«Feminista» no es un adjetivo: del brief al olvido

Hay palabras que mueren de éxito. «Sostenible» fue una de ellas. «Auténtico» también. Y ahora le toca el turno a «feminista». Lo sé porque la vi en todas partes. Hubo marcas de lencería feministas, bodas feministas, campañas publicitarias feministas y, como señala Ana de Miguel en su trabajo sobre neoliberalismo sexual, hasta la revista Vogue España se preguntó en su momento: «¿Qué tipo de feminista eres, Gwyneth o Miley?». La pregunta tiene el mérito de ser ridícula en varios niveles a la vez. Hoy ya casi nadie la haría. No porque la respuesta sea obvia, sino porque la palabra ha dejado de vender.

Foto de Lindsey LaMont en Unsplash
Foto de Lindsey LaMont en Unsplash

En el sector del diseño esto se nota de una manera particular. El diseño siempre ha tenido una relación estrecha con el poder; hace visible lo que alguien quiere que sea visto, y oculta lo que no. Cuando una marca nos pide que hagamos algo «con perspectiva de género» o «con sensibilidad feminista», la primera pregunta que tengo que hacerme es ¿a quién beneficia? Porque hay dos usos del feminismo como adjetivo que conviven, aparentemente contradictorios pero que en realidad sirven al mismo propósito.

El primero es el uso decorativo. «Feminista» como atributo de marca para hacer más atractivo un producto o un contexto. La lógica es sencilla, el feminismo lleva décadas instalándose en el sentido común, especialmente entre mujeres jóvenes. Si asocias tu producto al concepto, vendes más. El problema es que este uso vacía de contenido el concepto. Y cuando el concepto ya no vende, se abandona. Que «feminista» haya desaparecido casi por completo del discurso de las marcas en los últimos años es el ciclo natural de la apropiación. Se toma la energía, que no el significado, se usa, y se descarta cuando ya no es útil.

El segundo uso es el contrario, «feminista» como concepto arrojadizo. En ciertos círculos decir que algo «suena demasiado feminista» es una manera de frenarlo. De hacerlo parecer excluyente. Lo curioso, y esto es lo que a mí me parece más interesante, es que ambos usos tienen el mismo efecto: diluir su significado.

Cuando el diseño, o cualquier disciplina creativa, usa «feminista» como etiqueta, pretende capitalizar el movimiento feminista para fines propios, sin asumir ninguno de sus compromisos.

La pregunta, si trabajas en diseño y te importa esto, es qué estás dispuesta/o a examinar. Desde ahí se puede empezar a trabajar. Y desde ahí estamos construyendo Material, un laboratorio de diseño desde la teoría crítica feminista. Pero eso es para la próxima entrada.

Escribe Marina Lorenzo

Hasta que el algoritmo vino a por mi terapeuta

Estaba escuchando Deforme Semanal, el podcast de Lucía Lijtmaer e Isabel Calderón, cuando anunciaron una app de terapia online. Nada extraordinario. Vivimos patrocinadas.

Algunas oyentes escribieron para pedirles que no recomendaran ese tipo de plataformas. No porque estuvieran en contra de la terapia sino porque, según ellas, esas apps precarizaban a las profesionales: detrás del tono amable y el “empieza hoy mismo” había tarifas comprimidas, falsas autonomías y cuidado convertido en suscripción mensual.

Días después leí en El País un artículo titulado “Psicólogos, abogados, cuidadores… La precariedad de las plataformas digitales asalta a cada vez más sectores”. Quizá no era casualidad, sino síntoma.

Durante años creímos que la conversación sobre plataformas digitales iba de repartidores. De Glovo y de riders bajo la lluvia. Era fácil indignarse ante una mochila cuadrada y una bici. Pero mientras mirábamos ahí, el modelo se colaba en la consulta psicológica, el despacho de abogados, la enfermería, el cuidado de nuestros padres.

Entonces, la cuestión dejó de ser laboral para volverse personal.

Nuestra moral tecnológica es selectiva.

Pedimos sushi por una app sin conflicto existencial. Si el repartidor llega tarde, nos enfadamos; si llega rápido, le damos en la app cinco estrellas y seguimos con nuestra vida.

Pero ¿haríamos lo mismo con un psicólogo? ¿Puntuaríamos con tres estrellas una sesión porque “no conecté mucho”? ¿Elegiríamos cuidadora para nuestro padre como quien elige conductor, por proximidad y precio?

No todas las apps ocupan el mismo lugar en nuestra conciencia. Las de consumo inmediato operan en la lógica de la conveniencia. Su valor es la fricción cero. Si algo falla, el coste emocional es bajo.

En cambio, cuando hablamos de cuidado o de ejercicio profesional cualificado, delegamos vulnerabilidad. No compramos solo tiempo; entregamos intimidad, salud, estabilidad. Ahí la ecuación deja de ser logística y se vuelve moral.

Y sin embargo, usamos las plataformas igual.

La urgencia como argumento moral ¿Por qué? Porque resuelven algo profundamente contemporáneo: la urgencia y la soledad organizativa.

Las plataformas han entendido nuestra ansiedad temporal. Prometen inmediatez en un mundo que ya no soporta la espera. Y convierten decisiones complejas en gestos simples: un perfil, unas estrellas, un precio cerrado.

El algoritmo reduce la complejidad ética a una interfaz limpia.

Si todo se puede comparar, clasificar y puntuar, todo se puede condensar en precio. Y lo que no cabe en la métrica —la continuidad clínica, la responsabilidad deontológica, el vínculo terapéutico— queda fuera de pantalla.

