Si las clases sociales ya no importan, ¿por qué seguimos investigándolas?

Cada vez hay más discursos que sostienen que hemos conseguido llegar a una sociedad donde el origen importa cada vez menos. Una sociedad donde cualquiera puede llegar tan lejos como se proponga. Donde el esfuerzo, el talento y la actitud explican, en última instancia, el resultado. Es una idea atractiva porque simplifica el mundo. Lo hace comprensible y, sobre todo, moralmente ordenado: cada persona ocupa el lugar que merece.

Sin embargo, cuando miramos la realidad desde la investigación, el patrón es distinto. Hay una razón por la que seguimos utilizando la clase social como variable analítica. Y no es por tradición metodológica ni por inercia académica. Lo hacemos porque sigue siendo una de las categorías con mayor capacidad explicativa para entender cómo viven las personas. Explica diferencias en consumo, ahorro, salud, educación, estabilidad vital y expectativas de futuro y, de forma menos visible pero estructural, en la manera en que las personas imaginan su propia vida.

Si las oportunidades estuvieran realmente distribuidas de forma homogénea, la clase social habría perdido gran parte de su valor explicativo hace tiempo. Pero no es lo que observamos en nuestras investigaciones.

El País publicaba recientemente un artículo en el que se hacía eco de los últimos datos sobre movilidad económica en España. En él se afirmaba que, según un análisis del Instituto de Estudios Fiscales basado en registros de la Agencia Tributaria y el INE entre 2017 y 2023, más del 60% de los hogares situados en el 10% con menores ingresos permanecen en ese mismo grupo al año siguiente, mientras que cerca del 80% de los hogares más ricos conservan su posición. La movilidad existe, pero se concentra en los tramos intermedios y rara vez implica cambios profundos de estrato. Estos datos introducen una tensión clara con la idea de la meritocracia como explicación del éxito o del fracaso.

En el discurso público tendemos a interpretar las trayectorias vitales desde una lógica individual. Si alguien progresa, lo atribuimos a su esfuerzo o talento. Si alguien no lo hace, buscamos explicaciones en sus decisiones personales. Es una narrativa funcional: reduce la complejidad y aporta coherencia moral al sistema. Pero deja fuera una variable crítica: las condiciones de partida. En investigación, rara vez observamos que las trayectorias se expliquen únicamente por diferencias de esfuerzo. Lo que aparece de forma consistente son estructuras contextuales que condicionan las decisiones antes incluso de que estas puedan formularse.

No se trata solo de recursos económicos. Se trata de qué decisiones son siquiera concebibles, de qué riesgos son asumibles sin comprometer la estabilidad vital, de qué información circula en el entorno y de qué oportunidades son visibles desde el inicio. Porque la desigualdad no opera solo en el acceso a recursos, también opera en el acceso a la imaginación. Las oportunidades no son únicamente las que tienes disponibles, sino las que eres capaz de imaginar como posibles.

En muchas investigaciones vemos como personas con capacidades similares desarrollan trayectorias muy distintas no tanto por diferencias de talento, sino por diferencias en los marcos de referencia construidos a lo largo de su vida. A menudo nos preguntamos por qué los hijos de abogados acaban siendo abogados, o por qué los hijos de médicos terminan siendo médicos, y así con un sinfín de profesiones. ¿Es acaso genético? ¿Es porque sus padres les obligan desde pequeños? La explicación es más simple que eso: quien ha visto a alguien de su entorno acceder a la universidad, quien ha conocido a alguien que emprende, quien ha crecido en entornos donde determinadas profesiones son percibidas como alcanzables, nace sabiendo que es una posibilidad real para él o ella y, por lo tanto, es más probable que acabe orientándose hacia ello.

Si nunca has visto a alguien como tú ocupar un determinado espacio social o profesional, ese espacio no desaparece, pero deja de formar parte de lo pensable. Y lo que no es pensable difícilmente se convierte en aspiración.

Dos personas pueden recorrer la misma distancia con la misma intensidad, pero haber partido de posiciones radicalmente distintas. Porque una sociedad no es más justa cuando todos llegan al mismo lugar; es más justa cuando el lugar desde el que partes no determina por completo lo que eres capaz de imaginar. Y quizá la prueba más clara de que todavía estamos lejos de este equilibrio es precisamente que la clase social sigue siendo una de las variables más potentes no solo para explicar lo que las personas hacen, sino lo que se permiten desear.

Escribe: Paula Ruiz Romo

Navegar por internet ya es vintage

Hasta ahora, cuando necesitábamos algo, entrábamos en Google, abríamos diez pestañas, comparábamos opiniones, leíamos blogs y acabábamos en foros rarísimos. Dos horas después, seguíamos investigando algo que inicialmente solo queríamos consultar «rápido». Pero por el camino habíamos aprendido tres cosas nuevas, descubierto dos memes virales y encontrado algún blog o autor interesante que dejaríamos abierto para no leer nunca. Eso, tradicionalmente, se llamaba «navegar por la web».

Fuente imagen: unsplash

Con la llegada de la IA cada vez navegamos menos y preguntamos más: qué receta hacer con lo que tenemos en la nevera, cómo organizar un viaje, un resumen de tal tema, una comparativa de productos. Incluso Google ya responde muchas búsquedas con resúmenes generados por IA antes de mostrarnos los enlaces.

Llevamos años debatiendo si la IA nos quitará el trabajo, pero la transformación más inmediata está ocurriendo en cómo consumimos información.

Durante décadas, internet funcionó gracias a un equilibrio claro: las webs producían contenido, Google organizaba el acceso y los usuarios recorríamos enlaces. El clic era la moneda del ecosistema digital. Ahora la IA rompe esta lógica.

Varios medios ya alertan de una caída significativa del tráfico web desde la aparición de los AI Overviews de Google y el uso creciente de asistentes conversacionales. Algunos estudios apuntan a reducciones relevantes en el porcentaje de clics hacia páginas informativas cuando aparece una respuesta generada por IA. Y tiene sentido, si ya tengo la respuesta, ¿para qué voy a abrir cinco artículos?

Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, al mismo tiempo, nunca habíamos consumido tan poca diversidad de fuentes de forma consciente. Antes, navegar implicaba perderse un poco. Encontrar cosas inesperadas. Construir criterio comparando, contrastar opiniones, empezar buscando una cosa y acabar descubriendo otra completamente distinta, y de paso, descubrir sitios, autores, ideas y esto esta dejando de pasar. Pero, si dejamos de visitar las webs originales, ¿quién sostendrá el contenido que alimenta a esas propias inteligencias artificiales?

Muchos medios digitales, blogs y páginas especializadas viven del tráfico. Menos clics significa menos ingresos, menos sostenibilidad y, en última instancia, menos producción de contenido original. La IA resume lo que otros crean mientras cada vez resulta menos rentable crear.

