y qué espacios no te pertenecen.

El motivo de los encuentros de Zohran Mamdani no era la producción de contenido. Organizó encuentros para construir una comunidad. Lo físico no era un gesto estético ni una tendencia; era infraestructura política. Existía una coherencia en el evento con su mensaje, con su electorado y con la necesidad de combatir la desmovilización.

La diferencia, por tanto, está en el propósito.

Cuando lo presencial responde a una carencia estructural y se articula desde una visión clara, genera comunidad.

Cuando las marcas colonizan fenómenos culturales sin comprender su contexto, su historia, ni su función, no solo corren el riesgo de parecer oportunistas. Contribuyen a la devaluación de espacios que para muchas personas tenían un sentido propio.

Las coffee raves organizadas por marcas surgen de detectar una microtendencia rentable. No buscan sostener vínculos; buscan capitalizar atención.

En un momento en el que entre el 17 % y el 21 % de la población mundial declara sentirse sola, según la OMS, lo que proliferan no son espacios de conversación lenta, sino eventos altamente fotogénicos. No se busca generar comunidad; se busca generar prueba de asistencia.

Cada vez quedan menos lugares que no estén atravesados por la lógica del consumo y la exposición. Si también los pocos espacios de encuentro que emergen en respuesta a la soledad terminan convertidos en plataformas de marca, ¿qué margen queda para la experiencia no instrumentalizada?

La pregunta no es si las marcas deben estar en lo presencial. La pregunta es desde dónde, para qué y con qué límites.

En un momento en el que casi todo está atravesado por la lógica del rendimiento y la visibilidad, quizá la coherencia estratégica no consista en estar en todas partes, sino en saber dónde no estar.

No todo espacio necesita marca. Y no toda tendencia necesita activación.

Escribe Paula Juan

Artículos mencionados:

La paradoja de eliminar la fricción

Brett Jordan, Unsplash

Si por cada vez que he leído la palabra ‘fricción’ en mi feed de LinkedIn o Substack me hubieran dado 5€, ahora mismo podría permitirme ignorar este debate desde una hamaca en una playa paradisiaca. Pero como no, he decidido que yo también me sumo a la conversación del tema fetiche de inicio de año.

Sobre lo que hoy voy a hablar está muy relacionado con algunas de las ideas que ya aparecían en el artículo que escribí acerca del ‘doomscrolling’ y esa sensación compartida de que, en algún punto, nos hemos ido un poco tontificando. Consecuencia del exceso de facilidades, no porque realmente haya mermado nuestra inteligencia. Por la optimización extrema para que nada cueste demasiado.

Jordi Pérez Colomé explicó muy bien qué es esto de la fricción en su newsletter de Teconología en ‘El País’:

“La fricción es el proceso hasta lograr algo: los clics o los saltos entre páginas. Silicon Valley quiere reducirlo al mínimo para que usemos más sus herramientas. Pero algo de fricción está bien para que el cerebro no nos quede completamente frito.”

Durante años, las tecnológicas nos han vendido la fricción como un fallo. Algo que había que eliminar. Kathryn Jezer-Morton lo formulaba así en The Cut: nos han hecho creer que la vida en sí misma es un inconveniente, y que la solución pasa por refugiarnos en algoritmos predictivos que anticipen, suavicen o directamente eviten cualquier incomodidad.

La promesa se centro en esforzarse menos, obtener menor margen de error y una experiencia sin fricciones. Pero el efecto colateral no es neutro.

Cuando esquivamos sistemáticamente la fricción, empezamos a confundirla con sufrimiento. Huimos de cualquier dificultad porque la leemos como daño, cuando en realidad muchas veces solo nos exige atención, paciencia o un poco de esfuerzo.

Podríamos situar el año 2010 como el punto de inflexión, con la normalización de Google Maps. Como señala Esther MK, fue el momento en el que dejó de ser importante retener conocimiento y pasó a ser suficiente saber dónde encontrarlo. La fricción de perderse, de preguntar, de equivocarse de camino, desapareció. Aprender empezó a parecerse menos a entender y más a ejecutar instrucciones.