Rami Al-zayat

Tradicionalmente, la legitimidad en psicología, abogacía o enfermería descansaba en instituciones (colegios profesionales, acreditaciones, trayectorias, reputación construida con tiempo). No era perfecto, pero había un marco.

Hoy la confianza se desplaza hacia ratings y matching algorítmico. La plataforma no solo conecta: ordena, prioriza, visibiliza o invisibiliza. Y cuando fija precios o penaliza desempeño, deja de ser escaparate para convertirse en actor con poder, y genera tres tipos de usuarios:

  1. El pragmático: “Si funciona y es más barato, adelante”.
  2. El ambivalente: “No me gusta, pero no veo alternativa”.
  3. El incómodo: “No quiero sostener un modelo que precariza al trabajador”.

Las oyentes del podcast no hablaban desde la teoría laboral, sino desde la coherencia. No querían que algo que consideran cuidado —y casi militancia emocional— se financiara con un modelo que erosiona a quien cuida.

Ahí la precarización deja de ser un concepto abstracto. Se vuelve experiencia moral. Es mi terapeuta cobrando menos. Es una enfermera encadenando turnos.

Hay un poema que todos recordamos que empieza diciendo que primero vinieron a por unos y no dijimos nada porque no éramos de esos.

Durante años pensamos que la economía de plataformas afectaba a “otros”. A trabajos duros, visibles, fácilmente externalizables. Nos indignábamos, sí, pero desde cierta distancia.

El problema es que el modelo no distingue entre hamburguesas y sesiones de terapia. Entre trayectos y diagnósticos. La lógica es la misma: desintermediación institucional, intermediación algorítmica, fragmentación del trabajo, presión sobre precios.

Lo que cambia es nuestra tolerancia.

Aceptamos sin conflicto que nos traigan a casa pad thai en veinte minutos. Pero cuando la lógica de la app se sienta frente a nosotros en un diván y nos pregunta cómo nos sentimos esta semana, algo se descoloca.

Porque ya no es solo eficiencia. Es cuidado. Y el cuidado no es un marketplace inocente.

Quizá por eso aquellas oyentes escribieron para defender una frontera simbólica, la idea de que no todo debe organizarse bajo las mismas reglas que el delivery.

No es que las plataformas “lo vayan a precarizar todo”. Es que, si no discutimos sus límites, tenderán a hacerlo. Es lo que hacen los modelos de negocio cuando no encuentran resistencia normativa ni cultural.

Y quizá dentro de unos años recordemos este momento con una mezcla de desasosiego por nuestra ingenuidad y nostalgia. No cuando vinieron a por los riders —eso parecía lejano— sino cuando el algoritmo llamó a nuestra puerta con voz amable, tarifa reducida y terapia en 24 horas.

Y caímos en la cuenta de que ya alguien, desde un podcast que nos hace reír, nos dijo: “¡cuidado!”.

Escribe Marina Lorenzo

Coffee raves: la fiesta en la era de la autoexplotación

“Coffee shop raves are basically nightlife being domesticated into something palatable for the Instagram era.” – Shadi Megallaa, DJ

Tijs van Leur, Unsplash

En un mundo hiperdigitalizado, lo presencial vuelve a tener valor. Pero no todo vale.

El éxito de la campaña de Zohran Mamdani, como explicaban Emma Goldberg y Benjamin Oreskes en el New York Times, no fue solo digital (aunque su destreza con Tik Tok es innegable), fue físico. Su propuesta de campaña consiguió trasladar a sus votantes, especialmente a los más jóvenes, a encontrarse en persona en un momento atravesado por la soledad. En un una cultura hiperconectada pero socialmente erosionada, ofrecer un especio físico de reunión era una estrategia política perfecta.

Lo físico, por tanto, importa; pero no todo lo físico reconecta. Hay acciones presenciales que crean comunidad porque nacen de una necesidad real y están alineadas con quien las impulsa. Y hay acciones presenciales que simplemente trasladan la lógica digital al espacio offline, apropiándose de formatos culturales que no les pertenecen. Lo que cambia no es la estructura, sino el decorado. Y cuando lo presencial se convierte en un recurso táctico más, la comunidad deja de ser el centro y pasa a ser la excusa.

Las ‘coffee raves’ son un ejemplo de estas acciones mal pensadas y peor entendidas.

Es innegable que los hábitos de la gente han cambiado. Los datos de la Encuesta Nacional de Salud de España lo validan:

Somos más saludables, tenemos más autocontrol.

Y tiene sentido que haya ocurrido cuando vivimos en un contexto de incertidumbre: crisis climática, precariedad, inflación, guerras, etc. Si no podemos controlar el mundo, al menos controlaremos nuestro cuerpo, ¿no?

Pero este giro hacia lo saludable no es naive. Está profundamente conectado con la cultura de la autoexplotación. “Cuídate porque tienes que ser la mejor versión de ti mismo”, convertirte en el mejor producto posible dentro del sistema.

En ese cruce entre autocuidado y rendimiento aparecen las ‘coffee raves’: fiestas que empiezan a las once de la mañana y no tienen lugar en un club, sino en cafeterías (esas donde el café está sobre los 5€). Fiestas pensadas para que puedas madrugar, hacer deporte, “salir” y volver pronto a casa. No hay lugar para la resaca y tampoco para el descontrol.

El problema de esta tendencia empieza con el uso del término ‘rave’. Como explicaba Noelia Ramírez en Babelia: la rave nace y se basa en la autogestión, lo colectivo, en estar en los márgenes y tener cierto carácter politizado. Un espacio donde la música, el baile y la comunidad son la clave y la razón de ser del evento. Donde sabes cuándo vas a empezar, pero no cuando vas a terminar. Un lugar donde puedes desconectar.