Quizá dentro de unos años «navegar por internet» sonará tan antiguo como aquella canción de Eurojunior de 2003: «Navegando por la red, navegando en internet, navegando yo te encontré». Porque puede que las nuevas generaciones ya no naveguen. Solo pregunten.

Escribe: Paula Ruiz Romo

Ahora el marketing también es una ingeniería.

En 1967, Cosmopolitan publicó «The Computer Girls«, un reportaje que vendía la programación como carrera ideal para chicas jóvenes. Trabajo limpio, bien pagado para los estándares de la época, y según Grace Hopper, una actividad que requería paciencia y atención al detalle, cualidades en las que las mujeres eran «naturales». Programar, decía Hopper, era como planificar una cena.

Hoy, la programación ya no se llama como tal, la conocemos más como ‘ingeniería software’, y se ha convertido en una de las profesiones más masculinizadas y mejor pagadas. ¿Por qué estamos hablando de esto hoy? Porque parece que la historia se está repitiendo, pero con otra área, con el marketing.

Hace unas semanas se hacía viral un video en TikTok de Miranda Shanahan, consultora de marca, en el que exponía como LinkedIn se estaba empezando a llenar de ofertas laborales con títulos como ‘senior branding engineer’, ‘GTM engineer’, ‘content engineer’, ‘growth engineer’ o ‘UGC engineer’. Ofertas en las que, cuando lees la descripción, te das cuenta de que las tareas son las mismas que las de los puestos tradicionales de marketing, community management o estrategia de contenidos.

@mirandadoesbrands

Why are marketing jobs are being rebranded using masculinised, technical language and how does this compare to what happened with software engineering in the 80a? #marketing #marketingcareers #ai

♬ original sound – Miranda Shanahan

En sus vídeos, Miranda repasa cómo el marketing se feminizó cuando pasó de la imagen Mad Men de «la ciencia de la persuasión» a una imagen mucho más superficial reducida a “es hacer las cosas bonitas”. Mientras tanto, programar fue ganando estatus, y con el estatus llegaron los hombres. Hasta ahora.

El auge de la IA ha hecho que escribir código sea algo que puede hacer cualquiera, y los puestos de ingeniería de software empiezan a perder la exclusividad que tenían. El valor se desplaza así a quien sabe distribuir el producto, contar la historia, mover la marca. Es decir, al marketing. Y si volvemos al registro histórico de la programación, ya sabemos lo que pasa cuando una profesión feminizada empieza a tener valor estratégico.

Paula Hübner habla de términos de cadena de valor en su Substack Life Among Bots: cuando los modelos de lenguaje convierten el desarrollo de software en commodity, el valor económico se desplaza desde escribir código hacia distribuirlo, es decir, hacia el marketing y las ventas. Para atraer talento a esos puestos hay que rebautizarlos con títulos de mayor estatus. De ahí la palabra engineer pegada a cualquier oferta, y que «marketing» se llame ahora «growth» para que ‘los bros’ se sientan cómodos haciéndolo.

Conviene parar aquí y mirar las cifras del marketing tal como está ahora, antes de que la historia se repita por completo. En Estados Unidos, el 60% de las profesionales de marketing son mujeres, frente al 16% en ingeniería. En España, según Adhertising, el 68% del estudiantado de publicidad y marketing son mujeres, aunque las direcciones creativas siguen mayoritariamente ocupadas por hombres (el 67% frente al 33% de puestos ocupados por mujeres). Es decir, la base es femenina y la cima ya es masculina. Lo que está en juego ahora es qué pasa con todo lo que hay en medio cuando esos puestos se renombran y suben de estatus.

La sociología tiene nombre para lo que está a punto de pasar. Claudia Goldin, Nobel de Economía en 2023, ya mencionada en este blog, hablaba de la teoría de la polución: cuando una ocupación masculina admite mujeres en proporción significativa, su prestigio percibido cae. El sistema funciona también al revés. Cuando una ocupación feminizada se vuelve estratégicamente importante, los hombres entran, las mujeres son desplazadas, y la profesión se reorganiza (en estatus, salario y narrativa cultural) como si siempre hubiera sido masculina. Es lo que está pasando con el marketing convertido en ingeniería. ¿Tenemos que asumir ahora que pertenece a la rama de las ciencias?

Esto es relevante porque desmonta el argumento más usado para explicar la brecha salarial. Rhaina Cohen lo expuso en 2016 con su artículo publicado en The Atlantic, a partir del estudio realizado por Asaf Levanon, Paula England y Paul Allison: quienes defienden que las mujeres ganan menos porque eligen trabajos peor pagados tienen el orden de los factores invertido. Levanon, England y Allison analizaron los censos estadounidenses entre 1950 y 2000 y comprobaron que cuando las mujeres entran masivamente en una ocupación, los salarios bajan; cuando los salarios suben, los hombres entran y las mujeres salen. La educación es el caso ilustrativo: estaba mejor pagada cuando era una profesión mayoritariamente masculina, y se devaluó conforme se feminizó. La programación recorrió el mismo camino en sentido inverso.

Cómo recorrió ese camino la programación es lo que conviene prestar atención, porque es el manual de instrucciones de lo que puede pasarle al marketing. Nathan Ensmenger, en The Computer Boys Take Over, también mencionado en el artículo de Rhaina, documentó cómo se rediseñaron los procesos de selección para masculinizar el sector. Se empezaron a exigir exámenes de matemáticas que la programación cotidiana no requería realmente, y como las mujeres tenían mucho menos acceso a las ramas STEM en el instituto, partían en desventaja. A la vez, se popularizó la idea de que el «buen programador» era una persona antisocial, con «desinterés por las personas», y las empresas empezaron a buscar exactamente ese perfil. El cliché del geek nació entonces, no antes, y nació porque lo diseñaron. Cambiar el nombre del puesto fue el primer paso. Cambiar quién encajaba en él, fue el segundo.

En el marketing estamos viendo el primer paso. Los títulos están cambiando: manager se sustituye por engineer, marketing por growth. Todavía no hay tests de aptitud nuevos, ni un perfil de personalidad rediseñado para excluir a las mujeres que llevan décadas haciendo este trabajo. Pero el pistoletazo de salida empieza siempre por el lenguaje, y ese paso ya se está dando.

El lenguaje cambia primero, y detrás del lenguaje cambia todo lo demás. A esto, cuando ocurre con esta regularidad histórica, se le llama patriarcado: un sistema que asigna el trabajo de mayor estatus a los hombres, incluso cuando ese trabajo lo estaban haciendo las mujeres hasta el momento mismo en que adquirió estatus. La cuestión, para quienes trabajamos en investigación, no es si vamos a observar este fenómeno en marketing. Es si vamos a documentarlo mientras ocurre, o si vamos a leerlo dentro de veinte años en un artículo del New York Times preguntándose dónde fueron las mujeres del marketing.