Diez años después, el salto ha sido inmenso. Ya no es solo que no tengamos que aprender o buscar información, sino que hay una IA que resuelve la tarea directamente por nosotras. Ya ni siquiera hace falta entender el proceso. Y, aunque nos seduce la idea de ganar eficiencia, o nos justificamos con que delegar tareas nos dejará espacio para el pensamiento crítico, ¿qué pasa cuando, en nombre de la eficiencia, dejamos de pensar en ‘qué es lo que estamos haciendo’?

La obsesión del diseño digital de la última década estaba en minimizar fricciones. Y no se trata de negar lo obvio, el buen UX sigue siendo fundamental (no, nadie quiere hacer 10 clics para enviar un Bizum). Pero sí conviene preguntarnos hasta dónde han de llegar las facilidades.

¿Queremos productos que lo hagan todo por nosotras?

¿O productos en los que apenas tengamos que intervenir?

Los adultos aprendemos a base de error, de chocarnos con el mismo bache más de una vez. Un producto en el que no decides, no pruebas y no te equivocas, difícilmente se vuelve relevante. Pienso en herramientas como Notion: más allá de su propuesta de valor, su éxito también tiene que ver con que cuanto más mimo le pones, mejor responde. El usuario no solo consume el producto, lo construye. Y eso genera vínculo, curiosidad y permanencia.

No es casual que estemos viendo un cierto retorno a productos analógicos o semi-analógicos. Es una reacción a la algoritmización predictiva de todo. A esa sensación de ir en piloto automático, cuando lo interesante de la vida es precisamente sentir las curvas, cambiar de marcha, decidir el ritmo.

La cuenta Byooooob lo posteaba en Instagram:

“Anhelamos los restos del esfuerzo. Las huellas visibles del esmero. Ambas son esenciales. El esfuerzo por algo que no te importa es solo trabajo tedioso. El esmero sin esfuerzo es pura fantasía.”

No hablamos de volver a hacer las cosas innecesariamente complejas. Hablamos de evitar las distopías escritas en el siglo XX, que cada vez se alejan más de la ciencia ficción y parecen una caricatura de la actualidad. En Mundo feliz, por ejemplo, el problema no era el dolor, sino su eliminación sistemática. Una vida diseñada para no incomodar acababa produciendo individuos dóciles, satisfechos y poco implicados. “Reclamo el derecho a ser infeliz”, decía el salvaje. No como una reivindicación del sufrimiento, sino como una defensa del derecho a una experiencia no completamente amortiguada. Esa idea convive con otra imagen más pop, la del Wall-E person. Mentes delegadas, decisiones externalizadas. No porque alguien nos obligue, sino porque todo está diseñado para que no tengamos que esforzarnos demasiado.

Esta reflexión es cultural y, por tanto, también es estratégica.

Porque, como recuerda Ana Andjelic, “la eficiencia está bien hasta que convierte tu marca en invisible”. Cuando todas las experiencias son igual de rápidas, igual de limpias, igual de optimizadas, lo que desaparece no es la fricción, sino la diferencia.

Quizá la pregunta no sea cómo eliminar la fricción, sino qué tipo de fricción merece la pena preservar. Aquella que no bloquea, pero sí implica. La que no castiga, pero sí exige. La que no infantiliza, sino que trata al usuario como alguien capaz de aprender, decidir y hacerse cargo.

Escribe Paula Juan

Contenido mencionado en este post:

¿Van a desaparecer realmente las cocinas?

Hace unos meses, el presidente de Mercadona afirmaba que “las cocinas desaparecerán”. Una afirmación tan contundente genera titulares… y muchas preguntas: ¿estamos dejando de cocinar por elección o porque el sistema nos está empujando a hacerlo?

En España siempre hemos sido un país de cocinar y de comer. Y, de hecho, los datos siguen mostrando que una mayoría cocina a diario. Entonces, ¿qué está cambiando realmente?