La propuesta de los ‘Coffee raves’ es su antagonista perfecto. Es una fiesta que no interrumpe tu productividad, más bien la optimiza.

Sales el sábado por la mañana, bailas dos horas, subes stories y vuelves a casa a una hora decente. Quizás te pides algo a casa, pero algo healthy (no, no son las seis de la mañana y tu kebab de confianza o la hamburguesa de 2€ no es la única opción disponible). El domingo vas a tu clase de Crossfit/Barre/Pilates/… y, si puedes, adelantas trabajo. No hay ruptura con el yo laboral y productivo. No hay desconexión real.

Stephanie, en The Carpet, describía así el ambiente de una coffee rave: “todo el mundo estaba inmaculadamente limpio, con activewear perfectamente coordinado y el pelo impecable. Estaban bailando, sí, pero atentos a cómo estaban siendo observados”. No es el cuerpo que se desinhibe en la oscuridad. Es el cuerpo que sigue siendo consciente de la mirada.

Uno de los objetivos que tiene la fiesta es separar tu ‘yo productivo’ del ‘yo nocturno’. Permitían experimentar identidades no orientadas al rendimiento. Las coffee raves no separan, integran. La idea no es que desconectes, sino que continúes optimizando tu tiempo, tu cuerpo y tu imagen.

La música incluso es secundaria. El DJ Azzouni, en una entrevista en Scene Noise, comparaba la música de estas fiestas con las sesiones de YouTube que te pones de fondo mientras trabajas. Es decir, hay un DJ pero la música que reproduce es funcional, no transformadora. No, después no te entrará la curiosidad de ver en qué otros carteles aparece su nombre.

El resultado es que la experiencia se convierte en contenido. No se busca generar conversación entre los asistentes, ni una comunidad; solo importa qué imágenes para redes sociales se producen. La experiencia se traduce rápidamente en stories. La colectividad se convierte en visibilidad. Y cuando detrás de estas fiestas hay marcas, es aún más evidente. El objetivo deja de ser la música o el encuentro y pasa a ser la promoción. La asistencia se convierte en prueba de afinidad. El cuerpo baila, pero también publicita.

Aquí es donde conviene detenerse como marca. Salir de lo digital puede tener un impacto enorme. Generar experiencias físicas puede ser una forma poderosa de conectar. Pero hay que entender cuál es el lugar que ocupas. Y qué espacios no te pertenecen.

El motivo de los encuentros de Zohran Mamdani no era la producción de contenido. Organizó encuentros para construir una comunidad. Lo físico no era un gesto estético ni una tendencia; era infraestructura política. Existía una coherencia en el evento con su mensaje, con su electorado y con la necesidad de combatir la desmovilización.

La diferencia, por tanto, está en el propósito.

Cuando lo presencial responde a una carencia estructural y se articula desde una visión clara, genera comunidad.

Cuando las marcas colonizan fenómenos culturales sin comprender su contexto, su historia, ni su función, no solo corren el riesgo de parecer oportunistas. Contribuyen a la devaluación de espacios que para muchas personas tenían un sentido propio.

Las coffee raves organizadas por marcas surgen de detectar una microtendencia rentable. No buscan sostener vínculos; buscan capitalizar atención.

En un momento en el que entre el 17 % y el 21 % de la población mundial declara sentirse sola, según la OMS, lo que proliferan no son espacios de conversación lenta, sino eventos altamente fotogénicos. No se busca generar comunidad; se busca generar prueba de asistencia.

Cada vez quedan menos lugares que no estén atravesados por la lógica del consumo y la exposición. Si también los pocos espacios de encuentro que emergen en respuesta a la soledad terminan convertidos en plataformas de marca, ¿qué margen queda para la experiencia no instrumentalizada?

La pregunta no es si las marcas deben estar en lo presencial. La pregunta es desde dónde, para qué y con qué límites.

En un momento en el que casi todo está atravesado por la lógica del rendimiento y la visibilidad, quizá la coherencia estratégica no consista en estar en todas partes, sino en saber dónde no estar.

No todo espacio necesita marca. Y no toda tendencia necesita activación.

Escribe Paula Juan

Artículos mencionados:

La paradoja de eliminar la fricción

Brett Jordan, Unsplash

Si por cada vez que he leído la palabra ‘fricción’ en mi feed de LinkedIn o Substack me hubieran dado 5€, ahora mismo podría permitirme ignorar este debate desde una hamaca en una playa paradisiaca. Pero como no, he decidido que yo también me sumo a la conversación del tema fetiche de inicio de año.

Sobre lo que hoy voy a hablar está muy relacionado con algunas de las ideas que ya aparecían en el artículo que escribí acerca del ‘doomscrolling’ y esa sensación compartida de que, en algún punto, nos hemos ido un poco tontificando. Consecuencia del exceso de facilidades, no porque realmente haya mermado nuestra inteligencia. Por la optimización extrema para que nada cueste demasiado.

Jordi Pérez Colomé explicó muy bien qué es esto de la fricción en su newsletter de Teconología en ‘El País’:

“La fricción es el proceso hasta lograr algo: los clics o los saltos entre páginas. Silicon Valley quiere reducirlo al mínimo para que usemos más sus herramientas. Pero algo de fricción está bien para que el cerebro no nos quede completamente frito.”

Durante años, las tecnológicas nos han vendido la fricción como un fallo. Algo que había que eliminar. Kathryn Jezer-Morton lo formulaba así en The Cut: nos han hecho creer que la vida en sí misma es un inconveniente, y que la solución pasa por refugiarnos en algoritmos predictivos que anticipen, suavicen o directamente eviten cualquier incomodidad.

La promesa se centro en esforzarse menos, obtener menor margen de error y una experiencia sin fricciones. Pero el efecto colateral no es neutro.