La historia ya nos dio el guion. Esta vez tenemos la oportunidad de actuar antes de que termine.

Escribe: Paula Juan Pérez

Contenido mencionado en este artículo:

Coffee raves: la fiesta en la era de la autoexplotación

“Coffee shop raves are basically nightlife being domesticated into something palatable for the Instagram era.” – Shadi Megallaa, DJ

Tijs van Leur, Unsplash

En un mundo hiperdigitalizado, lo presencial vuelve a tener valor. Pero no todo vale.

El éxito de la campaña de Zohran Mamdani, como explicaban Emma Goldberg y Benjamin Oreskes en el New York Times, no fue solo digital (aunque su destreza con Tik Tok es innegable), fue físico. Su propuesta de campaña consiguió trasladar a sus votantes, especialmente a los más jóvenes, a encontrarse en persona en un momento atravesado por la soledad. En un una cultura hiperconectada pero socialmente erosionada, ofrecer un especio físico de reunión era una estrategia política perfecta.

Lo físico, por tanto, importa; pero no todo lo físico reconecta. Hay acciones presenciales que crean comunidad porque nacen de una necesidad real y están alineadas con quien las impulsa. Y hay acciones presenciales que simplemente trasladan la lógica digital al espacio offline, apropiándose de formatos culturales que no les pertenecen. Lo que cambia no es la estructura, sino el decorado. Y cuando lo presencial se convierte en un recurso táctico más, la comunidad deja de ser el centro y pasa a ser la excusa.

Las ‘coffee raves’ son un ejemplo de estas acciones mal pensadas y peor entendidas.

Es innegable que los hábitos de la gente han cambiado. Los datos de la Encuesta Nacional de Salud de España lo validan:

Somos más saludables, tenemos más autocontrol.

Y tiene sentido que haya ocurrido cuando vivimos en un contexto de incertidumbre: crisis climática, precariedad, inflación, guerras, etc. Si no podemos controlar el mundo, al menos controlaremos nuestro cuerpo, ¿no?

Pero este giro hacia lo saludable no es naive. Está profundamente conectado con la cultura de la autoexplotación. “Cuídate porque tienes que ser la mejor versión de ti mismo”, convertirte en el mejor producto posible dentro del sistema.

En ese cruce entre autocuidado y rendimiento aparecen las ‘coffee raves’: fiestas que empiezan a las once de la mañana y no tienen lugar en un club, sino en cafeterías (esas donde el café está sobre los 5€). Fiestas pensadas para que puedas madrugar, hacer deporte, “salir” y volver pronto a casa. No hay lugar para la resaca y tampoco para el descontrol.

El problema de esta tendencia empieza con el uso del término ‘rave’. Como explicaba Noelia Ramírez en Babelia: la rave nace y se basa en la autogestión, lo colectivo, en estar en los márgenes y tener cierto carácter politizado. Un espacio donde la música, el baile y la comunidad son la clave y la razón de ser del evento. Donde sabes cuándo vas a empezar, pero no cuando vas a terminar. Un lugar donde puedes desconectar.

La propuesta de los ‘Coffee raves’ es su antagonista perfecto. Es una fiesta que no interrumpe tu productividad, más bien la optimiza.

Sales el sábado por la mañana, bailas dos horas, subes stories y vuelves a casa a una hora decente. Quizás te pides algo a casa, pero algo healthy (no, no son las seis de la mañana y tu kebab de confianza o la hamburguesa de 2€ no es la única opción disponible). El domingo vas a tu clase de Crossfit/Barre/Pilates/… y, si puedes, adelantas trabajo. No hay ruptura con el yo laboral y productivo. No hay desconexión real.

Stephanie, en The Carpet, describía así el ambiente de una coffee rave: “todo el mundo estaba inmaculadamente limpio, con activewear perfectamente coordinado y el pelo impecable. Estaban bailando, sí, pero atentos a cómo estaban siendo observados”. No es el cuerpo que se desinhibe en la oscuridad. Es el cuerpo que sigue siendo consciente de la mirada.

Uno de los objetivos que tiene la fiesta es separar tu ‘yo productivo’ del ‘yo nocturno’. Permitían experimentar identidades no orientadas al rendimiento. Las coffee raves no separan, integran. La idea no es que desconectes, sino que continúes optimizando tu tiempo, tu cuerpo y tu imagen.

La música incluso es secundaria. El DJ Azzouni, en una entrevista en Scene Noise, comparaba la música de estas fiestas con las sesiones de YouTube que te pones de fondo mientras trabajas. Es decir, hay un DJ pero la música que reproduce es funcional, no transformadora. No, después no te entrará la curiosidad de ver en qué otros carteles aparece su nombre.

El resultado es que la experiencia se convierte en contenido. No se busca generar conversación entre los asistentes, ni una comunidad; solo importa qué imágenes para redes sociales se producen. La experiencia se traduce rápidamente en stories. La colectividad se convierte en visibilidad. Y cuando detrás de estas fiestas hay marcas, es aún más evidente. El objetivo deja de ser la música o el encuentro y pasa a ser la promoción. La asistencia se convierte en prueba de afinidad. El cuerpo baila, pero también publicita.

Aquí es donde conviene detenerse como marca. Salir de lo digital puede tener un impacto enorme. Generar experiencias físicas puede ser una forma poderosa de conectar. Pero hay que entender cuál es el lugar que ocupas. Y qué espacios no te pertenecen.

El motivo de los encuentros de Zohran Mamdani no era la producción de contenido. Organizó encuentros para construir una comunidad. Lo físico no era un gesto estético ni una tendencia; era infraestructura política. Existía una coherencia en el evento con su mensaje, con su electorado y con la necesidad de combatir la desmovilización.

La diferencia, por tanto, está en el propósito.

Cuando lo presencial responde a una carencia estructural y se articula desde una visión clara, genera comunidad.

Cuando las marcas colonizan fenómenos culturales sin comprender su contexto, su historia, ni su función, no solo corren el riesgo de parecer oportunistas. Contribuyen a la devaluación de espacios que para muchas personas tenían un sentido propio.

Las coffee raves organizadas por marcas surgen de detectar una microtendencia rentable. No buscan sostener vínculos; buscan capitalizar atención.

En un momento en el que entre el 17 % y el 21 % de la población mundial declara sentirse sola, según la OMS, lo que proliferan no son espacios de conversación lenta, sino eventos altamente fotogénicos. No se busca generar comunidad; se busca generar prueba de asistencia.

Cada vez quedan menos lugares que no estén atravesados por la lógica del consumo y la exposición. Si también los pocos espacios de encuentro que emergen en respuesta a la soledad terminan convertidos en plataformas de marca, ¿qué margen queda para la experiencia no instrumentalizada?