Desde Materia Prima no nos interesa tanto el pronóstico como lo que revela sobre nuestros modos de vida. Porque cocinar no es solo preparar alimentos: es autonomía, cultura, memoria, cuidado, bienestar y salud. Por eso no basta con mirar las cifras de venta de platos preparados o la frecuencia de cocinado. Hay que interpretar los drivers sociales que están reduciendo la práctica de cocinar y entender cómo están reconfigurando nuestra relación con la alimentación.

En nuestros estudios ya observamos una brecha generacional clara: especialmente entre los más jóvenes se debilita el vínculo con las formas de cocinar y los platos de generaciones anteriores. Si miramos las tendencias con más profundidad, aparecen dos escenarios muy distintos.

1. Desaparición voluntaria. Cocinamos menos porque no queremos. No nos gusta, no nos han enseñado, tenemos otros intereses, vivimos solos, llegamos tarde a casa. La conveniencia, la inmediatez y la optimización del tiempo se imponen. Cocinar compite con otros usos del tiempo y pierde.

2. Desaparición forzada. Cocinamos menos porque no podemos. Pisos cada vez más pequeños, cocinas mínimas o simbólicas, alimentos más caros, menos tiempo real disponible, servicios que incentivan el consumo precocinado. No tenemos elección, el sistema nos condiciona y limita.

Lo que sabemos con certeza es que ambos escenarios tienen algo en común: impactan con más fuerza en los grupos más vulnerables, que son quienes pierden antes la capacidad real de elegir.

Para marcas, gobiernos y diseñadores urbanos no es lo mismo un escenario que otro. Si la gente abandona la cocina por elección, la innovación debe centrarse en hacerla más atractiva, rápida, accesible y significativa. Si la abandona porque no hay alternativa, el problema es estructural: justicia alimentaria, salud pública, autonomía y desigualdad.

Como investigadoras, sabemos que el verdadero valor de la investigación está precisamente aquí: en ir más allá del titular y preguntarse qué fuerzas profundas están reconfigurando hábitos, espacios y significados.

No se trata solo de saber cuántos platos preparados se venden. Se trata de entender cómo están cambiando los vínculos entre alimentación, espacio doméstico y tiempo disponible.

Personalmente, creo que las cocinas probablemente no desaparecerán, pero sí se transformarán. Y quien trabaje en esta categoría necesita comprender a fondo qué motiva hoy a las personas a cocinar y qué les impide dejar de hacerlo, para garantizar que son las necesidades y el bienestar de las personas lo que prima en la decisión y no los intereses del mercado.

Escribe: Paula Ruiz

De la obsolescencia al fenómeno cultural: por qué las cámaras analógicas hoy son tendencia.

En un mercado donde la calidad se ha democratizado, la fotografía analógica aporta nuevos códigos para expresar diferencia. Un valor que el smartphone no puede replicar.

¿Te acuerdas de las famosas cámaras réflex? Durante un tiempo fueron objeto de deseo. Buscábamos el enfoque perfecto, el fondo difuminado, la máxima nitidez. Tener una buena cámara era un marcador de estatus para millennials. Te permitía diferenciarte; tú eras quien hacía “las buenas fotos”. Pero esa ventaja simbólica se desvaneció. Los móviles hicieron de la cámara su principal reclamo: cada nuevo modelo prometía más megapíxeles, más estabilización, más perfección. Las cámaras digitales quedaron relegadas y las analógicas… prácticamente enterradas. La mayoría de jóvenes apenas las había usado nunca.

Parecía el típico ciclo de desaparición tecnológica que ya hemos visto mil veces: los videoclubs, los MP3, tantas categorías que no sobrevivieron a la digitalización.

Pero la historia no terminó ahí. De hecho, dio un giro que nadie vio venir.

Si has pasado últimamente por una tienda de revelado fotográfico, quizá te haya sorprendido lo mismo que a nosotras: hay cola. Y no es una cola de nostálgicos mayores de 50 rescatando carretes olvidados en un cajón. Son jóvenes. Muchos. Carretes en mano. Revelando en digital y en papel. Y no como un gesto aislado, sino como un hábito que se consolida.