Cuando esquivamos sistemáticamente la fricción, empezamos a confundirla con sufrimiento. Huimos de cualquier dificultad porque la leemos como daño, cuando en realidad muchas veces solo nos exige atención, paciencia o un poco de esfuerzo.

Podríamos situar el año 2010 como el punto de inflexión, con la normalización de Google Maps. Como señala Esther MK, fue el momento en el que dejó de ser importante retener conocimiento y pasó a ser suficiente saber dónde encontrarlo. La fricción de perderse, de preguntar, de equivocarse de camino, desapareció. Aprender empezó a parecerse menos a entender y más a ejecutar instrucciones.

Diez años después, el salto ha sido inmenso. Ya no es solo que no tengamos que aprender o buscar información, sino que hay una IA que resuelve la tarea directamente por nosotras. Ya ni siquiera hace falta entender el proceso. Y, aunque nos seduce la idea de ganar eficiencia, o nos justificamos con que delegar tareas nos dejará espacio para el pensamiento crítico, ¿qué pasa cuando, en nombre de la eficiencia, dejamos de pensar en ‘qué es lo que estamos haciendo’?

La obsesión del diseño digital de la última década estaba en minimizar fricciones. Y no se trata de negar lo obvio, el buen UX sigue siendo fundamental (no, nadie quiere hacer 10 clics para enviar un Bizum). Pero sí conviene preguntarnos hasta dónde han de llegar las facilidades.

¿Queremos productos que lo hagan todo por nosotras?

¿O productos en los que apenas tengamos que intervenir?

Los adultos aprendemos a base de error, de chocarnos con el mismo bache más de una vez. Un producto en el que no decides, no pruebas y no te equivocas, difícilmente se vuelve relevante. Pienso en herramientas como Notion: más allá de su propuesta de valor, su éxito también tiene que ver con que cuanto más mimo le pones, mejor responde. El usuario no solo consume el producto, lo construye. Y eso genera vínculo, curiosidad y permanencia.

No es casual que estemos viendo un cierto retorno a productos analógicos o semi-analógicos. Es una reacción a la algoritmización predictiva de todo. A esa sensación de ir en piloto automático, cuando lo interesante de la vida es precisamente sentir las curvas, cambiar de marcha, decidir el ritmo.

La cuenta Byooooob lo posteaba en Instagram:

“Anhelamos los restos del esfuerzo. Las huellas visibles del esmero. Ambas son esenciales. El esfuerzo por algo que no te importa es solo trabajo tedioso. El esmero sin esfuerzo es pura fantasía.”

No hablamos de volver a hacer las cosas innecesariamente complejas. Hablamos de evitar las distopías escritas en el siglo XX, que cada vez se alejan más de la ciencia ficción y parecen una caricatura de la actualidad. En Mundo feliz, por ejemplo, el problema no era el dolor, sino su eliminación sistemática. Una vida diseñada para no incomodar acababa produciendo individuos dóciles, satisfechos y poco implicados. “Reclamo el derecho a ser infeliz”, decía el salvaje. No como una reivindicación del sufrimiento, sino como una defensa del derecho a una experiencia no completamente amortiguada. Esa idea convive con otra imagen más pop, la del Wall-E person. Mentes delegadas, decisiones externalizadas. No porque alguien nos obligue, sino porque todo está diseñado para que no tengamos que esforzarnos demasiado.

Esta reflexión es cultural y, por tanto, también es estratégica.

Porque, como recuerda Ana Andjelic, “la eficiencia está bien hasta que convierte tu marca en invisible”. Cuando todas las experiencias son igual de rápidas, igual de limpias, igual de optimizadas, lo que desaparece no es la fricción, sino la diferencia.

Quizá la pregunta no sea cómo eliminar la fricción, sino qué tipo de fricción merece la pena preservar. Aquella que no bloquea, pero sí implica. La que no castiga, pero sí exige. La que no infantiliza, sino que trata al usuario como alguien capaz de aprender, decidir y hacerse cargo.

Escribe Paula Juan

Contenido mencionado en este post:

Del ‘doom scrolling’ al ‘do scrolling’ como estrategia

Ha comenzado 2026 y una idea se repite de forma insistente entre los Substack, podcasts y cuentas que sigo: en 2025 nos dejamos llevar demasiado por el algoritmo. Consumimos cultura y medios de forma tan pasiva que, por momentos, habitamos la cultura en modo automático, y nuestra atención dejó de ser una decisión y se convirtió en algo que simplemente sucedía. Noelia Ramirez y Begoña Gómez en su Podcast ‘Amiga date cuenta’ hablaban de ‘la gran tontificación’.

Lo interesante no es tanto el diagnóstico que hacen estás cuentas, sino sus consecuencias. Porque darnos cuenta del tipo de consumidoras que hemos sido también abre la puerta a cambiarlo. Y cambiarlo implica algo más profundo: modificar nuestra relación con el entorno, la cultura y, por extensión, las marcas.

En octubre de 2025, Derek Thompson escribió que todo se había vuelto televisión. No solo por la omnipresencia del contenido en formato vídeo (reels, Tik Toks, shorts, YouTube), sino porque dejamos de usar las redes sociales para conectarnos con otras personas. Su función original se diluyó y hoy las usamos, sobre todo, para seguir a influencers o celebrities, consumir contenido infinito o rellenar tiempos muertos. No para conocer gente nueva ni para sostener vínculos existentes. La red como espacio relacional se ha transformado en un sistema de entretenimiento continuo.