La pregunta no es si las marcas deben estar en lo presencial. La pregunta es desde dónde, para qué y con qué límites.

En un momento en el que casi todo está atravesado por la lógica del rendimiento y la visibilidad, quizá la coherencia estratégica no consista en estar en todas partes, sino en saber dónde no estar.

No todo espacio necesita marca. Y no toda tendencia necesita activación.

Escribe Paula Juan

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La paradoja de eliminar la fricción

Brett Jordan, Unsplash

Si por cada vez que he leído la palabra ‘fricción’ en mi feed de LinkedIn o Substack me hubieran dado 5€, ahora mismo podría permitirme ignorar este debate desde una hamaca en una playa paradisiaca. Pero como no, he decidido que yo también me sumo a la conversación del tema fetiche de inicio de año.

Sobre lo que hoy voy a hablar está muy relacionado con algunas de las ideas que ya aparecían en el artículo que escribí acerca del ‘doomscrolling’ y esa sensación compartida de que, en algún punto, nos hemos ido un poco tontificando. Consecuencia del exceso de facilidades, no porque realmente haya mermado nuestra inteligencia. Por la optimización extrema para que nada cueste demasiado.

Jordi Pérez Colomé explicó muy bien qué es esto de la fricción en su newsletter de Teconología en ‘El País’:

“La fricción es el proceso hasta lograr algo: los clics o los saltos entre páginas. Silicon Valley quiere reducirlo al mínimo para que usemos más sus herramientas. Pero algo de fricción está bien para que el cerebro no nos quede completamente frito.”

Durante años, las tecnológicas nos han vendido la fricción como un fallo. Algo que había que eliminar. Kathryn Jezer-Morton lo formulaba así en The Cut: nos han hecho creer que la vida en sí misma es un inconveniente, y que la solución pasa por refugiarnos en algoritmos predictivos que anticipen, suavicen o directamente eviten cualquier incomodidad.

La promesa se centro en esforzarse menos, obtener menor margen de error y una experiencia sin fricciones. Pero el efecto colateral no es neutro.

Cuando esquivamos sistemáticamente la fricción, empezamos a confundirla con sufrimiento. Huimos de cualquier dificultad porque la leemos como daño, cuando en realidad muchas veces solo nos exige atención, paciencia o un poco de esfuerzo.

Podríamos situar el año 2010 como el punto de inflexión, con la normalización de Google Maps. Como señala Esther MK, fue el momento en el que dejó de ser importante retener conocimiento y pasó a ser suficiente saber dónde encontrarlo. La fricción de perderse, de preguntar, de equivocarse de camino, desapareció. Aprender empezó a parecerse menos a entender y más a ejecutar instrucciones.

Diez años después, el salto ha sido inmenso. Ya no es solo que no tengamos que aprender o buscar información, sino que hay una IA que resuelve la tarea directamente por nosotras. Ya ni siquiera hace falta entender el proceso. Y, aunque nos seduce la idea de ganar eficiencia, o nos justificamos con que delegar tareas nos dejará espacio para el pensamiento crítico, ¿qué pasa cuando, en nombre de la eficiencia, dejamos de pensar en ‘qué es lo que estamos haciendo’?

La obsesión del diseño digital de la última década estaba en minimizar fricciones. Y no se trata de negar lo obvio, el buen UX sigue siendo fundamental (no, nadie quiere hacer 10 clics para enviar un Bizum). Pero sí conviene preguntarnos hasta dónde han de llegar las facilidades.

¿Queremos productos que lo hagan todo por nosotras?

¿O productos en los que apenas tengamos que intervenir?

Los adultos aprendemos a base de error, de chocarnos con el mismo bache más de una vez. Un producto en el que no decides, no pruebas y no te equivocas, difícilmente se vuelve relevante. Pienso en herramientas como Notion: más allá de su propuesta de valor, su éxito también tiene que ver con que cuanto más mimo le pones, mejor responde. El usuario no solo consume el producto, lo construye. Y eso genera vínculo, curiosidad y permanencia.

No es casual que estemos viendo un cierto retorno a productos analógicos o semi-analógicos. Es una reacción a la algoritmización predictiva de todo. A esa sensación de ir en piloto automático, cuando lo interesante de la vida es precisamente sentir las curvas, cambiar de marcha, decidir el ritmo.

La cuenta Byooooob lo posteaba en Instagram:

“Anhelamos los restos del esfuerzo. Las huellas visibles del esmero. Ambas son esenciales. El esfuerzo por algo que no te importa es solo trabajo tedioso. El esmero sin esfuerzo es pura fantasía.”

No hablamos de volver a hacer las cosas innecesariamente complejas. Hablamos de evitar las distopías escritas en el siglo XX, que cada vez se alejan más de la ciencia ficción y parecen una caricatura de la actualidad. En Mundo feliz, por ejemplo, el problema no era el dolor, sino su eliminación sistemática. Una vida diseñada para no incomodar acababa produciendo individuos dóciles, satisfechos y poco implicados. “Reclamo el derecho a ser infeliz”, decía el salvaje. No como una reivindicación del sufrimiento, sino como una defensa del derecho a una experiencia no completamente amortiguada. Esa idea convive con otra imagen más pop, la del Wall-E person. Mentes delegadas, decisiones externalizadas. No porque alguien nos obligue, sino porque todo está diseñado para que no tengamos que esforzarnos demasiado.

Esta reflexión es cultural y, por tanto, también es estratégica.

Porque, como recuerda Ana Andjelic, “la eficiencia está bien hasta que convierte tu marca en invisible”. Cuando todas las experiencias son igual de rápidas, igual de limpias, igual de optimizadas, lo que desaparece no es la fricción, sino la diferencia.

Quizá la pregunta no sea cómo eliminar la fricción, sino qué tipo de fricción merece la pena preservar. Aquella que no bloquea, pero sí implica. La que no castiga, pero sí exige. La que no infantiliza, sino que trata al usuario como alguien capaz de aprender, decidir y hacerse cargo.

Escribe Paula Juan

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Del ‘doom scrolling’ al ‘do scrolling’ como estrategia

Ha comenzado 2026 y una idea se repite de forma insistente entre los Substack, podcasts y cuentas que sigo: en 2025 nos dejamos llevar demasiado por el algoritmo. Consumimos cultura y medios de forma tan pasiva que, por momentos, habitamos la cultura en modo automático, y nuestra atención dejó de ser una decisión y se convirtió en algo que simplemente sucedía. Noelia Ramirez y Begoña Gómez en su Podcast ‘Amiga date cuenta’ hablaban de ‘la gran tontificación’.

Lo interesante no es tanto el diagnóstico que hacen estás cuentas, sino sus consecuencias. Porque darnos cuenta del tipo de consumidoras que hemos sido también abre la puerta a cambiarlo. Y cambiarlo implica algo más profundo: modificar nuestra relación con el entorno, la cultura y, por extensión, las marcas.