La explicación es más profunda que una moda pasajera. Hemos llegado a un punto de saturación estética en el que la perfección abunda y, por tanto, pierde valor. Una foto técnicamente impecable ya no dice nada sobre quién la hizo. No cuenta una historia, no expresa identidad, no aporta singularidad. La Gen Z lleva años inmersa en una estética hiperproducida: filtros, HDR, algoritmos que pulen cada detalle, contenidos pensados para ser impecables.

En un mercado donde la calidad se ha democratizado, la cultura necesita nuevos códigos para expresar diferencia. Y ahí la fotografía analógica aporta lo que el smartphone no puede replicar:

1. Autenticidad

Desde 2020 vemos un patrón transversal: cuanto más “perfectos” se vuelven los productos, más crece el deseo por lo imperfecto. Moda (denim desgastado), música (el vinilo), diseño (estética “cruda”), gastronomía (lo artesanal).

La fotografía analógica encaja en esa lógica: grano, luz caprichosa, colores impredecibles. Una estética que susurra: “esto no lo ha tocado un algoritmo”.

2. Diferenciación

La Gen Z produce y consume miles de imágenes al día. Instantáneas intercambiables, hipereditadas, con códigos visuales repetidos. Frente a eso, el carrete ofrece singularidad.

Una fotografía analógica tiene textura, carácter y una narrativa imposible de copiar con un móvil. Y en un entorno en el que la identidad digital es central, diferenciarse importa.

3. Priorización

El carrete impone límites. Obliga a elegir. Y esa elección convierte cada foto en un acontecimiento. Pasamos de hacer 200 fotos “porque no cuesta nada” a pensar dos veces antes de disparar. Ese freno introduce intención y simbolismo: capturas algo porque realmente merece ocupar un fotograma.

4. El valor del proceso

Para una generación que vive en la inmediatez, esperar un revelado es casi contracultural.

Cargar un carrete, disparar una sola vez, esperar días, recibir las fotos… y descubrir qué salió devuelve algo que habíamos perdido: ilusión.

Ese intervalo entre hacer la foto y verla genera expectativa, emoción, memoria afectiva. Justo lo que la instantaneidad digital ha ido erosionando.

5. Personalización

Fotografiar con carrete también opera como símbolo cultural. Requiere gusto, cierta pericia técnica (luz, enfoque, exposición), sensibilidad estética y afinidad con un imaginario concreto. Una cámara analógica convierte cada foto en una declaración: “No hago fotos como todos los demás”.

Aunque la tecnología parecía condenar a las cámaras analógicas a la desaparición (los smartphones prometían reemplazarlas y superarlas) ocurrió lo contrario. Una generación que apenas había tenido contacto con ellas, salvo quizá en su infancia, las ha rescatado y las ha convertido en un activo simbólico: una afición con valor, un lenguaje visual propio y un ritual con significado.

Lejos de desaparecer, han vuelto con fuerza. Y todo apunta a que, esta vez, vienen para quedarse. Así que, si todavía no sabes qué regalar estas Navidades, quizá valga la pena pasarte por una tienda de fotos.

Escribe: Paula Ruiz

Las mujeres hoy son más libres, pero la tecnología y la economía amenazan esa libertad.

La violencia se está desplazando hacia territorios invisibles, digitales, normalizados. Y justo cuando las mujeres han logrado más autonomía que nunca, emergen nuevas dinámicas: tecnológicas, económicas y sociales, que amenazan con revertir ese progreso.

Estar soltera está de moda. Lo anunciaron Bad Bunny, Daddy Yankee y Lunay en 2019 y ahora lo confirma hasta VOGUE. “Estar en pareja ya no afirma tu feminidad”, escribe Chanté Joseph; “si acaso, declararse soltera se ha convertido en un gesto de orgullo”. Los datos del CIS apuntalan este cambio: los menores de 30 han pasado de tener pareja en un 70% a apenas un 50%. No es una sorpresa. Ya en 1980 muchos jóvenes creían que la tendencia de futuro sería la soltería, y hoy la cultura popular ha convertido ese diagnóstico en relato aspiracional.