[Fuente: John Burn-Murdoch at the FT]

[Fuente: activate consulting. Technology & Media Outlook 2026]

Que en 2024 la palabra del año elegida por la Universidad de Oxford fuera ‘Brain rot1 y en 2025 ‘rage bait2 o ‘Slop3’ por el diccionario Merriam-Webster no es anecdótico. Algo se nos removió colectivamente. Estas palabras no solo describen tipos de contenido, sino una incomodidad creciente con el uso que hacemos de Internet: qué consumimos, cómo lo hacemos y qué lugar ha quedado para nuestra agencia.

Por eso empieza a circular una idea interesante para 2026: pasar del doom scrolling al do scrolling. De desplazarnos sin conciencia a usar la red con intención. Quizá por eso plataformas como Substack siguen creciendo, porque no prometen eficiencia ni viralidad, sino lectura, tiempo y decisión.

Este giro conecta con otro cansancio que arrastramos. En 2025 empezamos a cuestionar la cultura exagerada del esfuerzo aplicada también al ocio: medita, entrena, levántate a las cinco de la mañana, optimiza tus hábitos, registra tus emociones. En 2026, la ruptura es más clara. Ya no queremos seguir funcionando como máquinas ni siquiera cuando descansamos.

Parte del consumo vacío de internet es consecuencia directa de ese agotamiento. Llegamos exhaustas a nuestros momentos de ocio después de jornadas enteras de optimización personal y laboral. Y entonces caemos en contenido banal, no por falta de criterio, sino por pura fatiga.

Esther MK lo planteaba así en su newsletter: “En el debate IA vs. humanos, quizá los humanos necesitamos recordarnos no actuar como máquinas. Si la optimización es la lógica dominante de la era de las máquinas, la anti-optimización podría ser el lugar donde se cree el próximo valor humano duradero”.

Aquí aparece una clave estratégica. Si durante años el valor estuvo en la personalización algorítmica, la producción industrial de contenido y la eficiencia extrema, quizá lo diferencial en 2026 sea justo lo contrario.

Como señala Ana Andjelic, la personalización algorítmica ha convertido el descubrimiento en un tour guiado por un mar de igualdad. Todo llega “a medida”, pero nada sorprende. Todo encaja, pero nada deja huella.

En este contexto, acompañar a las personas a recuperar el control de su tiempo y criterio puede convertirse en una ventaja real. No más contenido. No más optimización. Más agencia. Las marcas que sigan optimizando para el algoritmo llegarán antes, pero pasarán igual de rápido.

Porque quizá el problema no era que consumiéramos mal, sino que dejamos de elegir. Y cuando elegir vuelve a ser raro, quien lo facilite deja de competir por atención y empieza a competir por significado.

  1. Brain Rot: deterioro intelectual, psicológico o cognitivo causado por el consumo excesivo de contenido en línea de baja calidad, sobre todo en redes sociales. (Wikipedia) ↩︎
  2. Rage Bait: contenido en línea diseñado deliberadamente para provocar ira o indignación siendo frustrante, provocativo u ofensivo. (New York Times) ↩︎
  3. Slop: refiere a la proliferación de videos e imágenes absurdas (y a veces perturbadoras) que saturan las redes sociales. (El País) ↩︎

Contenido mencionado en este artículo:

Escribe Paula Juan

¿Van a desaparecer realmente las cocinas?

Hace unos meses, el presidente de Mercadona afirmaba que “las cocinas desaparecerán”. Una afirmación tan contundente genera titulares… y muchas preguntas: ¿estamos dejando de cocinar por elección o porque el sistema nos está empujando a hacerlo?

En España siempre hemos sido un país de cocinar y de comer. Y, de hecho, los datos siguen mostrando que una mayoría cocina a diario. Entonces, ¿qué está cambiando realmente?

Desde Materia Prima no nos interesa tanto el pronóstico como lo que revela sobre nuestros modos de vida. Porque cocinar no es solo preparar alimentos: es autonomía, cultura, memoria, cuidado, bienestar y salud. Por eso no basta con mirar las cifras de venta de platos preparados o la frecuencia de cocinado. Hay que interpretar los drivers sociales que están reduciendo la práctica de cocinar y entender cómo están reconfigurando nuestra relación con la alimentación.

En nuestros estudios ya observamos una brecha generacional clara: especialmente entre los más jóvenes se debilita el vínculo con las formas de cocinar y los platos de generaciones anteriores. Si miramos las tendencias con más profundidad, aparecen dos escenarios muy distintos.

1. Desaparición voluntaria. Cocinamos menos porque no queremos. No nos gusta, no nos han enseñado, tenemos otros intereses, vivimos solos, llegamos tarde a casa. La conveniencia, la inmediatez y la optimización del tiempo se imponen. Cocinar compite con otros usos del tiempo y pierde.

2. Desaparición forzada. Cocinamos menos porque no podemos. Pisos cada vez más pequeños, cocinas mínimas o simbólicas, alimentos más caros, menos tiempo real disponible, servicios que incentivan el consumo precocinado. No tenemos elección, el sistema nos condiciona y limita.

Lo que sabemos con certeza es que ambos escenarios tienen algo en común: impactan con más fuerza en los grupos más vulnerables, que son quienes pierden antes la capacidad real de elegir.

Para marcas, gobiernos y diseñadores urbanos no es lo mismo un escenario que otro. Si la gente abandona la cocina por elección, la innovación debe centrarse en hacerla más atractiva, rápida, accesible y significativa. Si la abandona porque no hay alternativa, el problema es estructural: justicia alimentaria, salud pública, autonomía y desigualdad.

Como investigadoras, sabemos que el verdadero valor de la investigación está precisamente aquí: en ir más allá del titular y preguntarse qué fuerzas profundas están reconfigurando hábitos, espacios y significados.