En octubre de 2025, Derek Thompson escribió que todo se había vuelto televisión. No solo por la omnipresencia del contenido en formato vídeo (reels, Tik Toks, shorts, YouTube), sino porque dejamos de usar las redes sociales para conectarnos con otras personas. Su función original se diluyó y hoy las usamos, sobre todo, para seguir a influencers o celebrities, consumir contenido infinito o rellenar tiempos muertos. No para conocer gente nueva ni para sostener vínculos existentes. La red como espacio relacional se ha transformado en un sistema de entretenimiento continuo.

[Fuente: John Burn-Murdoch at the FT]

[Fuente: activate consulting. Technology & Media Outlook 2026]

Que en 2024 la palabra del año elegida por la Universidad de Oxford fuera ‘Brain rot1 y en 2025 ‘rage bait2 o ‘Slop3’ por el diccionario Merriam-Webster no es anecdótico. Algo se nos removió colectivamente. Estas palabras no solo describen tipos de contenido, sino una incomodidad creciente con el uso que hacemos de Internet: qué consumimos, cómo lo hacemos y qué lugar ha quedado para nuestra agencia.

Por eso empieza a circular una idea interesante para 2026: pasar del doom scrolling al do scrolling. De desplazarnos sin conciencia a usar la red con intención. Quizá por eso plataformas como Substack siguen creciendo, porque no prometen eficiencia ni viralidad, sino lectura, tiempo y decisión.

Este giro conecta con otro cansancio que arrastramos. En 2025 empezamos a cuestionar la cultura exagerada del esfuerzo aplicada también al ocio: medita, entrena, levántate a las cinco de la mañana, optimiza tus hábitos, registra tus emociones. En 2026, la ruptura es más clara. Ya no queremos seguir funcionando como máquinas ni siquiera cuando descansamos.

Parte del consumo vacío de internet es consecuencia directa de ese agotamiento. Llegamos exhaustas a nuestros momentos de ocio después de jornadas enteras de optimización personal y laboral. Y entonces caemos en contenido banal, no por falta de criterio, sino por pura fatiga.

Esther MK lo planteaba así en su newsletter: “En el debate IA vs. humanos, quizá los humanos necesitamos recordarnos no actuar como máquinas. Si la optimización es la lógica dominante de la era de las máquinas, la anti-optimización podría ser el lugar donde se cree el próximo valor humano duradero”.

Aquí aparece una clave estratégica. Si durante años el valor estuvo en la personalización algorítmica, la producción industrial de contenido y la eficiencia extrema, quizá lo diferencial en 2026 sea justo lo contrario.

Como señala Ana Andjelic, la personalización algorítmica ha convertido el descubrimiento en un tour guiado por un mar de igualdad. Todo llega “a medida”, pero nada sorprende. Todo encaja, pero nada deja huella.

En este contexto, acompañar a las personas a recuperar el control de su tiempo y criterio puede convertirse en una ventaja real. No más contenido. No más optimización. Más agencia. Las marcas que sigan optimizando para el algoritmo llegarán antes, pero pasarán igual de rápido.

Porque quizá el problema no era que consumiéramos mal, sino que dejamos de elegir. Y cuando elegir vuelve a ser raro, quien lo facilite deja de competir por atención y empieza a competir por significado.

  1. Brain Rot: deterioro intelectual, psicológico o cognitivo causado por el consumo excesivo de contenido en línea de baja calidad, sobre todo en redes sociales. (Wikipedia) ↩︎
  2. Rage Bait: contenido en línea diseñado deliberadamente para provocar ira o indignación siendo frustrante, provocativo u ofensivo. (New York Times) ↩︎
  3. Slop: refiere a la proliferación de videos e imágenes absurdas (y a veces perturbadoras) que saturan las redes sociales. (El País) ↩︎

Contenido mencionado en este artículo:

Escribe Paula Juan

¿Van a desaparecer realmente las cocinas?

Hace unos meses, el presidente de Mercadona afirmaba que “las cocinas desaparecerán”. Una afirmación tan contundente genera titulares… y muchas preguntas: ¿estamos dejando de cocinar por elección o porque el sistema nos está empujando a hacerlo?

En España siempre hemos sido un país de cocinar y de comer. Y, de hecho, los datos siguen mostrando que una mayoría cocina a diario. Entonces, ¿qué está cambiando realmente?

Desde Materia Prima no nos interesa tanto el pronóstico como lo que revela sobre nuestros modos de vida. Porque cocinar no es solo preparar alimentos: es autonomía, cultura, memoria, cuidado, bienestar y salud. Por eso no basta con mirar las cifras de venta de platos preparados o la frecuencia de cocinado. Hay que interpretar los drivers sociales que están reduciendo la práctica de cocinar y entender cómo están reconfigurando nuestra relación con la alimentación.

En nuestros estudios ya observamos una brecha generacional clara: especialmente entre los más jóvenes se debilita el vínculo con las formas de cocinar y los platos de generaciones anteriores. Si miramos las tendencias con más profundidad, aparecen dos escenarios muy distintos.

1. Desaparición voluntaria. Cocinamos menos porque no queremos. No nos gusta, no nos han enseñado, tenemos otros intereses, vivimos solos, llegamos tarde a casa. La conveniencia, la inmediatez y la optimización del tiempo se imponen. Cocinar compite con otros usos del tiempo y pierde.

2. Desaparición forzada. Cocinamos menos porque no podemos. Pisos cada vez más pequeños, cocinas mínimas o simbólicas, alimentos más caros, menos tiempo real disponible, servicios que incentivan el consumo precocinado. No tenemos elección, el sistema nos condiciona y limita.

Lo que sabemos con certeza es que ambos escenarios tienen algo en común: impactan con más fuerza en los grupos más vulnerables, que son quienes pierden antes la capacidad real de elegir.

Para marcas, gobiernos y diseñadores urbanos no es lo mismo un escenario que otro. Si la gente abandona la cocina por elección, la innovación debe centrarse en hacerla más atractiva, rápida, accesible y significativa. Si la abandona porque no hay alternativa, el problema es estructural: justicia alimentaria, salud pública, autonomía y desigualdad.

Como investigadoras, sabemos que el verdadero valor de la investigación está precisamente aquí: en ir más allá del titular y preguntarse qué fuerzas profundas están reconfigurando hábitos, espacios y significados.

No se trata solo de saber cuántos platos preparados se venden. Se trata de entender cómo están cambiando los vínculos entre alimentación, espacio doméstico y tiempo disponible.

Personalmente, creo que las cocinas probablemente no desaparecerán, pero sí se transformarán. Y quien trabaje en esta categoría necesita comprender a fondo qué motiva hoy a las personas a cocinar y qué les impide dejar de hacerlo, para garantizar que son las necesidades y el bienestar de las personas lo que prima en la decisión y no los intereses del mercado.