La cuestión relevante no es si “está de moda” estar soltera, sino por qué tantas mujeres sienten que es su mejor opción. Lo que realmente está de moda es la autonomía. Esa autonomía ha ampliado la capacidad de decisión de las mujeres y ha elevado los estándares relacionales. Ya no necesitan una relación para sostener su vida. No es fruto del azar: es la consecuencia directa, aunque a algunos les incomode admitirlo, de los avances del feminismo. Las mujeres estudian más, acceden más a la educación superior y cuentan con mayor capacidad económica que antes. Por eso esperan más de sus relaciones: porque pueden permitírselo. La soltería no es un rechazo al amor, sino a dinámicas que todavía algunos se empeñan en mantener.

Este fenómeno convive con una transformación de fondo: la brecha entre los modelos relacionales de hombres y mujeres se ensancha. Como he señalado en artículos anteriores, los modelos masculinos evolucionan más despacio. Mientras ellas demandan vínculos más libres, igualitarios y corresponsables, muchos hombres siguen anclados en expectativas heredadas. Esta asincronía genera una fractura silenciosa: para muchas mujeres, no es que falten hombres, faltan hombres que que cumplan los mínimos de igualdad que consideran irrenunciables.

Pero la autonomía no depende solo de expectativas afectivas, sino de condiciones materiales. Ahí emerge uno de los riesgos más infravalorados del presente. En muchas ciudades, vivir sola es un lujo. Con salarios medios incapaces de cubrir alquileres que no paran de subir, la independencia material se convierte en privilegio. Surge entonces una paradoja: si no puedes pagar un alquiler sola, si sostenerte sin pareja es inviable, si la precariedad te obliga a convivencias no deseadas, aunque ya no dependas emocionalmente, puedes verte forzada a depender económicamente. Y cuando la convivencia deja de ser elección para convertirse en necesidad, las dinámicas de poder regresan por la puerta de atrás.

A este escenario se suma la amenaza digital. La violencia ya no necesita presencia física. La tecnología ha democratizado la capacidad de dañar. La irrupción de la IA ha abierto un campo nuevo de vulnerabilidad para las mujeres. Según el estudio “Así somos” de Plan Internacional (2025), las chicas perciben en mayor medida que la IA supone más riesgos para ellas que para ellos (40% vs. 31%). Su temor central es inequívoco: que sus imágenes se utilicen para generar vídeos sexuales falsos. Ocho de cada diez chicas temen que una imagen suya circule sin consentimiento y permanezca en internet para siempre.

Ellos, en cambio, lo consideran menos grave. Solo el 70% de los chicos ve inaceptable crear imágenes sexuales falsas de una chica mediante IA, frente al 81% de ellas. Una brecha de percepción que explica por qué estas violencias prosperan: quienes las sufren temen; quienes las ejercen minimizan.

Lo más revelador es que el 72% de los chicos teme ser acusado falsamente de acoso o violencia. Un miedo desconectado de los datos: entre 2009 y 2023, solo el 0,0084% de las denuncias fueron consideradas falsas según la Fiscalía General del Estado. La narrativa del “temor a la denuncia falsa” no nace de la realidad, sino de una reacción defensiva ante el avance de la igualdad. Mientras ellos temen denuncias que casi no existen, ellas enfrentan violencias que sí.

Todo esto ocurre en un año en el que las cifras podrían invitar a un optimismo ingenuo. A 5 de noviembre de 2025 se registran 36 feminicidios, la cifra más baja desde que hay datos. Aunque previsiblemente aumentará (la media histórica añade unos diez casos más), el dato podría leerse como avance. Pero sería irresponsable hacerlo. El asesinato es la punta del iceberg. Por debajo persisten el acoso sexual digital, las agresiones entre jóvenes, los deepfakes, la difusión no consentida de contenido y las violencias económicas invisibles. El 15% de las chicas declara haber sufrido algún tipo de violencia o acoso sexual, frente al 6% de los chicos. La asimetría es estructural.