No se trata solo de saber cuántos platos preparados se venden. Se trata de entender cómo están cambiando los vínculos entre alimentación, espacio doméstico y tiempo disponible.

Personalmente, creo que las cocinas probablemente no desaparecerán, pero sí se transformarán. Y quien trabaje en esta categoría necesita comprender a fondo qué motiva hoy a las personas a cocinar y qué les impide dejar de hacerlo, para garantizar que son las necesidades y el bienestar de las personas lo que prima en la decisión y no los intereses del mercado.

Escribe: Paula Ruiz

La clave del CEO de Netflix: aplica la investigación de negocio

A principios de septiembre El País compartía las 10 claves de Marc Randolph, confundador de Netflix, para montar una empresa.

Al leerlas, algunas no nos convencieron para nada; como el lema de que el éxito depende de “personas increíbles” o la idea de “ve ligero” y que nadie cobre al principio nos sonaron a mantras neoliberales que ignoran la realidad. Pero otras claves sí nos encajaron y reflejan nuestra visión sobre los negocios.

El artículo empieza con una frase que a nosotras, ya nos entró bien:

“Montar un negocio y que funcione ya es una conquista. Pero convertirlo en líder mundial de su sector es otro nivel. Para alcanzarlo, la diferencia estriba en observar

Observar, esa es la palabra clave. Y es que, efectivamente, si no observas lo que rodea a tu negocio, lo que pasa dentro y fuera de él, no decides con conocimiento de causa, sino por intuición. Y aunque la intuición y la experiencia son valiosas, no bastan por sí solas para sostener un crecimiento sólido y estratégico.

En Materia Prima hablamos de investigación de negocio precisamente para señalar esto: el proceso de generar y analizar información —propia y externa— que permita tomar decisiones más fiables, estratégicas y alineadas con la realidad.

Entonces, ¿con qué nos quedamos del decálogo de Randolph?

1. Testa tus ideas

Las personas estamos sesgadas por naturaleza y por cultura. Lo que a ti te parece brillante, a otros puede resultar irrelevante o incomprensible. Antes de invertir tiempo y dinero, es imprescindible validar: ¿se comprende?, ¿es necesaria?, ¿aporta valor?

La investigación aquí no es un “lujo” ni un paso burocrático, es lo que separa las intuiciones interesantes de las oportunidades reales.

2. Entiende los problemas de las personas

Validar una idea no garantiza el éxito. Hay que mirar de manera constante a los problemas y fricciones de las personas. Randolph lo subraya al recordar que vivimos en un mundo que cambia a gran velocidad. Explorar el contexto, los hábitos y las necesidades no es una acción puntual; es una práctica recurrente. Solo así puedes asegurar que tu estrategia de negocio sigue conectada con la vida real de la gente.

3. Asegura que tu equipo tenga la información para decidir

De poco sirve generar información si se queda en un informe olvidado. Muchas empresas investigan, pero los aprendizajes se pierden porque no circulan.

Compartir, divulgar y democratizar los datos y el conocimiento dentro de la organización es fundamental para que la toma de decisiones basada en evidencia sea parte de la cultura. No se trata de acumular dashboards y PDF’s, sino de convertir el conocimiento en una herramienta viva que todos puedan usar.

4. Mira a tu competencia

Observar a la competencia no es copiar, es contextualizar. Saber qué están haciendo otros, directos o indirectos, aporta pistas valiosas. Y más aún cuando se conecta con lo que las personas demandan y con las tendencias que se vislumbran.

Investigar a la competencia no es un fin en sí mismo, es un espejo que ayuda a entender dónde estás, qué huecos existen en el mercado y qué oportunidades aprovechar.

En definitiva, aunque no compartamos todas las “claves” de Randolph, sí coincidimos en que un negocio solo crece cuando observa. Y observar significa investigar.

La investigación de negocio no te ofrece todas las respuestas, pero sí proporciona claridad, seguridad y contexto para decidir mejor.

Link al artículo: Lecciones del cofundador de Netflix para montar una empresa: “Una mala idea con un líder increíble puede volverse grande”. Susana Carrizosa
Escribe Paula Juan

No es el aguacate ni el café de especialidad: es la estructura

Fig.01 – Fotografía propia

En los últimos años, se ha vuelto habitual escuchar que los jóvenes no compran vivienda porque prefieren gastar en ocio, viajes o tecnología. Un relato muy peligroso, porque responsabiliza exclusivamente al individuo y omite los factores estructurales.

Los datos dibujan otra realidad. Según Eurostat, desde 2015 el coste medio de comprar una casa ha subido más de un 50 %, mientras que los salarios de los jóvenes apenas han aumentado en los últimos años. Según El Pais, los menores de 25 años deben destinar casi diez años de trabajo para adquirir una vivienda, casi el doble que hace dos décadas.

A esto se suman los alquileres disparados, los contratos temporales y la falta de estabilidad laboral: según el SEPE, los menores de 30 años tienen contratos temporales en mayor medida que el resto de la población. En este contexto, la posibilidad real de ahorrar para la entrada de una vivienda es limitada.

El mito del “gasto en caprichos” como explicación única del no acceso a la vivienda por parte de los jóvenes es falso. Salir a cenar o viajar no es la causa estructural de la precariedad ni del encarecimiento inmobiliario; es, en muchos casos, una forma de construir redes, experiencias y bienestar en un entorno en el que otras formas de seguridad (propiedad, estabilidad) resultan inalcanzables.

La narrativa que culpa a los jóvenes de no “invertir correctamente” su dinero ignora que la inversión en vivienda ya no es accesible. La movilidad social y la capacidad de acumular capital se han reducido drásticamente.