Escribe: Paula Ruiz

De la obsolescencia al fenómeno cultural: por qué las cámaras analógicas hoy son tendencia.

En un mercado donde la calidad se ha democratizado, la fotografía analógica aporta nuevos códigos para expresar diferencia. Un valor que el smartphone no puede replicar.

¿Te acuerdas de las famosas cámaras réflex? Durante un tiempo fueron objeto de deseo. Buscábamos el enfoque perfecto, el fondo difuminado, la máxima nitidez. Tener una buena cámara era un marcador de estatus para millennials. Te permitía diferenciarte; tú eras quien hacía “las buenas fotos”. Pero esa ventaja simbólica se desvaneció. Los móviles hicieron de la cámara su principal reclamo: cada nuevo modelo prometía más megapíxeles, más estabilización, más perfección. Las cámaras digitales quedaron relegadas y las analógicas… prácticamente enterradas. La mayoría de jóvenes apenas las había usado nunca.

Parecía el típico ciclo de desaparición tecnológica que ya hemos visto mil veces: los videoclubs, los MP3, tantas categorías que no sobrevivieron a la digitalización.

Pero la historia no terminó ahí. De hecho, dio un giro que nadie vio venir.

Si has pasado últimamente por una tienda de revelado fotográfico, quizá te haya sorprendido lo mismo que a nosotras: hay cola. Y no es una cola de nostálgicos mayores de 50 rescatando carretes olvidados en un cajón. Son jóvenes. Muchos. Carretes en mano. Revelando en digital y en papel. Y no como un gesto aislado, sino como un hábito que se consolida.

La explicación es más profunda que una moda pasajera. Hemos llegado a un punto de saturación estética en el que la perfección abunda y, por tanto, pierde valor. Una foto técnicamente impecable ya no dice nada sobre quién la hizo. No cuenta una historia, no expresa identidad, no aporta singularidad. La Gen Z lleva años inmersa en una estética hiperproducida: filtros, HDR, algoritmos que pulen cada detalle, contenidos pensados para ser impecables.

En un mercado donde la calidad se ha democratizado, la cultura necesita nuevos códigos para expresar diferencia. Y ahí la fotografía analógica aporta lo que el smartphone no puede replicar:

1. Autenticidad

Desde 2020 vemos un patrón transversal: cuanto más “perfectos” se vuelven los productos, más crece el deseo por lo imperfecto. Moda (denim desgastado), música (el vinilo), diseño (estética “cruda”), gastronomía (lo artesanal).

La fotografía analógica encaja en esa lógica: grano, luz caprichosa, colores impredecibles. Una estética que susurra: “esto no lo ha tocado un algoritmo”.

2. Diferenciación

La Gen Z produce y consume miles de imágenes al día. Instantáneas intercambiables, hipereditadas, con códigos visuales repetidos. Frente a eso, el carrete ofrece singularidad.

Una fotografía analógica tiene textura, carácter y una narrativa imposible de copiar con un móvil. Y en un entorno en el que la identidad digital es central, diferenciarse importa.

3. Priorización

El carrete impone límites. Obliga a elegir. Y esa elección convierte cada foto en un acontecimiento. Pasamos de hacer 200 fotos “porque no cuesta nada” a pensar dos veces antes de disparar. Ese freno introduce intención y simbolismo: capturas algo porque realmente merece ocupar un fotograma.

4. El valor del proceso

Para una generación que vive en la inmediatez, esperar un revelado es casi contracultural.

Cargar un carrete, disparar una sola vez, esperar días, recibir las fotos… y descubrir qué salió devuelve algo que habíamos perdido: ilusión.

Ese intervalo entre hacer la foto y verla genera expectativa, emoción, memoria afectiva. Justo lo que la instantaneidad digital ha ido erosionando.

5. Personalización

Fotografiar con carrete también opera como símbolo cultural. Requiere gusto, cierta pericia técnica (luz, enfoque, exposición), sensibilidad estética y afinidad con un imaginario concreto. Una cámara analógica convierte cada foto en una declaración: “No hago fotos como todos los demás”.

Aunque la tecnología parecía condenar a las cámaras analógicas a la desaparición (los smartphones prometían reemplazarlas y superarlas) ocurrió lo contrario. Una generación que apenas había tenido contacto con ellas, salvo quizá en su infancia, las ha rescatado y las ha convertido en un activo simbólico: una afición con valor, un lenguaje visual propio y un ritual con significado.

Lejos de desaparecer, han vuelto con fuerza. Y todo apunta a que, esta vez, vienen para quedarse. Así que, si todavía no sabes qué regalar estas Navidades, quizá valga la pena pasarte por una tienda de fotos.

Escribe: Paula Ruiz

Cómo ser una mujer y no morir en el intento

Imagen: Portada del libro «Como ser una mujer y no morir en el intento» (Rico-Godoy, 1990) ed. El Papagayo

El otro día, en una librería de segunda mano, me encontré un ejemplar de Cómo ser mujer y no morir en el intento (1990), de Carmen Rico-Godoy. El título y que el libro fuera de antes de que yo naciera me llamó la atención. En la contraportada podía leerse:

“A las mujeres de hoy nos han estafado”.
“¿Te sientes culpable si no manejas con la misma habilidad el ordenador personal y el carrito de la compra? ¿Crees que una pequeña ausencia de tu casa supondría una colisión de irremediables consecuencias?”.

Pero lo que más me impactó fue que al final de la contraportada, la propia Carmen decía: “una lectura obligada para toda mujer (…) que no pueda, a pesar de las dificultades, dejar de ser absolutamente mujer”. Lo que me llevó a preguntarme: ¿qué significaba ser MUJER en los 90?

Descubrí que, en su momento, este libro fue un éxito al conseguir retratar, con ironía y anécdotas cotidianas, las tensiones diarias de las mujeres de los 90: la doble jornada, la presión estética, la conciliación imposible, el cansancio de tener que llegar a todo, la obligación de ser perfecta. De hecho el libro termina con la frase “Quiero ser un tío, quiero ser un hombre”.

Comencé la lectura esperando no sentirme identificada; pensaba que me escandalizaría con relatos de otra época y que me serviría para darme cuenta de cuánto ha cambiado “ser mujer” desde entonces. Pero me llevé un chasco: me reconocí a mi y a muchas mujeres de mi alrededor en más de una escena.

Rico-Godoy describe, por ejemplo, cómo después de trabajar llegaba a casa y se enfrentaba a otra tanda de tareas (limpiar, hacer la compra, organizar comidas…) mientras los demás daban por hecho que era “su” responsabilidad. Hoy lo ponemos nombre y lo llamamos carga mental, pero aún está presente y sigue recayendo sobre nosotras.