Las mujeres jóvenes son más libres que hace veinte años. Esa es la buena noticia. La mala es que esa libertad no se preserva sola. La violencia no desaparece: muta. Y si no entendemos hacia dónde se desplaza -lo digital, lo económico, lo cotidiano- corremos el riesgo de retroceder sin darnos cuenta. La autonomía de las mujeres es el mayor logro social de nuestro tiempo, pero sigue siendo vulnerable. Y lo será mientras la economía, la tecnología y la percepción social avancen por caminos que no siempre acompañan su progreso.

Escrito por: Paula Ruiz

Fuentes consultadas:

https://www.vogue.es/articulos/tener-novio-verguenza

https://elpais.com/estilo-de-vida/2025-11-06/tener-novio-da-verguenza-el-nuevo-discurso-viral-que-redefine-el-amor-y-la-solteria.html

https://plan-international.es/asi-somos-el-estado-de-la-adolescencia-en-espana

No es el aguacate ni el café de especialidad: es la estructura

Fig.01 – Fotografía propia

En los últimos años, se ha vuelto habitual escuchar que los jóvenes no compran vivienda porque prefieren gastar en ocio, viajes o tecnología. Un relato muy peligroso, porque responsabiliza exclusivamente al individuo y omite los factores estructurales.

Los datos dibujan otra realidad. Según Eurostat, desde 2015 el coste medio de comprar una casa ha subido más de un 50 %, mientras que los salarios de los jóvenes apenas han aumentado en los últimos años. Según El Pais, los menores de 25 años deben destinar casi diez años de trabajo para adquirir una vivienda, casi el doble que hace dos décadas.

A esto se suman los alquileres disparados, los contratos temporales y la falta de estabilidad laboral: según el SEPE, los menores de 30 años tienen contratos temporales en mayor medida que el resto de la población. En este contexto, la posibilidad real de ahorrar para la entrada de una vivienda es limitada.

El mito del “gasto en caprichos” como explicación única del no acceso a la vivienda por parte de los jóvenes es falso. Salir a cenar o viajar no es la causa estructural de la precariedad ni del encarecimiento inmobiliario; es, en muchos casos, una forma de construir redes, experiencias y bienestar en un entorno en el que otras formas de seguridad (propiedad, estabilidad) resultan inalcanzables.

La narrativa que culpa a los jóvenes de no “invertir correctamente” su dinero ignora que la inversión en vivienda ya no es accesible. La movilidad social y la capacidad de acumular capital se han reducido drásticamente.

En Materia Prima, desde la investigación, observamos un patrón claro: las decisiones de consumo de los jóvenes no son simples “caprichos”, sino estrategias para generar calidad de vida y sentido de pertenencia en un contexto económico hostil. Las marcas que logran entender esto —y no juzgarlo— construyen relaciones mucho más auténticas con esta generación.

En definitiva, culpabilizar a los jóvenes por su forma de consumir es ignorar un contexto económico y cultural profundamente desigual. Porque no es el café de seis euros que toman una vez a la semana, quien lo consuma, ni el viaje de verano lo que les impide comprar una casa; es la estructura económica. Y seguir responsabilizando a los jóvenes de no “invertir bien” solo aleja el debate de donde debería estar: la necesidad de políticas de vivienda y empleo que devuelvan margen de maniobra a las nuevas generaciones.

Escribe: Paula Ruiz

El hombre performativo y los arquetipos de investigación

Este verano, y parece que también para este otoño, hemos contado con un inesperado protagonista. No es una celebrity ni tampoco un político, es un arquetipo: el hombre performativo.

Puede que te lo hayas encontrado en el metro o en alguna cafetería: tote bag colgando del hombro, un libro de una autora feminista en la mano, matcha latte en la otra. Algunos incluso llevaban un Labubu como accesorio. Una estética tan precisa que casi parece un uniforme.

Según contaba The New York Times, este hombre se construye como la antítesis del hombre “tóxico”. En España también lo conocemos como “el aliado”, un hombre que quiere proyectar sensibilidad, apertura y compromiso. Pero hay un matiz perverso, su aparente interés por el feminismo o por romper con los estereotipos de la “masculinidad tóxica”, rara vez nacen de un deseo real de entender las desigualdades o de transformarlas; nace de algo más básico: atraer la mirada de las mujeres.