En Materia Prima, desde la investigación, observamos un patrón claro: las decisiones de consumo de los jóvenes no son simples “caprichos”, sino estrategias para generar calidad de vida y sentido de pertenencia en un contexto económico hostil. Las marcas que logran entender esto —y no juzgarlo— construyen relaciones mucho más auténticas con esta generación.

En definitiva, culpabilizar a los jóvenes por su forma de consumir es ignorar un contexto económico y cultural profundamente desigual. Porque no es el café de seis euros que toman una vez a la semana, quien lo consuma, ni el viaje de verano lo que les impide comprar una casa; es la estructura económica. Y seguir responsabilizando a los jóvenes de no “invertir bien” solo aleja el debate de donde debería estar: la necesidad de políticas de vivienda y empleo que devuelvan margen de maniobra a las nuevas generaciones.

Escribe: Paula Ruiz

High Expectation Customer: por qué deberías escuchar a tu cliente más exigente

“Cuando se lanza una startup, tiene que haber al menos algunos usuarios que verdaderamente quieran lo que estás creando, no gente que solo se vea a sí misma usándolo una vez” – Paul Graham

No todos los clientes son iguales. Algunos prueban algo solo por curiosidad; otros buscan soluciones que transformen su día a día. Julie Supan habla de los High Expectation Customers (HXC): los clientes que esperan lo máximo, que juzgan con rigor y que, si los satisfaces, validan tu propuesta de valor como ningún otro cliente.

En lugar de intentar diseñar para todos desde el primer día, el enfoque HXC propone algo distinto: primero, gana la lealtad del segmento más crítico, cuya satisfacción garantiza que tu producto cumple su promesa central, y solo después expande su alcance.

Foto de Jacqueline Munguía en Unsplash

¿Quién es el HXC?

El HXC no es simplemente alguien que usa tu producto. Es quien lo analiza, lo pone a prueba y lo entiende mejor que nadie. Algunas de sus características:

El HXC no tiene por qué ser tu Early Adopter No confundamos early adopters con HXC. El primero busca probar novedades; el segundo evalúa la profundidad del valor que tu producto entrega.

Por ejemplo, en Too Good to Go, el early adopter podría ser alguien ocupado que busca comida barata y lista. El HXC es el ‘waste warrior’: foodie, consciente del desperdicio y comprometido con la sostenibilidad. Es quien realmente valida la propuesta y asegura que el producto cumple su promesa.

¿Cómo encontrar tu HXC? Julie Supan propone un proceso en cuatro pasos:

  1. Investiga. Escucha y observa a quienes usan tu producto hoy. Pregunta qué les funciona, qué valoran y cómo se benefician de tu propuesta.
  2. Analiza y calibra. Trabaja con tus datos y hazte preguntas (¿qué está esperando tu HXC?, ¿cómo se alinea sus expectativas con nuestra estrategia, roadmap o equipo?, ¿qué tipo de persona podría admirar a nuestro HXC?, ¿que podría decepcionarlo?, ¿es un cliente con ‘mentalidad de crecimiento’ (abierto a nuevas experiencias) o mentalidad de arreglo (busca soluciones ya conocidas)?
  3. Difunde quién es el HXC en la compañía. Define su perfil: ¿qué valor central obtiene?, ¿qué emociones busca?, ¿qué debe ofrecer tu producto para superar sus expectativas? Cuando el equipo entiende y empatiza con el HXC, todas las decisiones (producto, marketing o diseño) se vuelven más coherentes.
  4. Revisa constantemente. El HXC no es estático. Sus prioridades cambian, y tu estrategia debe adaptarse.

El HXC rara vez es una persona concreta, pero definirlo obliga a tu equipo a responder: ¿para quién hacemos esto? ¿quién debe enfocar nuestro esfuerzo y creatividad? Encontrarlo es tener un mapa para construir productos que no solo funcionen, sino que inspiren, sean recomendados y dejen huella.

Construir para el más exigente es, al final, construir para todos. Si puedes sorprender al que no se conforma, puedes sorprender a cualquiera. Tu HXC se convierte así en la North Star de tu estrategia.

Escribe Paula Juan

Fuentes

Antropología de un anillo: qué relata el compromiso de Taylor Swift

La crítica ha recibido el nuevo disco de Taylor Swift como “decepcionante, comercial o conservador”. La cantante encarna un fenómeno cultural recurrente: la exigencia de que toda obra de una mujer justifique su relevancia, y la facilidad con que se declara agotada su capacidad creativa cuando se aleja de la narrativa de “la mujer en crisis”.

Taylor Swift en una imagen de su cuenta de Instagram

El artículo de Gaby Hinsliff en The Guardian sobre el compromiso de Taylor Swift con Travis Kelce, parte de una premisa generalizada: una mujer, al casarse, pierde interés narrativo, atractivo comercial y potencial creativo. Ese criterio mediático no es anecdótico: funciona como síntoma cultural.

El discurso alrededor de Swift revela la persistencia de guiones de género heredados del patriarcado: la mujer joven y “disponible” es fértil no sólo biológicamente, sino también culturalmente; la mujer casada, en cambio, se percibe como agotada en su capacidad de producir historias que importen. Es la vieja estructura del cuento de hadas, trasladada a la economía del entretenimiento: la princesa se casa y, con ello, el relato termina.

Pero Swift encarna un fenómeno inverso: una mujer que se convierte en capital cultural continuo. Cada transición vital, del desamor adolescente a la madurez profesional, es traducida en narrativa pop y consumida masivamente. Su figura funciona como laboratorio antropológico de las tensiones contemporáneas: el deseo de amor y seguridad frente a la exigencia de independencia; la presión del “reloj biológico” frente a la promesa de éxito individual; la nostalgia por los guiones tradicionales frente al deseo de emancipación.