También habla de la culpabilidad constante: por no llegar a todo, por no ser perfecta, por elegir mal, por fallar en algo. Una culpa que en 2025 ha mutado, pero no ha menguado. Ahora, además de cumplir, debemos gestionar nuestra salud mental, tener hábitos saludables, practicar autocuidado, ser eficientes y “no perdernos a nosotras mismas” en el proceso. La exigencia se ha multiplicado.

La autora explica lo difícil que era ser mujer en el mundo laboral: reuniones con hombres donde, directamente, no la escuchan. Lanza una idea y nadie reacciona; un hombre la repite minutos después y de pronto es brillante. Esta dinámica, en 2025, sigue siendo un clásico corporativo: interrupciones, mansplaining, y el encasillamiento de las mujeres en roles secundarios.

Cuando se aborda la conciliación en el libro, se hace con amargura: era un mito, y casi siempre recaía en ellas. Cualquier ambición profesional tenía un coste. De nuevo, un déjà vu contemporáneo: se habla de conciliación pero las estructuras siguen premiando la disponibilidad absoluta.

Es evidente que hemos avanzado; negarlo sería absurdo. Pero la exigencia de “serlo todo”: profesional exitosa, productiva, equilibrada, atractiva, madre, pareja (si procede)…, esa exigencia que Rico-Godoy denunciaba hace más de tres décadas, no ha desaparecido. Se ha transformado, diversificado y, en algunos casos, intensificado.

Leer a Rico-Godoy en 2025 es constatar que las estructuras sociales cambian despacio y que aún queda mucho por hacer para que las próximas generaciones de mujeres no se vean reflejadas en estas páginas. También nos recuerda que los datos y experiencias del presente necesitan perspectiva histórica: solo así podemos detectar los patrones que siguen condicionando nuestras vidas y anticipar los que vendrán.

Escribe: Paula Ruiz

Las mujeres hoy son más libres, pero la tecnología y la economía amenazan esa libertad.

La violencia se está desplazando hacia territorios invisibles, digitales, normalizados. Y justo cuando las mujeres han logrado más autonomía que nunca, emergen nuevas dinámicas: tecnológicas, económicas y sociales, que amenazan con revertir ese progreso.

Estar soltera está de moda. Lo anunciaron Bad Bunny, Daddy Yankee y Lunay en 2019 y ahora lo confirma hasta VOGUE. “Estar en pareja ya no afirma tu feminidad”, escribe Chanté Joseph; “si acaso, declararse soltera se ha convertido en un gesto de orgullo”. Los datos del CIS apuntalan este cambio: los menores de 30 han pasado de tener pareja en un 70% a apenas un 50%. No es una sorpresa. Ya en 1980 muchos jóvenes creían que la tendencia de futuro sería la soltería, y hoy la cultura popular ha convertido ese diagnóstico en relato aspiracional.

La cuestión relevante no es si “está de moda” estar soltera, sino por qué tantas mujeres sienten que es su mejor opción. Lo que realmente está de moda es la autonomía. Esa autonomía ha ampliado la capacidad de decisión de las mujeres y ha elevado los estándares relacionales. Ya no necesitan una relación para sostener su vida. No es fruto del azar: es la consecuencia directa, aunque a algunos les incomode admitirlo, de los avances del feminismo. Las mujeres estudian más, acceden más a la educación superior y cuentan con mayor capacidad económica que antes. Por eso esperan más de sus relaciones: porque pueden permitírselo. La soltería no es un rechazo al amor, sino a dinámicas que todavía algunos se empeñan en mantener.

Este fenómeno convive con una transformación de fondo: la brecha entre los modelos relacionales de hombres y mujeres se ensancha. Como he señalado en artículos anteriores, los modelos masculinos evolucionan más despacio. Mientras ellas demandan vínculos más libres, igualitarios y corresponsables, muchos hombres siguen anclados en expectativas heredadas. Esta asincronía genera una fractura silenciosa: para muchas mujeres, no es que falten hombres, faltan hombres que que cumplan los mínimos de igualdad que consideran irrenunciables.

Pero la autonomía no depende solo de expectativas afectivas, sino de condiciones materiales. Ahí emerge uno de los riesgos más infravalorados del presente. En muchas ciudades, vivir sola es un lujo. Con salarios medios incapaces de cubrir alquileres que no paran de subir, la independencia material se convierte en privilegio. Surge entonces una paradoja: si no puedes pagar un alquiler sola, si sostenerte sin pareja es inviable, si la precariedad te obliga a convivencias no deseadas, aunque ya no dependas emocionalmente, puedes verte forzada a depender económicamente. Y cuando la convivencia deja de ser elección para convertirse en necesidad, las dinámicas de poder regresan por la puerta de atrás.

A este escenario se suma la amenaza digital. La violencia ya no necesita presencia física. La tecnología ha democratizado la capacidad de dañar. La irrupción de la IA ha abierto un campo nuevo de vulnerabilidad para las mujeres. Según el estudio “Así somos” de Plan Internacional (2025), las chicas perciben en mayor medida que la IA supone más riesgos para ellas que para ellos (40% vs. 31%). Su temor central es inequívoco: que sus imágenes se utilicen para generar vídeos sexuales falsos. Ocho de cada diez chicas temen que una imagen suya circule sin consentimiento y permanezca en internet para siempre.

Ellos, en cambio, lo consideran menos grave. Solo el 70% de los chicos ve inaceptable crear imágenes sexuales falsas de una chica mediante IA, frente al 81% de ellas. Una brecha de percepción que explica por qué estas violencias prosperan: quienes las sufren temen; quienes las ejercen minimizan.

Lo más revelador es que el 72% de los chicos teme ser acusado falsamente de acoso o violencia. Un miedo desconectado de los datos: entre 2009 y 2023, solo el 0,0084% de las denuncias fueron consideradas falsas según la Fiscalía General del Estado. La narrativa del “temor a la denuncia falsa” no nace de la realidad, sino de una reacción defensiva ante el avance de la igualdad. Mientras ellos temen denuncias que casi no existen, ellas enfrentan violencias que sí.

Todo esto ocurre en un año en el que las cifras podrían invitar a un optimismo ingenuo. A 5 de noviembre de 2025 se registran 36 feminicidios, la cifra más baja desde que hay datos. Aunque previsiblemente aumentará (la media histórica añade unos diez casos más), el dato podría leerse como avance. Pero sería irresponsable hacerlo. El asesinato es la punta del iceberg. Por debajo persisten el acoso sexual digital, las agresiones entre jóvenes, los deepfakes, la difusión no consentida de contenido y las violencias económicas invisibles. El 15% de las chicas declara haber sufrido algún tipo de violencia o acoso sexual, frente al 6% de los chicos. La asimetría es estructural.