Lo superficial se delata pronto. Como cuenta el artículo del NYT, en una competición para elegir al “más performativo” en Seattle, varios participantes no supieron responder qué era una copa menstrual ni en qué año las mujeres obtuvieron el derecho al voto. La estética estaba clara; la actitud, no tanto. Lanna Rain, la organizadora del evento lo resumía con ironía: es un hombre que viste soft, escucha a artistas femeninas y repite nombres de autoras sin conocer sus obras. Una especie de collage humano hecho de tote bags y playlists. A nosotras nos recuerda a Timothée Chalamet en la película “Lady Bird”, convertido en meme global.

Algunos críticos, como Lionel Delgado, alertan del riesgo de ridiculizar estas nuevas masculinidades. Al fin y al cabo, son intentos de alejarse del modelo de masculinidad “alpha”. Pero lo que vuelve frágil al “hombre performativo” es la distancia entre lo que aparenta y lo que hace. Entre el accesorio y la convicción.

Y aquí es donde este fenómeno de moda se cruza con la investigación. Cuando un equipo de investigación dibuja un perfil basándose solo en aspectos sociodemográficos —edad, sexo, ingresos, ciudad—, ocurre los mimo, destaca la superficie pero olvida la profundidad.

Un buen arquetipo se construye con actitudes, motivaciones, tensiones internas y experiencias. Es lo que diferencia un cliché de un retrato. Lo que separa la foto fija de la explicación real de comportamientos, necesidades y deseos.

En investigación —como en la vida— lo performativo no basta. Queremos arquetipos que nos cuenten por qué, no solo cómo. Porque si nos quedamos en la estética, lo único que conseguimos es postureo.

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Artículo escrito por: Paula Juan

El fenómeno de los Labubus y cómo la cultura pop china ahora marca tendencia

Este verano pasé todo el mes de agosto en China y, nada más llegar, me sorprendió ver que casi todo el mundo llevaba uno o varios muñecos colgando de sus bolsos o mochilas. No eran solo niños o jóvenes: también adultos, incluidos ejecutivos de traje camino a la oficina, los lucían con total naturalidad.

Tampoco era de extrañar, ya que en cada calle o centro comercial abundaban tiendas como Miniso o Popmart, llenas de colecciones que iban desde Lotso, el oso de Toy Story, hasta la Bebé Llorona, la nueva muñeca de moda. Entre todos los accesorios, uno destacaba especialmente: los Labubus, muñecos de peluche de un palmo de altura, con forma de monstruo y disponibles en distintos colores. Aunque en España ya habían aparecido, en China estaban literalmente por todas partes.

Tras comprar mi propio Labubu (y algún otro charm para mi bolso), empecé a investigar para entender no solo su éxito, sino también por qué yo misma había caído en la tendencia. Pronto comprendí que no se trata de una moda aislada: detrás de estos muñecos hay un nuevo modelo de consumo cultural, impulsado por varios factores:

Esto explica el éxito del Labubu y de otros muñecos en China, una tendencia consolidada en Asia desde hace años. Pero lo realmente interesante es por qué ahora se ha expandido al resto del mundo, la respuesta es que estamos ante una nueva geopolítica de la cultura pop.

Asia ya no solo fabrica para Occidente; diseña y exporta sus propios imaginarios culturales. Corea inició la ola con el K-pop y la cosmética, y ahora este fenómeno se extiende al resto del continente, transformando la forma en que se crean y consumen tendencias a escala global.

En España ya empezamos a verlo: primero fueron los Sonny Angels y ahora los Labubus. Popmart acaba de abrir su primera tienda aquí y agotó las existencias en minutos. Incluso Zara ha lanzado su propia colección de accesorios para colgar en los bolsos.

Es cierto que no sabemos cuánto durará el furor del Labubu —según Expansión, las acciones de Popmart caen a medida que la moda retrocede—. Pero sí sabemos que el Labubu (y sus equivalentes) es mucho más que un capricho pasajero: es un síntoma de cómo China ya no solo fabrica para Occidente, sino que diseña y exporta sus imaginarios culturales.

Artículo escrito por: Paula Ruiz