El artículo conecta además con datos demográficos: la caída de las tasas de fertilidad, y el auge de figuras digitales como las “tradwives” (esposas tradicionales) en Instagram. Estos fenómenos muestran cómo la vida doméstica, la maternidad y el matrimonio se reconfiguran en el imaginario colectivo, no como elecciones neutrales sino como campos de disputa ideológica y de mercado. Swift, en este contexto, no es solo una persona,sino que actúa como catalizador de los debates sobre qué significa ser mujer, feminista y figura pública en la tercera década del siglo XXI.

Desde un punto de vista antropológico lo que observamos es la tensión entre mito cultural y modernidad. El mito dicta que la mujer casada deja de ser protagonista; la modernidad, encarnada en Swift, demuestra que esa transición puede ser reescrita como narrativa expansiva y rentable. Swift no rompe el mito: lo subvierte desde dentro y lo muestra como el artificio que es.

Escribe Marina Lorenzo


¿Qué mencionamos en este artículo?

Gaby Hinsliff, «Taylor Swift: engaged, mummy-tracked and doomed to tradwifedom? You really haven’t been listening», The Guardian, 28 agosto 2025.

El ritual del propósito

En septiembre, las papelerías se llenan de agendas para el nuevo curso, los gimnasios se colapsan y, en tu mesilla de noche, descansa ese libro que abandonaste en marzo pero que este septiembre te has propuesto finalizar.

El otoño se ha convertido en el momento del ritual de los nuevos propósitos —quizá más que enero—.

Kyle Raymond señalaba en su newsletter del 2 de septiembre que la gente anhela tener un propósito; desde el great lock in, liderado por el “hombre alpha”, que predica duchas frías y madrugones, al ya clásico No Nut November, que promete que con disciplina, serás la ‘mejor versión de ti mismo’ o los personal curriculums, planes de estudio autoimpuestos para aprender un tema concreto, de los que está lleno TikTok.

Estos rituales funcionan como mapas. Intentan dotar de sentido a nuestro tiempo y reforzar la idea de que podemos ser mejores versiones de nosotras mismas. Como señala Byung-Chul Han en ‘La sociedad del cansancio’, nos hemos convertido en “sujetos de rendimiento”.

Además, no son un acto individual, son una forma de situarse socialmente, de narrar quién eres dentro de una cultura que valora la productividad y la mejora constante. También reflejan normas sociales de género: mientras que los “hombres alpha” encarnan ideales de control y competitividad, los personal curriculums, principalmente ideados por mujeres, se centran en el aprendizaje y el autodescubrimiento.

Para las marcas, estos rituales no son irrelevantes. La cultura del rendimiento abre la puerta a todo tipo de productos y servicios que prometen eficiencia, bienestar o autogestión; pero también plantea preguntas incómodas: ¿Alimentan las marcas la ansiedad por la productividad? ¿Ofrecen espacios de descanso real o refuerzan la ilusión de un control absoluto que nunca llega?

Desde Materia Prima sabemos que detrás de cada tendencia ritual hay algo más profundo. Son señales de cómo construimos identidad, de cómo la tecnología redefine las expectativas más íntimas y de cómo el negocio se entrelaza con el deseo de propósito.

Foto de Lilartsy en Unsplash

¿Qué mencionamos en este artículo?

Artículo escrito por: Paula Juan

El fenómeno de los Labubus y cómo la cultura pop china ahora marca tendencia

Este verano pasé todo el mes de agosto en China y, nada más llegar, me sorprendió ver que casi todo el mundo llevaba uno o varios muñecos colgando de sus bolsos o mochilas. No eran solo niños o jóvenes: también adultos, incluidos ejecutivos de traje camino a la oficina, los lucían con total naturalidad.

Tampoco era de extrañar, ya que en cada calle o centro comercial abundaban tiendas como Miniso o Popmart, llenas de colecciones que iban desde Lotso, el oso de Toy Story, hasta la Bebé Llorona, la nueva muñeca de moda. Entre todos los accesorios, uno destacaba especialmente: los Labubus, muñecos de peluche de un palmo de altura, con forma de monstruo y disponibles en distintos colores. Aunque en España ya habían aparecido, en China estaban literalmente por todas partes.

Tras comprar mi propio Labubu (y algún otro charm para mi bolso), empecé a investigar para entender no solo su éxito, sino también por qué yo misma había caído en la tendencia. Pronto comprendí que no se trata de una moda aislada: detrás de estos muñecos hay un nuevo modelo de consumo cultural, impulsado por varios factores:

Esto explica el éxito del Labubu y de otros muñecos en China, una tendencia consolidada en Asia desde hace años. Pero lo realmente interesante es por qué ahora se ha expandido al resto del mundo, la respuesta es que estamos ante una nueva geopolítica de la cultura pop.

Asia ya no solo fabrica para Occidente; diseña y exporta sus propios imaginarios culturales. Corea inició la ola con el K-pop y la cosmética, y ahora este fenómeno se extiende al resto del continente, transformando la forma en que se crean y consumen tendencias a escala global.

En España ya empezamos a verlo: primero fueron los Sonny Angels y ahora los Labubus. Popmart acaba de abrir su primera tienda aquí y agotó las existencias en minutos. Incluso Zara ha lanzado su propia colección de accesorios para colgar en los bolsos.

Es cierto que no sabemos cuánto durará el furor del Labubu —según Expansión, las acciones de Popmart caen a medida que la moda retrocede—. Pero sí sabemos que el Labubu (y sus equivalentes) es mucho más que un capricho pasajero: es un síntoma de cómo China ya no solo fabrica para Occidente, sino que diseña y exporta sus imaginarios culturales.

Artículo escrito por: Paula Ruiz