Las mujeres jóvenes son más libres que hace veinte años. Esa es la buena noticia. La mala es que esa libertad no se preserva sola. La violencia no desaparece: muta. Y si no entendemos hacia dónde se desplaza -lo digital, lo económico, lo cotidiano- corremos el riesgo de retroceder sin darnos cuenta. La autonomía de las mujeres es el mayor logro social de nuestro tiempo, pero sigue siendo vulnerable. Y lo será mientras la economía, la tecnología y la percepción social avancen por caminos que no siempre acompañan su progreso.

Escrito por: Paula Ruiz

Fuentes consultadas:

https://www.vogue.es/articulos/tener-novio-verguenza

https://elpais.com/estilo-de-vida/2025-11-06/tener-novio-da-verguenza-el-nuevo-discurso-viral-que-redefine-el-amor-y-la-solteria.html

https://plan-international.es/asi-somos-el-estado-de-la-adolescencia-en-espana

La clave del CEO de Netflix: aplica la investigación de negocio

A principios de septiembre El País compartía las 10 claves de Marc Randolph, confundador de Netflix, para montar una empresa.

Al leerlas, algunas no nos convencieron para nada; como el lema de que el éxito depende de “personas increíbles” o la idea de “ve ligero” y que nadie cobre al principio nos sonaron a mantras neoliberales que ignoran la realidad. Pero otras claves sí nos encajaron y reflejan nuestra visión sobre los negocios.

El artículo empieza con una frase que a nosotras, ya nos entró bien:

“Montar un negocio y que funcione ya es una conquista. Pero convertirlo en líder mundial de su sector es otro nivel. Para alcanzarlo, la diferencia estriba en observar

Observar, esa es la palabra clave. Y es que, efectivamente, si no observas lo que rodea a tu negocio, lo que pasa dentro y fuera de él, no decides con conocimiento de causa, sino por intuición. Y aunque la intuición y la experiencia son valiosas, no bastan por sí solas para sostener un crecimiento sólido y estratégico.

En Materia Prima hablamos de investigación de negocio precisamente para señalar esto: el proceso de generar y analizar información —propia y externa— que permita tomar decisiones más fiables, estratégicas y alineadas con la realidad.

Entonces, ¿con qué nos quedamos del decálogo de Randolph?

1. Testa tus ideas

Las personas estamos sesgadas por naturaleza y por cultura. Lo que a ti te parece brillante, a otros puede resultar irrelevante o incomprensible. Antes de invertir tiempo y dinero, es imprescindible validar: ¿se comprende?, ¿es necesaria?, ¿aporta valor?

La investigación aquí no es un “lujo” ni un paso burocrático, es lo que separa las intuiciones interesantes de las oportunidades reales.

2. Entiende los problemas de las personas

Validar una idea no garantiza el éxito. Hay que mirar de manera constante a los problemas y fricciones de las personas. Randolph lo subraya al recordar que vivimos en un mundo que cambia a gran velocidad. Explorar el contexto, los hábitos y las necesidades no es una acción puntual; es una práctica recurrente. Solo así puedes asegurar que tu estrategia de negocio sigue conectada con la vida real de la gente.

3. Asegura que tu equipo tenga la información para decidir

De poco sirve generar información si se queda en un informe olvidado. Muchas empresas investigan, pero los aprendizajes se pierden porque no circulan.

Compartir, divulgar y democratizar los datos y el conocimiento dentro de la organización es fundamental para que la toma de decisiones basada en evidencia sea parte de la cultura. No se trata de acumular dashboards y PDF’s, sino de convertir el conocimiento en una herramienta viva que todos puedan usar.

4. Mira a tu competencia

Observar a la competencia no es copiar, es contextualizar. Saber qué están haciendo otros, directos o indirectos, aporta pistas valiosas. Y más aún cuando se conecta con lo que las personas demandan y con las tendencias que se vislumbran.

Investigar a la competencia no es un fin en sí mismo, es un espejo que ayuda a entender dónde estás, qué huecos existen en el mercado y qué oportunidades aprovechar.

En definitiva, aunque no compartamos todas las “claves” de Randolph, sí coincidimos en que un negocio solo crece cuando observa. Y observar significa investigar.

La investigación de negocio no te ofrece todas las respuestas, pero sí proporciona claridad, seguridad y contexto para decidir mejor.

Link al artículo: Lecciones del cofundador de Netflix para montar una empresa: “Una mala idea con un líder increíble puede volverse grande”. Susana Carrizosa
Escribe Paula Juan

El fenómeno de los Labubus y cómo la cultura pop china ahora marca tendencia

Este verano pasé todo el mes de agosto en China y, nada más llegar, me sorprendió ver que casi todo el mundo llevaba uno o varios muñecos colgando de sus bolsos o mochilas. No eran solo niños o jóvenes: también adultos, incluidos ejecutivos de traje camino a la oficina, los lucían con total naturalidad.

Tampoco era de extrañar, ya que en cada calle o centro comercial abundaban tiendas como Miniso o Popmart, llenas de colecciones que iban desde Lotso, el oso de Toy Story, hasta la Bebé Llorona, la nueva muñeca de moda. Entre todos los accesorios, uno destacaba especialmente: los Labubus, muñecos de peluche de un palmo de altura, con forma de monstruo y disponibles en distintos colores. Aunque en España ya habían aparecido, en China estaban literalmente por todas partes.

Tras comprar mi propio Labubu (y algún otro charm para mi bolso), empecé a investigar para entender no solo su éxito, sino también por qué yo misma había caído en la tendencia. Pronto comprendí que no se trata de una moda aislada: detrás de estos muñecos hay un nuevo modelo de consumo cultural, impulsado por varios factores:

Esto explica el éxito del Labubu y de otros muñecos en China, una tendencia consolidada en Asia desde hace años. Pero lo realmente interesante es por qué ahora se ha expandido al resto del mundo, la respuesta es que estamos ante una nueva geopolítica de la cultura pop.

Asia ya no solo fabrica para Occidente; diseña y exporta sus propios imaginarios culturales. Corea inició la ola con el K-pop y la cosmética, y ahora este fenómeno se extiende al resto del continente, transformando la forma en que se crean y consumen tendencias a escala global.

En España ya empezamos a verlo: primero fueron los Sonny Angels y ahora los Labubus. Popmart acaba de abrir su primera tienda aquí y agotó las existencias en minutos. Incluso Zara ha lanzado su propia colección de accesorios para colgar en los bolsos.

Es cierto que no sabemos cuánto durará el furor del Labubu —según Expansión, las acciones de Popmart caen a medida que la moda retrocede—. Pero sí sabemos que el Labubu (y sus equivalentes) es mucho más que un capricho pasajero: es un síntoma de cómo China ya no solo fabrica para Occidente, sino que diseña y exporta sus imaginarios culturales.

Artículo escrito por: Paula Ruiz